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Bolivia 50-50: la reforma que requiere más que porcentajes

Bolivia llega a sus 201 años con la solemnidad de los himnos y el cansancio de las promesas. Cada 6 de agosto repetimos que somos una nación libre, aunque esa libertad no siempre se traduzca en ciudadanía efectiva, justicia independiente, economía estable ni instituciones confiables. Celebramos la patria mientras seguimos preguntándonos para quién funciona realmente el poder.

La actualidad boliviana parece condensarse en una fórmula: el 50-50. La propuesta gubernamental plantea modificar la relación entre el nivel central y las regiones, redistribuyendo recursos, responsabilidades y competencias. En teoría, puede desmontar un centralismo que dejó a gobernaciones y municipios con obligaciones crecientes, pero sin financiamiento suficiente. Sin embargo, una proporción atractiva no constituye por sí misma una reforma estatal.

Un país partido

La política suele esconder sus vacíos detrás de números memorables. El 50-50 promete equilibrio: la mitad para el centro y la mitad para las regiones. Pero la democracia no se construye con aritmética publicitaria. Antes de repartir porcentajes debe precisarse qué recursos serán distribuidos, bajo qué criterios, con qué competencias, en qué plazos y mediante cuáles controles. Sin esas respuestas, la fórmula corre el riesgo de seducir primero y explicarse después.

El problema boliviano no es únicamente cuánto dinero permanece en el Gobierno central y cuánto llega a las autonomías. El problema es la moral pública con la que se administra. En una sociedad marcada por sobreprecios, obras inconclusas, cargos repartidos, contratos opacos y controles débiles, el ciudadano escucha «50-50» y puede traducirlo con amarga ironía: cincuenta para mi bolsillo y el otro cincuenta no existe.

No es necesariamente una acusación personal, sino la expresión de una desconfianza acumulada. El boliviano sabe que entre el anuncio y la ejecución existe un territorio oscuro; que una obra puede inaugurarse sin estar terminada; que una institución puede hablar de austeridad mientras protege privilegios; y que el sacrificio casi siempre comienza en el bolsillo de quien menos poder posee.

Por ello, la descentralización no puede limitarse a trasladar recursos. Si se distribuye dinero sin fortalecer capacidades técnicas, transparencia y rendición de cuentas, solo se descentralizará la corrupción. El centralismo no desaparecerá: se fragmentará en pequeños feudos departamentales y municipales. Cambiará la dirección del gasto, pero no la lógica patrimonial del Estado.

Descentralización y responsabilidad

La descentralización verdadera exige corresponsabilidad. Quien recibe recursos debe asumir competencias claras; quien ejecuta presupuesto debe rendir cuentas; quien gobierna debe aceptar controles. De lo contrario, el 50-50 será una redistribución entre élites y no una devolución efectiva del Estado a la ciudadanía.

Max Weber distinguía entre vivir para la política y vivir de la política. Bolivia conoce demasiado bien la segunda forma. Una parte de la dirigencia no entiende el poder como responsabilidad temporal, sino como oportunidad de ocupación. El Estado deja de ser una comunidad jurídica y se convierte en botín. Los cargos sustituyen a los méritos, la lealtad partidaria reemplaza a la capacidad y la propaganda pretende ocupar el lugar de los resultados.

Esta deformación alcanza también a la justicia. En Bolivia, el ciudadano sospecha que la ley no pesa igual sobre todos. Para algunos, la justicia es una puerta que se abre mediante contactos o dinero; para otros, es un laberinto de retrasos e incertidumbre. Ningún pacto fiscal será suficiente mientras no exista un pacto ético que devuelva independencia y dignidad al sistema judicial.

La coyuntura económica agrava esta crisis. El Gobierno enfrenta escasez de divisas, debilitamiento productivo, presión fiscal y una sociedad golpeada por el costo de vida. El financiamiento externo puede ofrecer oxígeno temporal, pero no una solución completa. Ningún préstamo sustituye una política productiva y ninguna estabilización será legítima si descarga su costo sobre trabajadores y familias vulnerables.

La discusión no debe reducirse al falso dilema entre ajuste o caos. La pregunta democrática es quién paga la reconstrucción económica. Resulta indefendible exigir sacrificios populares mientras permanecen intactos el gasto improductivo, las empresas públicas deficitarias, los privilegios burocráticos y las redes clientelares. Antes de pedir paciencia, el Estado debe demostrar que también sabe renunciar.

Resultados para la gente

La economía puede mejorar en las estadísticas y continuar deteriorada en la vida cotidiana. Una variación favorable de precios no borra lo perdido durante meses de inflación. La gente no come porcentajes ni paga el transporte con discursos. La credibilidad nace cuando el dato oficial coincide con la experiencia real.

A 201 años, Bolivia padece una enfermedad política antigua: cada gobierno pretende fundar un país nuevo y cada oposición promete salvarlo. Las políticas públicas empiezan y terminan con las autoridades; los partidos se organizan alrededor de personas y no de ideas; y la nación queda sometida al calendario electoral.

El verdadero cambio no consiste en reemplazar un caudillo por otro, ni un centralismo por nueve centralismos regionales. Consiste en construir instituciones capaces de limitar incluso a quienes gobiernan con buenas intenciones. La democracia no depende de la virtud personal del mandatario, sino de controles que impidan convertir su voluntad en ley informal.

El 50-50 podría ser una reforma histórica si se convierte en pacto fiscal, ley clara, distribución equitativa, competencias definidas y control ciudadano. Cada boliviano debería conocer cuánto recibe su municipio, quién contrata una obra, cuánto cuesta y qué resultados produce. La transparencia no debe ser una conferencia de prensa: debe ser una arquitectura permanente del Estado.

Bolivia no necesita dividirse otra vez por mitades. Ya está partida entre quienes acceden a privilegios y quienes esperan servicios; entre quienes utilizan la ley y quienes la padecen; entre el país de los discursos y el país de las filas, los mercados y los hospitales.

Después de 201 años, la pregunta no es si los recursos serán cincuenta para el centro y cincuenta para las regiones. La pregunta es cuánto llegará realmente al ciudadano. Porque cuando el poder administra sin ética, cualquier porcentaje termina completo en manos de unos pocos y vacío para los demás.

La patria no se honra repitiendo promesas. Se honra haciendo que el Estado deje de ser propiedad de quienes gobiernan y vuelva a pertenecer a quienes lo sostienen.

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