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No me importa la política

Esta es una frase que escuchamos con frecuencia. Se pronuncia con desencanto o con la convicción de que la política es un espectáculo ajeno y hasta indeseable para la vida cotidiana.

Sin embargo, pocas afirmaciones resultan tan engañosas.

Aunque decidamos ignorarla, la política no nos ignora a nosotros. Está presente en el valor de nuestro salario, en las oportunidades de empleo, en la educación que reciben nuestros hijos, en la atención que encontramos en un hospital, en la seguridad de nuestras calles y hogares, y hasta en la posibilidad de emprender un negocio con confianza.

La política importa porque, en buena medida, decide el entorno dentro del cual cada ciudadano intentará construir su propio destino.

Por eso debería preocuparnos una noticia que pasó casi inadvertida.

Durante 2025, cientos de miles de bolivianos pasaron a formar parte de la pobreza. Hoy, casi la mitad de los bolivianos vive con ingresos insuficientes para cubrir sus necesidades básicas. Y cerca de dos de cada diez se encuentran en la pobreza extrema, incapaces incluso de asegurar una alimentación adecuada.

Detrás de esas cifras no hay porcentajes, sino personas.

Los menos desafortunados sobreviven haciendo renuncias todos los días. Postergan una consulta médica, suspenden los estudios de sus hijos, deterioran su alimentación o dejan de reparar la vivienda porque el dinero ya no alcanza.

Los otros, en cambio, viven una realidad todavía más dura. Ni siquiera tienen la certeza de poder llevar un plato de comida a la mesa al final del día.

Y ninguna sociedad produce cientos de miles de nuevos pobres por casualidad.

En gran medida, son el resultado de decisiones tomadas desde el poder. Algunas fueron equivocadas; otras, simplemente, nunca se tomaron. En ocasiones hubo improvisación; en otras, incapacidad para corregir el rumbo. Y demasiadas veces, en nuestra historia, quienes recibieron la responsabilidad de administrar los recursos públicos terminaron administrando prioridades muy distintas de las que necesitaba el país.

Ésa es la verdadera dimensión de la política.

Gobernar no consiste únicamente en administrar un presupuesto. Gobernar es administrar oportunidades. Es influir en vidas.

Cada decisión acertada puede traducirse en inversión y empleo. Una mejor educación puede cambiar el destino de generaciones. Una obra bien concebida puede transformar una comunidad y abrir oportunidades durante décadas.

Pero ocurre exactamente lo contrario cuando el poder se ejerce con deshonestidad o con incompetencia. La corrupción no roba solamente dinero. Roba escuelas que nunca se construyen, hospitales que permanecen inconclusos y empleos que jamás llegan a existir.

La incompetencia produce un daño igualmente profundo. Un país puede empobrecerse aunque nadie meta la mano en la caja. Basta con que quienes toman las decisiones sean incapaces de comprender la realidad o de corregir a tiempo sus errores.

En ambos casos, la factura termina afectando al mismo destinatario: el ciudadano.

Por eso resulta tan peligroso despreciar la política.

Hace más de dos mil años, Platón advertía, en esencia, que quienes se desentienden de la política terminan siendo gobernados por personas menos virtuosas. La historia ha confirmado ese aserto una y otra vez. Cuando los ciudadanos renuncian a participar, a vigilar o a exigir cuentas, el poder no desaparece, simplemente cambia de manos.

Cuando los ciudadanos dejan de exigir honestidad, capacidad y resultados, las decisiones públicas quedan en manos de quienes ya no sienten la obligación de rendir cuentas.

Y sus consecuencias alcanzan a todos. Al comerciante que vende menos. Al trabajador que ve desvanecerse su salario. Al joven que empieza a buscar su futuro fuera del país. A la familia que descubre que lo que antes alcanzaba para vivir hoy apenas alcanza para sobrevivir.

El crecimiento de la pobreza nunca debería interpretarse únicamente como un indicador económico. Es, sobre todo, un indicador político.

Es la señal de que el Estado está dejando de cumplir una de sus responsabilidades fundamentales: crear las condiciones para que el esfuerzo, el talento y el trabajo de los ciudadanos tengan una posibilidad razonable de prosperar.

Ningún gobierno puede garantizar el éxito de cada persona, pero todo gobierno tiene, al menos, la obligación de no destruir las oportunidades de millones de ellas. Ése es el verdadero sentido del poder en una democracia.

Los gobiernos no existen para servirse del ciudadano. Existen para servirlo.

Los gobiernos no deberían juzgarse por la grandilocuencia de sus discursos, la intensidad de su propaganda ni por las intenciones que proclaman. Deberían juzgarse por una sola pregunta: ¿Sus decisiones amplían las oportunidades de los ciudadanos o las reducen?

Porque, al final, la política no se mide por las palabras que pronuncian los gobernantes, sino por la calidad de vida que dejan a su pueblo.

Y cuando un país descubre que cientos de miles de personas han caído en la pobreza en un solo año, no se está frente a una simple estadística. Se está frente al resultado de decisiones que debieron haber sido tomadas con más responsabilidad.

Porque gobernar nunca ha consistido únicamente en administrar el presente. Gobernar es decidir, en buena medida, el futuro de millones de personas.

Por eso la política debe importarnos.

Porque es nuestro futuro.

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