Bolivia atraviesa uno de los momentos económicos más difíciles de los últimos años. Más del 80% del empleo en el país es informal, una de las tasas más altas de la región, y las proyecciones para este año no son alentadoras. Los ingresos reales han caído, los precios suben y la sensación generalizada es de incertidumbre. Frente a estos números uno podría pensar que no es momento de arriesgar, de emprender, de intentar algo nuevo. Yo creo exactamente lo contrario. Es, quizás, el momento en que más lo necesitamos.
Las crisis, con todo lo que tienen de duras, también obligan a repensar cómo generamos ingresos. Cuando el empleo formal se contrae, la gente busca alternativas, y muchas de esas alternativas terminan siendo ideas de negocio genuinas. He visto de cerca decenas de historias de jóvenes, profesionales y personas sin experiencia previa en negocios, que tienen un proyecto en la cabeza y no saben por dónde empezar.
Algunos lo intentan solos, a prueba y error, gastando meses y ahorros en algo que quizás con un poco de orientación habría avanzado más rápido. El talento no falta. Lo que falta, muchas veces, es un entorno que acompañe esa idea desde el primer boceto hasta convertirla en una solución real, validada y capaz de llegar al mercado.
Quiero detenerme en algo que solemos pasar por alto: innovar no es sinónimo únicamente de inteligencia artificial ni de startups tecnológicas. Innovar es también un nuevo modelo de negocio, una forma distinta de llegar al cliente, un proceso más eficiente, una solución que resuelve un problema cotidiano de manera útil y diferente.
Un emprendimiento gastronómico que rediseña su logística, un modelo asociativo entre productores, una solución de economía circular, incluso una forma distinta de organizar el trabajo dentro de un taller familiar: todo eso también puede ser innovación, aunque no use una sola línea de código. Reducir la innovación a lo tecnológico deja fuera a muchas personas que hoy están emprendiendo en Bolivia
Por eso creo que la tarea no es solo inspirar creatividad, sino construir las condiciones para que una idea pueda convertirse en innovación. Porque innovar no es únicamente imaginar algo nuevo; es resolver un problema real, validar una solución, llevarla al mercado y generar valor concreto para las personas, las empresas y el territorio.
Una idea necesita acompañamiento, mentoría, espacios para conectarse con el ecosistema, validación frente a posibles aliados, acceso a mercado y, en algún momento, capital para crecer. Cuando falta alguno de esos eslabones, el proyecto se estanca, pierde fuerza o queda atrapado en la informalidad, sin lograr convertirse en una iniciativa sostenible, formal y con capacidad de crecer.
Ahí está el desafío: construir entornos donde las ideas se transformen en proyectos, los proyectos en soluciones y las soluciones en impacto.
Es justamente esa lógica la que hemos intentado plasmar, desde CAINCO y su agencia de innovación, Santa Cruz Innova, en la Feria de Innovación & Emprendimiento, que este año incorpora la 5ta edición del VCiLAT, el Venture Capital & Impact Investment Summit LATAM. La Feria y VCILAT forman parte de un mismo recorrido: acompañar una idea desde sus primeras etapas, conectarla con el ecosistema, acercarla al mercado y, cuando esté lista, abrirle puertas hacia inversión real.
Creo profundamente que la salida de una crisis no depende solo de decisiones macroeconómicas, sino también de cuántos espacios seamos capaces de crear, entre instituciones, empresas y ciudadanos, para que el talento de la gente encuentre su camino.
Al final, la pregunta que me hago no es si Bolivia tiene ideas suficientes para salir adelante. Estoy convencida de que sí, las veo todos los días. La pregunta que de verdad importa es si estamos construyendo, a tiempo y con la seriedad que merece, los puentes necesarios para que esas ideas dejen de ser solo ideas y se conviertan en la base de la economía que este país necesita reconstruir.
