En Bolivia se está debatiendo cómo atraer nueva inversión. Vale la pena revisar quiénes son los inversores que más apuestan por el país. En 2025, de cada 100 dólares de inversión extranjera directa bruta, según el BCB, 76 fueron utilidades reinvertidas y 22, préstamos de empresas ya instaladas; apenas 2 fueron capital nuevo. En la última década, la inversión extranjera neta equivalió a menos de una décima parte de toda la inversión privada en capital fijo; el resto la financiaron, sobre todo, capitales nacionales. Hoy, la acumulación de capital viene principalmente del inversor que ya está en Bolivia.
Un inversor apuesta por un proyecto si su retorno esperado supera la rentabilidad mínima que exige, que suma lo que ganaría en otra opción y una prima por el riesgo percibido. La teoría económica sugiere que el riesgo, con probabilidades estimables, no es lo mismo que la incertidumbre sin ellas, y que la gente exige más por apostar en lo que no conoce. Esa exigencia es propia de cada inversor y depende de su información, su experiencia y sus alternativas.
Muchas veces, el inversor extranjero tiene alternativas vecinas más seguras en comparación al mercado boliviano. A fines de agosto, el riesgo país rondaba los 400 puntos, casi cuatro veces el de Perú o Paraguay. Además, el inversor extranjero ve a Bolivia por titulares de conflictos, bloqueos, nacionalizaciones, litigios y narcotráfico, y por el puesto 168 de 176 que le asigna Heritage en libertad económica. La evidencia muestra que esas narrativas mueven capitales más allá de los fundamentos, y lo negativo pesa más.
El inversor nacional, en cambio, conoce el terreno. Lleva años sorteando crisis, sabe dónde hay demanda insatisfecha y opera en nichos que el extranjero no evalúa. Esa ventaja, muestra la literatura, no se cierra con el tiempo, sino que se amplifica, porque cada inversor aprende más de lo cercano. No se trata de más apetito por el riesgo (vivir crisis suele volver más cauto a cualquiera), sino de más información. Para el nacional Bolivia es riesgo; para el extranjero, incertidumbre.
Por eso el extranjero, cuando viene, suele ser grande y apostar por sectores tradicionales. Por su parte, el nacional se mueve en mercados pequeños y grandes, y en rubros no tradicionales donde se descubre qué más puede producir el país.
El sinceramiento de precios que deja el ajuste de la economía boliviana es la condición necesaria, porque mejora el retorno potencial. Pero no basta si la rentabilidad exigida sigue alta. La condición suficiente la ponen la Ley de Inversiones y otros marcos normativos generales, incluida una eventual reforma parcial de la Constitución, porque pueden bajar estructuralmente el riesgo percibido. El pero sustancial son sus tiempos, y un nuevo marco para la inversión es urgente. Como señala Dani Rodrik, unas reglas que despiertan dudas sobre su permanencia, como el actual marco de inversiones, funcionan como un impuesto a la inversión, porque el inversor racional espera hasta conocer las nuevas reglas de juego.
Ese marco debería pensarse también para quien ya invierte y puede responder en el corto plazo. Las garantías que negocian los grandes capitales extranjeros, como reglas estables, libre disponibilidad de divisas y arbitraje, deberían alcanzar también al inversor nacional. También debería tender puentes con inversiones conjuntas que sumen conocimiento local y capital externo, grandes proyectos comprometidos con proveedores nacionales y trámites cortos y no discrecionales.
No se trata de elegir entre capital nacional y extranjero. Al final, el inversor extranjero no decide solo mirando la ley, sino a quien ya invierte. El capital extranjero llegará cuando vea que el nacional invierte, y en esa sinergia está el cimiento para atraer y potenciar la inversión en Bolivia.
