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Our brand is failure

El 8 de noviembre de 2025, Rodrigo Paz Pereira juraba como presidente de Bolivia, ahora llamada “Estado Plurinacional”, pero aún así, república. Era el fin de una kakistocracia vergonzosa. La lluvia caía sobre la Plaza Murillo, mientras ciertos hitos matizaban el evento: después de 70 años, un presidente de Chile visitaba Bolivia; el joven Gabriel Boric homenajeaba a Violeta Parra dejando una plaqueta conmemorativa en la Peña Naira. El flamante Vicepresidente, Edmand Lara, con uniforme policial de gala, derramaba lágrimas durante el minuto de silencio por los héroes y mártires de la democracia.

Un fino montaje audiovisual acompañaba el discurso inaugural del nuevo mandatario: mientras hablaba, una melodía esperanzadora acompañaba las imágenes de un convoy de cisternas circulando por las carreteras del país, ilusionando así a los conductores que ya se habían acostumbrado a hacer largas filas por combustible. “Nunca más una Bolivia aislada, sometida a ideologías fracasadas, ni mucho menos una Bolivia de espaldas al mundo”, decía Rodrigo. “Bolivia vuelve al mundo y el mundo vuelve a Bolivia, por eso, nuestros brazos están abiertos”.

La marca, entonces, era esperanza.

Muy pronto, un asesor argentino que había aparecido para la segunda vuelta comenzó a tomar más alas de las que le marcaba la ley. Al vicepresidente, cuya popularidad muchos veían como el motor del éxito de la candidatura, se le comenzaron a cortar las alas, mientras protagonizaba escandaletes de novela turca. Desde el 18 de diciembre, comenzamos a pagar casi el doble por la gasolina, pero venía tan sucia que arruinó los motores de nuestros autos. 32 maletas llegaron en un jet privado a Santa Cruz, conteniendo 100 millones de dólares; en el galpón donde las llevaron, hallaron armas y droga. La investigación para dar con los culpables no avanzó. Como suele suceder en nuestro país, el año oficialmente comenzó después del carnaval. El 28 de febrero, un avión Hércules, conteniendo billetes nuevos aún no puestos en circulación, cayó en El Alto, produciendo víctimas mortales y llevando a una confusión con la famosa serie B, la cual hasta ahora no es aceptada ni por el dulcero de la esquina. Hasta cinco portavoces gubernamentales en menos de 48 horas dieron distintas versiones relativas al avión, al accidente y a los billetes.

La marca era confusión.

El 7 de marzo, el presidente fue a sacarse fotos con Donald Trump para formar parte del programa Escudo de las Américas. Muchos de quienes habían votado por él por ser la alternativa a Tuto Quiroga en segunda vuelta, terminaron de desencantarse. Varios sectores que habían perdido el poder en las elecciones de agosto comenzaron a bloquear caminos pidiendo su renuncia, acusando al gobiero de “neoliberal” e “imperialista”. 53 días de conflictos trajeron graves pérdidas económicas, por lo menos 19 víctimas mortales, y una respuesta oficial tan tibia que hasta ahora cuesta encontrarla en las noticias.

La marca era impaciencia.

El 22 de julio, la Policía confiscó, en Viru Viru, 4 maletas llenas de oro que estaban camino a Dubai. Los implicados están libres y al parecer nadie los investiga. Para entonces, Samuel Doria Medina, quien apoyaba a la gestión gubernamental, había decidido, junto con su partido, retirar su apoyo y a sus fichas en el gobierno. En agosto, el entonces ministro de economía, Gabriel Espinoza, fue destituido por irregularidades en la declaración de la compra de un vehículo. Entonces, el 17 de agosto, un intento de feminicidio perpetrado por el principal asesor del presidente (que, en los papeles, tal vez haya contratado a los peores sicarios del mundo) desveló una trama de irregularidades que deja a Aaron Sorkin y a los mejores guionistas del planeta en ridículo: nos gobernaba por Whatsapp un extranjero a quien incluso había que pedirle la llave del Palacio, mientras cada protagonista tiraba para su lado y lo más importante era salir en la foto.  Octubre amenazaba con ser la debacle final y terminó destapando un escándalo tras otro en nuestra justicia, cuya corrupción y podredumbre no termina de tocar fondo.

La marca es reprobación. Y hemos pasado de una kakistocracia vergonzosa… a otra.

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