José Martínez Olmos, profesor EASP y ex secretario general de Sanidad
El Sistema Nacional de Salud atraviesa un momento decisivo. No es una crisis coyuntural, sino un desafío estructural. Pretender resolverla con ajustes marginales puede ser un error de diagnóstico. Lo que está en juego es el modelo sanitario de las próximas décadas. La redefinición del rumbo no es solo una opción de política pública. Es también una necesidad técnica. Y, sobre todo, sería bueno un acuerdo amplio. Sin consenso político, sectorial y social, cualquier reforma será frágil, reversible y, por tanto, podría ser ineficiente.
El primer factor de presión es demográfico. España (como Europa) envejece con rapidez. Más años de vida implican más enfermedades crónicas. Esto cambia completamente la lógica del sistema. Ya no basta con curar episodios agudos. Hay que gestionar trayectorias largas de enfermedad.
La cronicidad exige continuidad asistencial. Sin embargo, el sistema sigue organizado en compartimentos. Atención primaria, hospitalaria y servicios sociales operan con escasa integración real. Esta fragmentación genera duplicidades, errores y peor experiencia del paciente.
La prevención y la promoción de la salud siguen infrautilizadas. Existe evidencia robusta sobre su impacto
No es un problema menor. Es un fallo estructural que reduce calidad y eleva costes. Y, lo más relevante, impide aprovechar el conocimiento acumulado sobre el paciente. Sin integración, no hay medicina moderna.


A esto se suma la revolución terapéutica. Los nuevos fármacos son más eficaces, pero también más complejos y costosos. La medicina personalizada avanza con rapidez. Permite tratar mejor, pero obliga a seleccionar mejor.
Aquí surge una tensión clave. Innovación frente a sostenibilidad. Sin criterios claros de valor, el sistema no dejara atrás las ineficiencias puede. No se trata de gastar menos, sino de gastar mejor. Evaluar resultados en salud debe ser una prioridad real, no retórica.
En paralelo, la prevención y la promoción de la salud siguen infrautilizadas. Existe evidencia robusta sobre su impacto. Sin embargo, continúan siendo el eslabón débil del sistema. Esto es ineficiente.
La digitalización introduce un cambio de paradigma. La inteligencia artificial añade una capa adicional de transformación
Invertir en prevención reduce carga de enfermedad y gasto futuro. Pero requiere visión a largo plazo. Y ahí aparece otra debilidad estructural: el cortoplacismo. Sin acuerdos estables, la prevención siempre pierde frente a la urgencia asistencial.
La digitalización introduce un cambio de paradigma. La inteligencia artificial añade una capa adicional de transformación. Su potencial es enorme. Puede mejorar diagnóstico, optimizar decisiones clínicas y reducir variabilidad.
Pero su impacto más relevante está en la integración. La IA permite conectar datos, niveles asistenciales y profesionales. Puede corregir, en parte, la fragmentación estructural del sistema.
Ahora bien, pensar que la tecnología resolverá problemas organizativos es ingenuo. Sin cambios en gobernanza, procesos y cultura profesional, la digitalización solo añadirá complejidad.
Otro elemento crítico es el papel de las profesiones sanitarias. El modelo actual infrautiliza capacidades. Enfermería y farmacia tienen margen claro para asumir más funciones. Esto no es corporativismo. Es efectividad y eficiencia.
Enfermería y farmacia tienen margen claro para asumir más funciones. Esto no es corporativismo. Es efectividad y eficiencia
Redistribuir tareas permite liberar recursos médicos para actividades específicas de mayor complejidad. Además, mejora accesibilidad y continuidad asistencial. Pero exige cambios normativos y, de nuevo, acuerdos amplios.
El paciente también ha cambiado. Está más informado y quiere participar. Ignorar este hecho es un error estratégico. La corresponsabilidad mejora resultados y eficiencia.
Un sistema centrado en el paciente no es solo una declaración. Implica cambios reales en toma de decisiones, información y organización. Supone aceptar que el ciudadano ya no es un actor pasivo.
Todo esto ocurre en un contexto económico exigente. El envejecimiento no solo afecta a la sanidad. También tensiona pensiones y servicios sociales. La sostenibilidad del Estado del bienestar depende, en gran medida, de la eficiencia de todos, también del sector sanitario.
Un sistema sanitario ineficiente no solo genera mala salud. Compromete el conjunto del modelo social. Por eso, la reforma del SNS no es sectorial. Es estratégica para el país.
El rumbo del SNS no se corregirá solo. Requiere decisión, método y, sobre todo, acuerdo. Sin eso, cualquier avance será transitorio
Y aquí aparece el argumento central. La sanidad es uno de los principales mecanismos de equidad. Un sistema universal, accesible y financiado con impuestos reduce desigualdades de forma directa.
Debilitarlo implica fracturar la cohesión social. Fortalecerlo exige decisiones complejas. Priorizar, evaluar y reorganizar. No hacerlo también es una decisión. Y es la peor posible.
Por tanto, redefinir el rumbo del SNS no es solo necesario. Es urgente. Pero no cualquier redefinición sirve. Debe basarse en evidencia, en evaluación de resultados y en visión a largo plazo.
Sobre todo, debe construirse desde el acuerdo para asegurar estabilidad. Sin implicación profesional, no habrá implementación. Sin participación social, no habrá legitimidad.
La alternativa es conocida. Reformas parciales, resultados limitados y creciente insatisfacción. España no puede permitirse ese escenario. El margen de error se está reduciendo.
El rumbo del SNS no se corregirá solo. Requiere decisión, método y, sobre todo, acuerdo. Sin eso, cualquier avance será transitorio. Y el problema, estructural. Es difícil ser optimistas en relación a un potencial acuerdo pero, a pesar de ello, hay que ponerse manos a la obra.


