Antonio G. García, con la colaboración de Estrella García de Diego
Nadie mejor que un internista para reflexionar sobre las múltiples facetas de la práctica del oficio de médico. Por una simple razón: en realidad el internista no es un especialista; es el representante histórico más fidedigno de la medicina de todos los tiempos. Vamos, es el médico que ve al paciente en su totalidad: como sujeto de enfermedad y como persona.
Como lo veía Hipócrates de Cos en la Grecia de hace 25 siglos; como lo veían los médicos humanistas William Osler a principios del siglo XX en los Estados Unidos y Gregorio Marañón en la primera mitad del siglo XX en España. El internista del que hablamos es el profesor Juan Antonio Vargas Núñez, que acaba de publicar un libro ameno y veraz, sucinto y fácil de leer, como si se tratara de una obra del maestro de las letras castellanas, Miguel Delibes.
El profesor Juan Antonio Vargas, catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid y jefe del Servicio de Medicina Interna del Hospital Puerta de Hierro-Majadahonda, ha escrito un libro titulado «Reflexiones de un internista»
El profesor Vargas toca todos los palos de la medicina interna con la autoridad que le confieren sus 35 años de práctica médica, docencia e investigación en el Hospital Puerta de Hierro-Majadahonda. Entre otros temas, reflexiona sobre las debilidades y fortalezas del examen MIR; la crisis sanitaria de la covid-19 vivida en primera persona; la investigación en el campo de las enfermedades autoinmunes; la relación entre el hospital y la universidad; o la organización del currículo médico como decano de la Facultad de Medicina, en la Universidad Autónoma de Madrid.
El libro, titulado «Reflexiones de un internista. Una visión de la medicina desde la universidad, el hospital y el humanismo», está editado por Estrella García de Diego, directora del Departamento Editorial de la Fundación Teófilo Hernando (Ediciones Fundación Teófilo Hernando) y puede adquirirse ya en Amazon.
En sus reflexiones, el doctor Vargas saca a la palestra los problemas y soluciones que ha encontrado en sus polifacéticas actividades docentes, asistenciales y científicas: las carencias de profesorado; la falta de espacios en la Facultad de Medicina; la reivindicación de que, durante su residencia, el aprendiz de especialista haga su doctorado; la formación transversal de los estudiantes; la incorporación de la Facultad al Movimiento Neohipocrático; el adelanto de la incorporación a la práctica clínica del estudiante de Medicina; el aprendizaje a pie de cama de la relación médico-paciente; el fomento del humanismo en medicina, apoyando los grupos de teatro, poesía o música; el examen ECOE; el impulso de la idea de que el alumno de Medicina tenga un papel claro en el hospital universitario; o la necesaria formación en docencia e investigación del especialista en el MIR.
Como internista, el profesor Vargas define su especialidad, la medicina interna, como garante de la atención integral del paciente en el medio hospitalario, lo que es decisivo para favorecer una atención sanitaria centrada en las necesidades globales de la persona, evitando el riesgo de atomizar la medicina.
El profesor Vargas dedica un buen número de capítulos al examen MIR, al que tilda como modelo de vertebración sanitaria
El autor dedica un numeroso grupo de capítulos al examen MIR, al que tilda como modelo de éxito de vertebración sanitaria. Sugiere varios ajustes en la prueba y hace varias reflexiones sobre la misma, incluyendo la propuesta de que se acorte el tiempo entre la finalización del grado de Medicina, el examen MIR y la incorporación del joven graduado al hospital. En otra serie de capítulos da consejos a los candidatos antes, durante y tras el examen, así como a la hora de elegir especialidad y plaza. Insiste el doctor Vargas en el hecho de que no faltan médicos, sino planificación.
Este volumen también incluye algunos artículos sobre la pandemia del covid-19 y la situación solidaria entre todos los profesionales sanitarios del Hospital Universitario Puerta de Hierro-Majadahonda. El autor, desde su experiencia personal y metido de lleno en el problema, describe los muy duros momentos que se vivieron, las numerosas reuniones profesionales, la formación de equipos multidisciplinares, las medidas higiénicas, la oxigenoterapia, el uso de mascarillas y guantes, en fin, toda la problemática de aquel momento histórico. Pero el doctor Vargas no solo habla de COVID, también encuentra espacio para reseñar algunas infecciones crónicas y el concepto de cronicidad y enfermedad crónica.
Desde su experiencia personal, y metido de lleno en el problema, el autor relata los muy duros momentos que se vivieron durante la pandemia del covid-19
En los últimos capítulos, el autor manifiesta el orgullo, y la gratitud, por su pertenencia al Hospital Puerta de Hierro-Majadahonda y todas las experiencias allí vividas, durante la pandemia y en general por sus 35 años de ejercicio médico, docente y científico, pero, también desde el otro lado, como paciente. El capítulo 45, «Orgullo y gratitud IV», escrito en mayo de 2025, contiene una muy emotiva reflexión sobre la enfermedad, vivida en primera persona por el profesor Vargas, y comienza así:
«Hace aproximadamente un año se me nublaron la vista y la vida. De manera súbita empecé a cultivar la relación médico-paciente a la inversa, lo que fue para mí un gran impacto. Me sostuve gracias a muchas personas que, desde el principio, me ofrecieron lo mejor de sí mismas para ayudarme». En este capítulo, el profesor Vargas narra emocionado sus vivencias como enfermo, sus relaciones familiares y con sus amigos del Puerta de Hierro y la alegría de volver a la práctica clínica tras los duros tratamientos sufridos. Un retrato del médico como enfermo.
En el capítulo 45 el doctor Vargas hace una emotiva reflexión sobre la enfermedad, vivida en primera persona
Los capítulos son intencionadamente cortos y fáciles de leer. El libro ofrece una sucinta, didáctica y rápida sinopsis del ejercicio de la medicina, de su magisterio y de la investigación clínica en el área de las enfermedades autoinmunes, campo al que ha dedicado sus esfuerzos el profesor Juan Antonio Vargas.
Además, un valor añadido desde la óptica de la educación médica es la inclusión de las ricas experiencias académicas que ha vivido el autor durante los ocho años que ejerció como decano de la Facultad de Medicina de la Universidad Autónoma de Madrid (FMUAM), que todos los miembros del centro recordamos con admiración y respeto por las numerosas iniciativas que emprendió para mejorar los espacios, las infraestructuras y la compleja organización no solo del grado de Medicina, sino de otros tres.
En aquella etapa decanal, el doctor Vargas se embarcó también en actividades de apoyo a la humanización de la medicina, en la Facultad y en los hospitales, y en la celebración del medio centenario de la FMUAM, con la edición de un voluminoso libro conmemorativo y varios actos académicos celebrados en la Facultad y en los Hospitales vinculados a la UAM.
Resalta la incorporación en tercer curso de la nueva asignatura de Introducción a la Ciencia, que incluye un congreso científico protagonizado por los propios estudiantes, cuyo objetivo es familiarizarlos con el método científico. Este original congreso es heredero del Minicongreso de Farmacología de los Estudiantes de Medicina de la UAM, una actividad docente que tuvo gran arraigo en la Facultad y que luego se extendería a otras universidades.
Por último, son fantásticos los anexos finales, con un profundo estudio de la vida de don Santiago Ramón y Cajal o unas muy documentadas reflexiones sobre la medicina interna y la humanización de la asistencia sanitaria o la polimedicación en el paciente mayor. En resumen, no se pierdan esta obra del Dr. Vargas.
En sus reflexiones, el doctor Vargas saca a la palestra los problemas y soluciones que ha encontrado en el ejercicio de sus polifacéticas actividades docentes, asistenciales y científicas.
Nos gustaría rendir tributo al profesor Juan Antonio Vargas Núñez por este rico legado docente y médico. Y lo hacemos con la poesía «Educar» de Gabriel Celaya. En ella, el poeta retrató muy bien a aquellos que se preocupan, y ocupan, por enseñar lo que saben, no solo la materia académica y la práctica clínica en el caso de Juan Antonio, sino algo más, la relación humana y humanística con aquellos que necesitan alivio y consuelo, los pacientes. Celaya equipara en su poema al estudiante con una barca que el docente ha de preparar antes de echarla a la mar para que pueda navegar sus propias aventuras; y sueña con que ese navío luzca la bandera de lo transmitido por su maestro:
«Educar es lo mismo / que poner motor a una barca… / hay que medir, pesar, equilibrar… / … y poner todo en marcha. / Para eso, / uno tiene que llevar en el alma un poco de marino… / un poco de pirata… / un poco de poeta… / y un kilo y medio de paciencia / concentrada. / Pero es consolador soñar / mientras uno trabaja, / que ese barco, ese niño / irá muy lejos por el agua. / Soñar que ese navío / llevará nuestra carga de palabras / hacia puertos distantes, / hacia islas lejanas. / Soñar que cuando un día / esté durmiendo nuestra propia barca, / en barcos nuevos seguirá / nuestra bandera / enarbolada».
Muchas barcas ondearán, orgullosas, la bandera del doctor Juan Antonio Vargas.

