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Sembrar vientos, cosechar tempestades

El reciente Mundial dejó un fenómeno al descubierto. Durante varias semanas, millones de personas siguieron los partidos desde un teléfono que funcionaba, al mismo tiempo, como una segunda cancha. Allí convivieron dos maneras radicalmente distintas de entender la vida digital: mientras Erling Haaland -como resultado mundialero- convirtió Instagram en una plataforma de cercanía, interactuando y consolidando una comunidad que quedó deslumbrada con él; en X presenciamos, en tiempo real, la cancelación de un país.

Todavía es prematuro afirmar si existió una campaña coordinad de odio, aunque varios estudiosos del tema ya han dicho que esto ha sido así. Lo que sí ya se puede aseverar es que el fútbol fue apenas el detonante de un fenómeno mucho más profundo, donde se mezclaron disputas geopolíticas y discursos identitarios hasta construir una imagen digital homogénea y profundamente estigmatizante de un país entero.

¿Por qué es tan fácil que esto hoy, en la Argentina que gobierna Milei, ocurra? La explicación no se encuentra únicamente en los algoritmos ni en la arquitectura de las plataformas, también -y, sobre todo- está en la política. Durante la última década hemos asistido a una transformación silenciosa de la/su comunicación pública: la política ya no sólo utiliza las redes sociodigitales; cada vez habla más como ellas.

La confrontación permanente, la simplificación extrema, la necesidad de fabricar enemigos reconocibles y la circulación incesante de agravios dejaron de ser patologías del espacio digital para convertirse en estrategias de gobierno.

En ese sentido, la presidencia de Javier Milei no explica por sí sola lo ocurrido en estas semanas, pero sí se sabe que su forma de liderazgo no surge al margen de esa cultura digital; de hecho, él es uno de sus productos más acabados. La llamada batalla cultural, lejos de ampliar el espacio democrático, ha terminado por instalar un espacio público donde la provocación vale más que la deliberación, la descalificación circula con mucha mayor eficacia que los argumentos y el prejuicio y estigma representan más que la complejidad y diversidad. Cuando esa lógica se naturaliza desde la cima del poder y de la cotidianidad, deja de afectar únicamente a los adversarios políticos y termina moldeando la manera en que sociedades enteras aprenden a relacionarse entre sí…y con el mundo.

Este triste episodio en el país vecino debe interpelar a Bolivia. No porque nuestro país vaya a reproducir mecánicamente lo ocurrido, sino porque las formas de comunicar también cruzan rápidamente fronteras. No es un dato menor que Cerimedo, el principal asesor comunicacional del presidente Paz, provenga precisamente de esa escuela política que convirtió la confrontación digital en un método de construcción de poder. Hasta ahora, el presidente boliviano no ha llevado esa estrategia a los niveles de estridencia que caracterizan al caso argentino, pero ya se ven señales de una comunicación que privilegia la descalificación y el estigma por encima de la propuesta. Conviene prestar atención ahora antes de que esa gramática se (nos) vuelva costumbre.

Porque, al final, los algoritmos amplifican, pero no inventan el lenguaje con el que una sociedad aprende a hablar de sí misma y de los demás; ese lenguaje se construye también desde el poder. Cuando un presidente convierte la descalificación en discurso, la provocación en su identidad y el odio en su estrategia, no solo deteriora la conversación pública, también termina moldeando la manera en que el mundo mira a su propio país. Quizá esa sea la lección más incómoda de este episodio: los presidentes siembran vientos, pero son los pueblos quienes cosechan las tempestades.

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