Un gobernante electo se convierte en dictadorzuelo cuando “torea las leyes” de su país, incluso prevarica para tener todo el control, a la vez que, muy gustoso de conocerse, suele “enfaraonarse” en espectáculos públicos; así, también, el maltratador cotidiano, muchas veces elegido como marido, “torea” la ética e incluso la ley formal y la del hogar mediante la manipulación, el miedo y exhibe su masculinidad gracias al sistema -y sus vacíos- que le protege.
Las dinámicas de dominación masculina son nítidas en ambos espacios: en el gobierno de un país y en lo doméstico cotidiano, que incluye el hogar y espacios como la oficina. Ambos ámbitos se constituyen en el “ruedo de la testosterona” donde, incluso, la vulneración de la ley forma parte de esa necesidad de demostrar, con arrogancia taurina, virilidad y poder.
Pongamos el ejemplo de un gobierno al que se le había considerado pusilánime e incapaz y, de pronto, cuenta con el apoyo de otro gobierno más fuerte que dice protegerle, ahí sí que, entonces, se pavonea con su traje de luces, da pases de pecho, violenta la Constitución y la soberanía del país y, además, amenaza. Es la misma dinámica cotidiana del hombre que, sujeto a una complicidad masculina, invalida las opiniones de las mujeres en una reunión de trabajo y se torna en un agresor que humilla a su pareja frente a otros para reafirmar su estatus de líder, que violenta y cree que ha ejercido un derecho. Penosos trofeos de «hombría».
La socióloga Raewyn Connell explica que el patriarcado premia un tipo de masculinidad basada en la agresión, la falta de empatía, el control de los recursos y la subordinación de los demás. Así, el autócrata es la encarnación perfecta del hombre hegemónico: ve el consenso o la negociación democrática como signos de debilidad «feminizada». Por ello, bell hooks (ella pide su nombre en minúsculas) dice que el patriarcado es una enfermedad del alma que exige a los hombres mutilar su capacidad de conectar emocionalmente y sustituirla por el deseo de dominación.
El problema es que los dos espacios (público y privado) están entrelazados, uno alimenta al otro, ya que la impunidad del déspota público legitima y normaliza la impunidad del déspota privado (el agresor de casa o el acosador del trabajo). Ambos usan las mismas técnicas de manipulación psicológica y evasión para no rendir cuentas.
En nuestra sociedad, las leyes no siempre se crean para hacer justicia; según convenga, se diseñan y se utilizan como “un capote” que permite clavar las banderillas de dominación. El feminismo clásico demostró que la ley escrita por el poder absoluto es una trampa para las mujeres; el gobernante prevaricador la moldea a su antojo para legalizar su tiranía, despojando a la ciudadanía de su soberanía exactamente igual que el patriarcado confinó históricamente a las mujeres a la minoría de edad legal o les controla penalizando el aborto. Allí están Simone de Beauvoir o Carole Pateman que nos hablan del control de los cuerpos de las mujeres mediante la legalidad.
Allí está Mary Wollstonecraft y su crítica a los hombres que exigen adoración ciega basada en el «derecho divino» por lo que cualquier atentado a su poder estaría ligado “al mal” ¿Nos suena, nos cuadra? Conocemos unos cuantos que encajan en la estética del dictadorzuelo y que, nombrando a dios y a sus designios, se pavonean en el ruedo político y del poder saltándose las normas democráticas con arrogancia, considerándose intocables e ungidos por la divinidad.
El feminismo y los movimientos de mujeres han desenmascarado la megalomanía del «macho alfa», político o doméstico, que desafía las normas con prepotencia, y han demostrado que detrás solo hay un miedo profundo a perder el control sobre quienes están en condición de subordinación.
Un gobernante no puede saltarse las leyes o modificarlas a su antojo, así tenga una parte de la sociedad que le apoya, ya que la otra que se ve afectada podría levantarse y destituirle para recuperar o tener un sistema más democrático o igualitario. De igual manera, frente a los abusos del patriarcado, las mujeres se han levantado y ganado muchos espacios en su lucha por una igualdad en derechos y responsabilidades.
Frente a las dictaduras, dictadorzuelos y “toreros de la ley” está la democracia. Una democracia que ha costado sangre y dolor. Es un deber defender la democracia, pero además ampliarla a toda la población y para ello también es imprescindible despatriarcalizar el poder en el gobierno y en casa.
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