Hoy, cuando usted me lea, va a disputarse entre Argentina y España la final de la Vigésimo Tercera Copa Mundial de Fútbol, la primera realizada en tres países (México, Canadá y los EEUU) y la primera con 48 seleccionados nacionales participantes. Al margen de los problemas en arbitraje, de la importancia del mercadeo y la publicidad (lo que, por otra parte, beneficia a la bolsa para los equipos) y de intromisiones poco veladas y sanciones reinterpretadas, ha sido una fiesta para todo el mundo.
También ha sido la despedida —por edad— de algunos grandes jugadores que han brillado por años participaron en éste como su último gran desafío: Cristiano Ronaldo (Portugal), Craig Gordon (Escocia), Guillermo Ochoa (México), Luka Modrić (Croacia), Manuel Neuer (Alemania), Edin Džeko (Bosnia y Herzegovina), Fernando Muslera (Uruguay) y Leonel Messi, un año más joven que casi todos ellos, pero también en puerta del glorioso despido, sobre todo después de competir con gran desempeño en dos grandes Mundiales seguidos; incluyo, además, a Vozinha (Cabo Verde), un “viejo” novato aficionado que fue más exitoso y reconocido que muchos profesionales y que este Mundial debió ser su primero y último. Cuatro goleadores y cinco arqueros que hicieron enorgullecer e ilusionarse a sus países y a múltiples aficionados.
Y acá hago una pausa que no es tan amigable: Una encuesta realizada por la empresa de estudios de opinión pública Giacobbe & Asociados y que Marcela Basch reseñó en “Encuesta: Maradona o Messi, ¿a quién nos parecemos más los argentinos?” [Perfil, 17/07/2026] preguntó a 2.500 argentinos a quién de sus dos paisanos más goleadores ellos se parecían más «en cuanto a valores y forma de ser», y entre Lionel Messi y Diego Armando Maradona la respuesta fue contundente —cuando menos decir provocativa en subscript—: el 57,4 % de los encuestados nombró a Maradona y sólo el 39,4 % mencionó a Messi como su parangón: Maradona ganó como “espejo de la argentinidad” [sic] en lo que Giacobbe aunque denominó lo extrafutbolístico: por ende, en lo valórico (aunque, al menos, Maradona no prima por lo meramente futbolístico, aspecto en el que las opiniones apunta que Messi lo supera el 40 % más.
En resumen, el estudio arroja un resultado inconcebible, al menos para mí, a pesar de lo democrático de las respuestas: el jugador que más éxitos ha logrado, deportista estable, esposo y padre irreprochable, ejemplo para niños y jóvenes y del que no se ha sabido escándalos, fue superado ampliamente (casi un 20 % más de autoidentificación) por aquél que pasó a la historia de su país y del fútbol por una grave falta inadvertida —causa de victoria mundialista— que, con mucho, no sería tan recordada si él mismo no se hubiera encargado en enorgullecerse y celebrarla: la “mano de Dios” a cuarenta años de la falta inadvertida (y seis de la muerte de Maradona), a lo que se suma que él fuera identificado como drogadicto, amigo de dictadores, fanfarrón e ignorante, uno de aquellos seres que Cipolla catalogaría en sus obra Las leyes básicas de la estupidez humana como Estúpidos —en convivio con Inteligentes, Incautos y Malvados— y que yo he denominado Ignorantes en algunos escritos, triste consecuencia Maradona de lo significó el desgaste nacional —cultural, educativo y valórico en particular, pero no sólo sino también social y económico— provocado en Argentina por el peronismo y la consecuente desvaloración del legado de Alberdi, Sarmiento, Ingenieros, Giraldes y Storni por sólo citar algunos. El endiosamiento de Maradona como el piola canchero por antonomasia puede entenderse, más allá de sus reales valores deportivos (que también tuvo), sublimado tanto por la urgente necesidad de un país por sentir orgullo (y esperanza) de algo en el hueco emocional terrible dejado tras las dictaduras del plan Cóndor como, además, la consecuencia de un populismo —admirador del fascismo italiano— que celebraba el éxito a como dé lugar.
Me niego a creerlo.
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