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Tierra arrasada no es para cultivar

Aquella noche del 4 de junio de 2020 tuve que dormir en el sofá. Yo ocupaba por entonces el cargo de viceministro de políticas comunicacionales, y ese día, la presidenta transitoria Jeanine Áñez hizo el anuncio del cierre del Ministerio de Culturas. Mi esposa, artista y gestora cultural, me reclamó airadamente. En las redes sociales, cultores de todas las musas colocaban una frase en sus fotos de perfil, «Soy artista, no soy un gasto absurdo». La desafortunada elección de palabras de la presidenta había hecho que ella anunciara primero el recorte de varios “gastos absurdos” para después anunciar el cierre de la mencionada cartera (wording is everything, algunos dirán). Particularmente ruidosos, los afines al organizador del fraude electoral de 2019 mencionaban el cierre de dicha cartera como parte de los malvados planes colonizadores de la ruin e imperialista ultraderecha (no entiendo por qué, pero hay derecha para ellos: tiene que ser ultra-derecha).

Sin embargo, ninguno parecía recordar que el patio del edificio del Ministerio de Culturas se había convertido en fábrica de bombas molotov para lanzarlas a la población que pedía la renuncia del fraudulento. Peor aún: cuando la cartera fue reabrierta por el Presidente Arce como “Ministerio de Culturas, Descolonización y Despatriarcalización”, se convirtió en el patio trasero de las Bartolinas. La nueva ministra mostraba un currículum envidiable: 1990, Promotora de la Comunidad La Palca, Provincia Oropeza; 1994, Dirigenta de Mujeres Bartolina Sisa en la Guardia. Opositores a la meritocracia, no se enojen: es nuestra actual embajadora en Ecuador.

Al punto. No me preocupa solo el cierre del Ministerio de Culturas, me preocupa que su labor haya sido denostada, prostituida y vilipendiada. Gobiernos de izquierda vieron a la cartera como el instrumento perfecto para adoctrinar y mantener vigente su ideología. La nueva gestión parecía estarle dando una dirección correcta con el nombramiento de autoridades con trayectorias ligadas al turismo, a la gastronomía y con dilatadas carreras en la gestión cultural. Sin embargo, al convertir a culturas en una agencia o supeditarla a otra cartera, se está dejando nuevamente esa imagen de “no sé qué hacer con esto”. Como cuando uno encuentra un adorno en la casa que no sabe dónde poner y decide archivarlo.

En los tiempos de bonanza, la repartición mencionada fue el hoyo del queque cuando el Dakar pasaba por Bolivia, convirtiendo el acontecimiento deportivo internacional en el mejor motivo para organizar conciertos y puestas en escena de artistas nacionales (de lo que en realidad se transportaba en varios de esos vehículos, no nos vamos a ocupar en esta columna). Gracias a Culturas fue posible mantener a Bolivia en programas como Ibermedia, y se pudo así financiar numerosas producciones audiovisuales. Del fomento a danzas y a artistas que pudieron llevar sus obras a exponer por el mundo, ni hablar, había platita y no se veía dichas actividades como un lujo, sino como parte de una labor que cumplir.

El problema es que otra vez, culturas está en la lona. Nadie parece entender su importancia en una sociedad hiperconectada y dinámica. Así como un agricultor cuida una planta para que crezca fuerte, la sociedad «cultiva» el conocimiento, el arte, los valores y las tradiciones para que las personas crezcan y aprendan. Hoy usamos «cultivo» para la tierra y los alimentos, y «cultura» para las costumbres de un pueblo, pero las dos nacieron de la misma raíz, del verbo en latín colere, que significa cuidar, habitar, trabajar o cultivar la tierra, y eventos como estos últimos 53 días de bloqueo dejan a nuestra sociedad como tierra arrasada, como un lugar que hay que recuperar, sanar y cuidar. No se trata de que haya una puerta qué tocar para pedir plata, como algunas visiones reduccionistas la quieren mostrar, sino que se disponga de políticas que impulsen a los artistas y les den herramientas y fomento para cultivar sus artes, para expresarse y así construir, cada uno desde su espacio, la personalidad y el alma de nuestra sociedad.

Esta vez no me tocará dormir en el sofá. Pero siento la pena grande de que quienes toman decisiones no tienen visión de la importancia de las culturas, ni de su potencial para nuestro desarrollo.

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