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Notas sobre el llokalla tardón, sobre los últimos dos libros de Óscar Martínez

Existe desde tiempos inmemoriales una perfecta alquimia paceña descubierta y deglutida por los albañiles cuando meriendan en la pausa a su dura faena, y esa es combinar/mezclar marraqueta, plátano y papaya Salvietti.  Óscar Martínez, paceñísimo por hechura, más allá de haber nacido en Potosí, encuentra en sus letras, las cuales pimponean entre la crónica y la ficción, su propia mezcla, su propia alquimia paceña en base a tres elementos: la ternura, el humor y la crudeza. Ese preparado literario es patente en sus último dos volúmenes publicados en la editorial Sobras Selectas los cuales titulan Crónicas del llokalla Jailón (2019) y El hombre que llegaba tarde a todas partes (2026).

La alquimia de Martínez, pese a lo híbrido de sus registros, nace de la aguda y particular mirada del autor, de la cual, afortunadamente, ninguno de los narradores de sus crónicas/cuentos se puede desembarazar. Esa mirada tamizada de innumerables experiencias vitales se plasma a través de la pluma en una escritura cabal y precisa, que narra siempre en el tono y en el lenguaje adecuado cada una de sus incursiones literarias, otra vez exhibiendo su destreza para amalgamar una prosa muy cuidada con elementos de jerga popular y una vorágine de sentimientos explícitamente contenidos (valga la paradoja) en el tuétano de los personajes.

Las vivencias de quienes narran estas historias lidian con situaciones donde la tristeza, o la crudeza, o ambas, derivan en la resignación; para arribar a esa resignación, siempre hay un camino, y en esa senda es casi imposible no tropezarse (con piedras perfectamente colocadas por el autor) con momentos de comicidad que derivan en la risa y otros de ternura que derivan en la empatía.

Sean peripecias burocráticas que originan el equívoco de un apellido en vez de un nombre («Fernando el inexistente») o la carambola para estudiar psicología en vez de derecho o turismo («El por qué sin el para qué»); sean aquellos relatos que terminan en una golpiza («Le Fakin Tako», «Leaving Las Velas»), en un deceso («Villas y muertes») o en un suicidio («Bola Ocho»); sean el sinsabor del desaire amoroso en la pérdida del ser querido (otra vez «Bola Ocho») o en la dolorosa indiferencia del ser amado («Kuki»); sean los viajes plagados de condimentos tortuosos por el infecto alojamiento («Crónica de la ciudad de Tarija») o por el inmamable acompañante («Libertad»), Martínez nos va construyendo su personal universo con llokallada tras llokallada, y aunque los protagonistas o el autor hayan sido asiduos a llegar tarde a demasiadas citas y lugares, nunca es tarde para que una avezada pluma combinada con una mirada ácida y curtida se fusionen para regalarnos estas poderosas crónicas/cuentos o cuentos/crónicas, lo que sea que el llokalla tardón prefiera.

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