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Hacia un pacto que preserve la democracia

A punto de cumplir los 10 meses del gobierno Paz-Lara, queda claro que estamos ante un gobierno fallido. Gobernar es la autoridad que se basa en la legitimidad y esta se sostiene en la legalidad (elección en democracia), la confianza pública (credibilidad) y la fuerza política (legislativa y en las calles) que sostienen la legitimidad.

Hoy no queda más que la elección legal. El resto se evaporó de lo poco que había luego de la chiripa electoral. Solo resta un gobierno deslegitimado que ha perdido la autoridad política, la credibilidad social, sin el apoyo necesario en la Asamblea Legislativa Plurinacional (poco representativa) y que no tiene fuerza que lo defienda en las calles o las carreteras.

Elección, democracia y ejercicio del poder

Solo al principio de la gestión del gobierno, quizás hasta enero de este año —luego del exitoso levantamiento de los subsidios a los carburantes—, se pensaba que el gobierno podría encarar la crisis y, en medio de enormes dificultades, sacar al país adelante. Luego, la comprobada incapacidad gubernamental, cuando la certeza dominante es que frente al no-gobierno, el horizonte es sobrevivir; se ha instituido el «sálvese quien pueda» y se actúa en consecuencia.

La gota que colmó el vaso y desnudó al gobierno en su corruptela y mediocridad es el caso Cerimedo; no en vano el presidente calló todo lo que pudo. Sabíamos del esquema de corrupción al más alto nivel —maletas, combustible, narco maderas, oro, etc.— y de una mediocridad rampante viendo el gabinete de parientes y amigotes. Una circunstancia criminal salida de control develó —el esquema general, el detalle tardará años en saberse— una trama de política y corruptela que sigue un patrón político patentado por las nuevas derechas en el mundo occidental, que busca responsabilizar la debacle económica —frente a la China— a la inmigración del tercer mundo y a los derechos individuales, colectivos y sociales, conseguidos desde la Revolución francesa.

Estamos ante la ofensiva de una novísima ultraderecha troglodita, ignara y xenófoba, a la cabeza del Trumpismo y MAGA, luego del retorno de Trump el año pasado y con foco en América Latina, el antiguo patio trasero. Va quedando en el paisaje de la Europa agotada, la ofensiva «cultural» de los Le Pen en Francia; la de Víctor Orbán en Hungría; la de Giorgia Meloni en Italia; y, en carpeta, la cristiana España con Vox a la cabeza, luego del «éxito» de la invasión marroquí en Ceuta.

Crisis epocal

Estamos ante el fenómeno político del Siglo XXI de escala mundial-occidental; los chinos sentados en la vereda esperando que pase el cadáver del enemigo. Es una combinación de época —la presencia omnipresente de la tecnología en la vida cotidiana— con una enorme capacidad comunicacional para repartir odio, el rechazo a los derechos sociales y tremendamente eficaces para, argentinísimamente, afanar dinero.

En las décadas de los 60 y 70 la ofensiva «cultural» fue religiosa y con cierta profundidad intelectual; Biblia en mano. Había que enfrentar a la Teología de la Liberación que tenía de horizonte «la opción preferencial por los pobres» y venía de un Concilio Vaticano (1962-1965) denunciando las estructuras políticas y económicas que promovían la pobreza. Para ello llegaron —empezando de Centroamérica, rumbo al sur— ejércitos de evangelistas y pentecostales repartiendo al dios de la prosperidad, individualizando la pobreza para que cada uno cargue con lo suyo sin incomodar a nadie, menos a los grandes negocios y a los ricos. El esquema político imperial cerró con unos golpes militares quirúrgicos distribuidos en la misma geografía, empezaron en Guatemala (iba camino a una reforma agraria) y dieron la vuelta al continente de un océano y del otro.

Un mundo que acelera y una democracia que no

En el veloz y tecnologizado Siglo XXI no es posible este esquema lento, dialógico y espiritual. Mormones, Santos, Israelitas y otras denominaciones siguen haciendo el trabajo de zapa, pero no alcanza. Por el contrario, Starlink puede llegar a cualquier rincón del planeta —ya hay antenas en El Alto, llevadas por el presidente— y ser el principal canal de comunicación. Las tecnológicas como Palantir trabajan en que los robots dirijan la guerra y así prescindir de la duda humana. Otros nodos tecnológico-empresariales como Amazon necesitan data centers con acceso privilegiado al agua y la energía, etcétera.

Ante estos avances civilizatorios, hay un lastre «cultural» que no sincroniza: la democracia. Sí, así de sencillo, la política que llegó con Grecia hace más de dos milenios y medio, no coincide con estos esquemas y sus velocidades tecnológico-comunicacionales. La democracia es una antigualla, lenta, hay que hablar y no solo teclear, lograr consensos colectivos, involucra mucha gente; se ha convertido en un estorbo.

Es en este escenario internacional y, en especial, del patio trasero, cuando nos cae, en una zaga casi de cine distópico, Bolsonaro, Milei, Novoa, Kast y hemos llegado al extremo del colombiano De la Espriella, que disputa palmo a palmo con el argentino el lugar del fenómeno estrella. Bolsonaro había ganado con una tremenda movilización vía WhatsApp y el apoyo de pentecostales e israelitas; Milei no necesitó más que la motosierra y su estilo zafarrancho que gustó a los jóvenes y, ya de frente y declarado, con el apoyo del sionismo.

El asesor principal

Acá es dónde aterriza Cerimedo, sacando brillo a nuestro acostumbrado complejo de inferioridad y, en una personalidad argentina modelo chanta, cabía un taxista, un estafador, un promotor de «granjas de bots» para las campañas sucias, un trepador experto en aprovechar los contactos políticos para promover los negocios conectados al Estado, para luego hacer fluir el dinero hacia los paraísos cripto. Hacía de gurú para la familia real, brindaba alivio cultural-espiritual y prometía el paraíso de los bienes terrenales. Por eso las mentiras presidenciales y ministeriales de menospreciar al chanta se cayeron ante las fotos o entrevistas como las de Bloomberg, que muestran al presidente como en una hora cívica de escuela tratando de agradar al profe.

En fin, la situación política, económica y productiva es tan crítica que hasta el partido que ofreció todo su apoyo desde antes de la segunda vuelta, Unidad Nacional, ha contestado a la invitación del presidente a un cónclave que viabilice las reformas constitucionales, con un lapidario: primero arregla lo del combustible, muestra el plan económico y que se investigue el caso Cerimedo. O sea, vuelve cuando seas gobierno y te tomes en serio, o sea nunca.

Hacia un acuerdo para salvar la democracia

Este es el eje de las preocupaciones a las que debemos responder. El gobierno no tiene las condiciones técnicas, políticas y de credibilidad para gobernar y, mientras más tiempo pase, mayores serán los daños, la crisis y los esfuerzos para remontar. Por ello es imprescindible un pacto de todo el arco político, que implique las representaciones políticas con representación o no —como es el caso del evismo—, lo mismo que los actores de la economía y la producción, empezando por las empresariales como la CEPB, CAINCO, CAO y, al otro lado, la representación social como la COB, la CSUTCB y la Tupak Katari. ¿Qué abordar y qué pactar?

  1. Un gobierno de transición que sostenga la democracia y postergue las elecciones mientras se estabilice el país.
  2. El retorno productivo de Petrobras y Repsol, para enfrentar la previsible crisis energética y aceptando un razonable arbitraje internacional.
  3. Una reforma constitucional acotada —parcial de verdad— que mejore la distribución competencial y el acceso a recursos de las ETA; la imprescindible reforma de la justicia que garantice la independencia judicial para todos.
  4. Un acápite productivo que permita el acceso al combustible e impida los bloqueos y cualquier otro perjuicio a la producción.
  5. Un referéndum de salida confirmatorio.

 

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