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Corrupción e inversión; cambiar de gobierno no es cambiar de Estado

La corrupción no es solamente un delito contra la administración pública. Es una forma de degradación institucional que empobrece al país, destruye la confianza y convierte cualquier promesa de transformación económica en un discurso difícil de creer. Bolivia puede cambiar de presidente, de ministros, de orientación económica e incluso de modelo político; pero mientras no modifique la manera en que se administra el poder público, seguirá atrapada en el mismo círculo de precariedad, desconfianza y atraso.

La nueva administración asumió el gobierno en noviembre de 2025 anunciando una ruptura con las prácticas del pasado y una apertura hacia la inversión, la producción y el financiamiento internacional. Sin embargo, las investigaciones contra autoridades del anterior gobierno, incluida la detención preventiva del expresidente Luis Arce por presuntos hechos de corrupción, conviven con episodios que han comprometido tempranamente la credibilidad de la nueva gestión, como la designación y posterior salida de un ministro de Justicia cuya condena previa no habría sido transparentada oportunamente.

Desde luego, una denuncia no equivale a una condena y el debido proceso debe respetarse siempre. Pero políticamente existe una realidad imposible de ignorar y esta es que la corrupción continúa apareciendo como una constante que atraviesa gobiernos, organizaciones políticas, empresas públicas, autoridades subnacionales y distintos niveles de la administración estatal. Cambian los protagonistas, pero permanecen los mecanismos, como las designaciones discrecionales, contrataciones dirigidas, cobros ilegales, tráfico de influencias, instituciones capturadas y controles que solamente se activan cuando el daño ya se produjo.

El problema, entonces, no consiste únicamente en descubrir la corrupción del gobierno anterior, que no cabe duda que existió. Toda nueva administración puede investigar a quienes la precedieron. La verdadera prueba consiste en impedir que sus propios funcionarios reproduzcan las mismas prácticas y en aceptar que la transparencia también debe aplicarse a sus aliados, operadores y autoridades. Una lucha anticorrupción selectiva no es una política de Estado, es apenas un instrumento de confrontación política.

Los indicadores internacionales confirman la gravedad del problema. Bolivia ocupa el puesto 131 entre 143 países en el Índice de Estado de Derecho 2025 del World Justice Project y se encuentra entre los países con peor desempeño regional. En materia de percepción de corrupción, registra una calificación de apenas 28 puntos sobre 100 y ocupa el puesto 136 entre 182 países evaluados por Transparencia Internacional.

Estas cifras no representan una simple afectación reputacional. Para un inversionista serio constituyen señales concretas de riesgo. Indican que una autorización puede depender de relaciones personales; que un contrato público puede ser cuestionado después de un cambio político; que las reglas pueden interpretarse de manera distinta según la autoridad de turno; que la justicia puede ser lenta, influenciable o imprevisible; y que competir limpiamente puede resultar más costoso que relacionarse con determinados intermediarios.

La corrupción funciona, por tanto, como un impuesto oculto. Incrementa los costos de ingreso, operación, contratación, cumplimiento y defensa. Obliga a las empresas a destinar mayores recursos a controles, garantías, seguros, asesoramiento y prevención de contingencias. También eleva la prima de riesgo exigida por financiadores e inversionistas. Bolivia termina recibiendo menos capital, más caro y bajo condiciones más estrictas.

El efecto más grave es todavía más perverso: la corrupción no solamente ahuyenta inversiones, también selecciona qué tipo de inversionistas están dispuestos a llegar. Las empresas comprometidas con estándares internacionales de cumplimiento, transparencia y responsabilidad corporativa suelen evitar jurisdicciones institucionalmente débiles. En cambio, pueden aparecer operadores oportunistas, capitales poco transparentes o empresas dispuestas a beneficiarse de relaciones políticas, privilegios regulatorios o negociaciones informales.

Un país que no ofrece seguridad jurídica atrae precisamente la inversión que menos necesita.

Mientras las autoridades concentran su atención en escándalos, denuncias y disputas internas, permanecen relegadas las reformas esenciales. Bolivia necesita reconstruir la independencia judicial, profesionalizar el servicio público, transparentar las contrataciones estatales, fortalecer la fiscalización, establecer criterios meritocráticos para la designación de autoridades y coordinar eficazmente la actuación del Gobierno central, las gobernaciones, los municipios y las entidades reguladoras.

También necesita mecanismos efectivos de prevención. No basta castigar después de que desaparecieron los recursos. Las entidades públicas deberían implementar programas de cumplimiento, sistemas de identificación de conflictos de intereses, declaraciones verificables de patrimonio, canales seguros de denuncia, protección para denunciantes, trazabilidad digital de los procedimientos y auditorías verdaderamente independientes.

Pero ninguna reforma será suficiente mientras la sociedad continúe tolerando la corrupción cuando beneficia al partido, al sector, a la región o al dirigente con el que simpatiza. Durante demasiado tiempo se ha defendido al corrupto propio y condenado únicamente al ajeno. Esa doble moral ha convertido el abuso del Estado en una práctica socialmente negociable.

Si Bolivia mantiene este rumbo, las consecuencias serán previsibles, es decir, menor inversión productiva, financiamiento más costoso, deterioro de los servicios públicos, pérdida de recursos, debilitamiento de la justicia, emigración del talento y creciente desconfianza ciudadana. El país puede aprobar nuevas leyes de inversiones, ofrecer incentivos tributarios y anunciar grandes proyectos, pero ningún beneficio compensará indefinidamente la ausencia de instituciones confiables.

La corrupción no es un problema secundario que pueda resolverse después de estabilizar la economía. Es una de las causas centrales de la inestabilidad, la pobreza y la falta de competitividad.

Bolivia no necesita solamente cambiar de gobierno. Necesita dejar de producir funcionarios que entiendan al Estado como un botín, ciudadanos que justifiquen esas conductas y partidos que utilicen la justicia como arma selectiva. Porque un país que no es capaz de administrar honestamente sus propios recursos difícilmente podrá convencer al mundo de que es un socio serio.

El verdadero cambio de modelo comenzará cuando la corrupción deje de cambiar de nombre y empiece, finalmente, a dejar de existir.

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