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¿Vivimos en el mismo país o en dos realidades diferentes?

Hay países divididos por ideologías, por religiones o por modelos económicos. Argentina parece haber inventado otra forma de grieta: la de dos mundos que conviven sobre el mismo suelo, pero casi nunca se cruzan.

En uno se habla de candidaturas, alianzas, encuestas, internas, reelecciones y reparto de cargos. En el otro se habla de precios, jubilaciones, remedios, trabajo, discapacidad, educación y de cómo llegar a fin de mes.

No se trata de quién tiene razón. Se trata de prioridades. Mientras unos viven pendientes del próximo turno electoral, millones de argentinos esperan el próximo turno médico, hacen cuentas para llenar el changuito o rezan para conservar el trabajo.

Los argentinos nos la rebuscamos para estar siempre en el candelero; nuestra clase dirigente y sus adláteres no le esquivan el culo a la jeringa. No hay aguja hipodérmica a la que le hagamos asco: si viene para nuestra nalga, viene; y si no, nosotros vamos a su encuentro.

¿Teníamos necesidad de abrir un nuevo frente de conflicto con Brasil, con el Partido Demócrata de los Estados Unidos o con México? ¿Con qué fin? ¿Con qué beneficio? Mientras la realidad golpea con fuerza, buena parte del debate político parece transitar por un carril completamente distinto.

Según la prensa argentina, la vicepresidenta Victoria Villarruel afirmó que Javier Milei tiene «persecuciones imaginarias» que replica en Argentina y en el exterior y manifestó su preocupación por su estado. No fue precisamente una diferencia menor entre quienes fueron elegidos para gobernar juntos.

Mientras tanto, el nuevo jefe de Gabinete llega, cambia funcionarios y vuelve a empezar.

Se discute si las PASO se suspenden, si habrá alianzas, quién encabezará las listas y cómo se repartirán los lugares. Falta más de un año para las elecciones, pero buena parte de la política ya vive instalada en ese calendario.

Todo gira alrededor de la próxima elección, de la próxima encuesta o del próximo movimiento táctico. Pareciera que el país pudiera ponerse en pausa mientras los dirigentes ordenan su tablero.

Sin embargo, del otro lado del vidrio hay cuarenta y siete millones de argentinos que no pueden darse ese lujo.

Ellos no se despiertan pensando en alianzas electorales. Se levantan preguntándose si el sueldo alcanzará, si conseguirán turno para un especialista, si podrán comprar los remedios, pagar el alquiler o simplemente llenar el changuito sin resignar algo imprescindible.

Lo dicen todos los días los analistas, los economistas y los periodistas: «se cayó el consumo», «la gente no llega a fin de mes», «los salarios siguen perdiendo frente a la inflación», «la clase media está al límite», «la pobreza se enseñorea con la clase media». Lo dicen, lo analizan, lo publican… y al día siguiente comienza una nueva discusión política que vuelve a desplazar esos problemas del centro de la escena.

Y ahí aparece la sensación que existen dos realidades que apenas se rozan.

Porque mientras ellos hablan del próximo turno electoral, millones de argentinos hablan del próximo turno médico.

Mientras ellos discuten candidaturas, otros hacen cuentas para llegar a fin de mes.

Mientras ellos proyectan el futuro, muchos apenas consiguen atravesar el presente.

Nos hicieron creer durante años que la gran grieta dividía a los argentinos entre oficialistas y opositores, peronistas y antiperonistas, kirchneristas y antikirchneristas. Hoy no estoy tan seguro.

Creo que la verdadera grieta pasa por otro lado. No separa ideologías. Separa prioridades.

De un lado están LOS ELLOS. Del otro, LOS NOSOTROS.

LOS ELLOS tienen otras prioridades. Viven pendientes de las encuestas, de las listas, de los cargos, de las alianzas, de las internas, de las operaciones políticas y de la próxima elección. Cambian de enemigos, de socios y hasta de discursos con una facilidad asombrosa, pero rara vez abandonan ese universo que gira alrededor de ellos mismos.

LOS NOSOTROS vivimos pendientes de llegar a fin de mes, de conseguir un turno, de que alcance para los remedios, de conservar el trabajo, de pagar los impuestos, de que nuestros hijos y nietos tengan alguna oportunidad y de que el esfuerzo cotidiano sirva para algo más que sobrevivir.

Esa sí parece una grieta difícil de cerrar.

Porque mientras unos discuten cómo acceder al poder, los otros sólo esperan que el poder se acuerde de que existen.

Dejen de mirarse el ombligo.

Salgan por un momento de las oficinas, de los estudios de televisión, de las reuniones partidarias y de las redes sociales.

Descubran que, además de ustedes, existe un país real.

Un país donde la política importa, pero no ocupa las veinticuatro horas del día.

Un país donde las urgencias tienen nombre y apellido.

Un país que no necesita dirigentes preocupados únicamente por la próxima elección, sino representantes capaces de mirar un poco más allá de sus propias disputas.

Porque cuando quienes toman las decisiones terminan viviendo tan lejos de quienes deben soportar sus consecuencias, deja de haber una sola realidad. Empiezan a convivir dos.

Dos países.

Dos maneras de entender las prioridades.

Dos mundos paralelos.

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