Durante las últimas semanas, los espacios de opinión política en Bolivia se han dedicado a discutir casi obsesivamente quién ganó y quién perdió tras el levantamiento del eterno bloqueo de 50 días y 500 noches. Quién salió fortalecido y quién quedó debilitado. Es una pregunta que tiene un problema de origen, toda vez que no hubo una sola boliviana o boliviano que atravesara estos días sin pérdidas.
Todos perdimos algo: unos perdieron ingresos, otros su fuente laboral, otros ahorros, otros la salud, y alrededor de 22 personas: su vida. Pero si nos pensamos colectivamente, podemos decir que terminamos de perder aquello que sostiene cualquier convivencia democrática: la posibilidad de reconocernos como una comunidad política compartida.
Así las cosas, quizás la imagen más precisa para describir este momento no sea la de una batalla política convencional. No estamos ante una confrontación cabeza contra cabeza, donde todavía existen argumentos, deliberación o intercambio de razones. Lo que ya se configura es algo mucho más delicado: una batalla hígado contra hígado, estómago contra estómago. Una disputa donde las emociones circulan con más fuerza que los argumentos y donde cualquier roce puede abrir nuevamente heridas que todavía no terminan de cerrar.
Quienes disputan poder lo saben. Y precisamente por eso los próximos meses exigen más cautela, mesura y comunidad, antes que guerra, revancha y vendetta. No faltan, pues, quienes ya buscan apropiarse políticamente del dolor acumulado, convertir la experiencia difícil en una oportunidad de fortalecimiento político, a punta de capitalizar el odio y movilizar la rabia; ese es quizá uno de los riesgos más importantes de la etapa que comienza. Debajo de lo que fue el bloqueo late aún una enorme cantidad de frustración, enojo, miedo y desconfianza buscando cauces de expresión y desahogo. La segunda temporada de esta crisis, en carne viva, recién empieza.
Y es allí donde el papel del Estado/gobierno adquiere una importancia decisiva. Un conflicto de semejante magnitud, claro que necesita identificar y saldar responsabilidades, se trata de un principio de reparación. Pero una cosa es administrar los saldos de un conflicto y otra muy distinta organizar discursivamente la vida pública a partir de la lógica de amigos y enemigos. Una cosa es reparar a una sociedad que fue víctima y otra construir identidades morales permanentes entre buenos y malos bolivianos, eso no existe. En democracia, eso no puede existir.
Se sabe que la polarización contemporánea no funciona como una discusión de ideas, ya sólo geolocaliza emociones, organiza afectos, produce resentimientos y construye agravios colectivos. Por eso resulta tan eficaz políticamente y tan destructiva socialmente. Y justamente la democracia necesita lo opuesto, desde espacios comunes y zonas grises, hasta instituciones capaces de procesar desacuerdos sin convertirlos en guerras culturales permanentes. Necesita recordar que el adversario político ineludiblemente sigue formando parte de la misma comunidad democrática.
Es un desafío urgente para Bolivia administrar las consecuencias materiales del conflicto que acaba de terminar, sí. Pero también lo es el de impedir que una sociedad que hoy se encuentra en carne viva vuelva a ser empujada, una vez más, hacia la comodidad destructiva de la lógica de la guerra (simbólica, discursiva o, peor, material) entre bolivianas y bolivianos.
