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‘Santa Cruz S.A.’ y la ideología

El libro “Santa Cruz S.A.” (Dum Dum editora) ha tenido una gran venta dentro y fuera de Santa Cruz después del intento de una parte del establishment cruceño de silenciar su discusión. El objetivo declarado de la obra es “desmentir los mitos” sobre los que se asienta el modelo económico cruceño, la identidad regional y las relaciones políticas de la región con el Estado y el occidente del país.

Esta labor deconstructiva se plantea desde una posición teórica contemporánea: la crítica al extractivismo como la forma por excelencia del capitalismo en la periferia del mundo. Incluso la visión del pasado que plantea la obra pasa a través este lente, que es el del Centro de Estudios Populares, la organización no gubernamental que ha respaldado esta publicación.

Dada la naturaleza de mis intereses personales, voy a comentar los dos últimos capítulos, que son los dedicados a cómo se ve y se piensa Santa Cruz a sí misma. Comienzo con el penúltimo capítulo, que está escrito con elegancia por la antropóloga Suzanne Kruyt. Ella identifica los principales componentes de la “identidad hegemónica cruceña” o diferencia esencial que sienten tener los cruceños respecto del resto de los bolivianos, en particular de los “collas” o inmigrantes del occidente. Los “cambas” se diferencian de estos por su condición de blancos, su forma singular de mestizarse y su vocación y capacidad de lograr un desarrollo moderno, global y pacífico.

El “mestizaje diferencial” consiste en que el cruce de cruceños con guaraníes dé como resultado a mediano plazo blancos y no mestizos (esta es una idea que ya está en Gabriel René Moreno, aunque Kruyt la atribuya equivocadamente a Humberto Vásquez-Machicado) y en la suposición de que la colonización de los pobladores originarios del oriente boliviano fue más consensual y sensual que violenta, para lo que se mete bajo la alfombra hechos como masacres, malocas de esclavos y violaciones de criadas indígenas.

El resultado de estas operaciones ideológicas –que se resumen en la “blanquitud” como rasgo racial, social y cultural–, es un tipo de diferenciación que Kruyt rastrea y encuentra en el pensamiento de varios dirigentes y habitantes contemporáneos de Santa Cruz con los que se entrevista; este es uno de sus mayores aportes.

Sin embargo, se puede criticar que, con una salvedad que anotaré más adelante, Kruyt parece creer que lo que llama la “identidad cruceña” se hace hegemónica casi exclusivamente por medio de la imposición política de la élite, como ya muestra su título: “La cruceñidad obligatoria”. Quizá por el poco espacio del que disponía, olvidó tratar el papel que cumple la educación y la socialización en la reproducción de la identidad social.

La autora reconoce –esta es la salvedad de la que hablaba– que en el siglo XXI la aspiración a ser parte de un modelo exitoso y próspero, esta suerte de “sueño cruceño” es un mecanismo para enrolar a los migrantes en la hegemonía. Sin embargo, es complicado que vea este proceso como una “trampa”. Es como si pensara la ideología como “falsa conciencia”, como un mero engaño (este sería el significado de “mito”) para esconder la explotación económica de los habitantes por parte de la élite. Se trata de un marxismo un poco antiguo, me parece.

En primer lugar, habría que explicar el proceso por el que los propios miembros de la élite se creen su ideología, cosa que puede demostrarse que ocurre efectivamente. En segundo lugar, no se puede plantear una identidad en los términos dicotómicos de verdad y falsedad. Como dice en otra parte “Santa Cruz S.A.”, lo que interesa es cómo el relato articula los intereses del poder. Así es, pero también –y tal cosa es la que falta– importa cómo articula las visiones e imaginaciones del grupo humano que surgieron de su historia y de su inserción en una determinada geografía.

El último capítulo (“El abandono que nunca fue”), firmado por Huáscar Salazar y Blanca Rivero, extrema este equívoco. Supone que Santa Cruz no tiene derecho a considerarse abandonada por el occidente, es decir, por Charcas primero y luego por La Paz, como plantean los cruceños, porque, desde el punto de vista de la teoría del extractivismo, tanto Charcas como La Paz no se apropiaron de los recursos de las minas de Potosí, Oruro, etc., sino que este excedente terminó en el extranjero y benefició a un “núcleo” minúsculo que en algunos casos podía reducirse hasta “tres familias”. O sea que, dado que todos los charquinos y bolivianos estuvieron igualmente abandonados, este reclamo del abandono por parte de la elite cruceña solamente es un mecanismo corporativo, sirve para convertir sus reclamos en los de toda la región.

Me parece que este es un reduccionismo muy grueso. Borra las diferencias entre distintas etapas históricas y también pasa por alto las tensiones en el campo político y lo que implicaron para la percepción de Santa Cruz sobre su propia inserción en el país. Si es verdad, como dicen varios, que el Estado boliviano solo ha estado plenamente presente y bien conformado en torno al núcleo extractivo, y si es verdad que este núcleo se encontraba desde el siglo XVI hasta por lo menos los años 40 del siglo XX en el occidente, de esto se infiere que el Estado ha estado concentrado en esta zona geográfica durante todo este tiempo, lo que sin duda debió generar asimetrías y descuidos que fueron interiorizadas por Santa Cruz como abandono y, aún más, como agravios en contra de la región. ¿Por qué considerar esta creencia como algo que “nunca fue”?

Salazar y Rivero señalan que, en lugar de una relación asimétrica entre un padre negligente y un hijo abandonado, hubo un “pacto” occidente-oriente por el que el Estado central dejó que la élite oriental hiciera lo que quisiera con los indígenas y los recursos naturales de su zona, y esta, a cambio, no disputó el poder político con la élite occidental. A mí me parece muy difícil demostrar que la élite oriental, a cargo de una zona periférica del país, podía disputar en los siglos XVII y XVIII el poder que tenía Charcas. Probablemente los autores no se refieren a esa época, pero es en este periodo cuando apareció por primera vez la sensación de “abandono” en Santa Cruz.

Por otra parte, la tesis de un “pacto” de la índole del que plantean Salazar y Rivero lleva a entender los momentos de crisis entre oriente y occidente solo como peleas corporativas por transporte, mercados y regalías, y a ignorar su significación como luchas entre visiones del país (izquierda/derecha, a favor y en contra del Estado, unitarismo versus federalismo). En último término, esta concepción llevaría a sostener que estas disputas solo fueron performativas, ya que por debajo estaba el acuerdo de las dos facciones de la clase dominante. ¿Por qué entonces las pasiones, las masacres, los intentos separatistas?

“Santa Cruz S.A.” es mucho más que lo que estoy planteando aquí, por supuesto. Me parece que tiene algunos problemas en el plano de la discusión sobre la ideología y la identidad porque es difícil trasladar la teoría del extractivismo, que es muy pertinente para el presente, a todo lo largo de la historia y también al plano del pensamiento y la identidad.

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