Nací dentro de la tradición crítica latinoamericana. En el Zulia, tuve como profesora y guía de tesis a Lola Aniyar de Castro, una de las figuras centrales de aquella corriente que, desde la década de 1970, cuestionó el positivismo criminológico, la aparente neutralidad del derecho penal y la función selectiva de los sistemas de control social.
Mi tesis, elaborada entre 1987 y 1988, constituyó una crítica al reduccionismo materialista, para mí, insuficiente en explicar la criminalidad, el control social y la actuación del sistema penal exclusivamente desde la estructura económica, la lucha de clases o la confrontación entre sectores dominantes y subordinados.
Esa ruptura quedó simbólicamente expresada en una anécdota ocurrida en Colombia, durante un congreso en 1989. Saludé a Lolita Aniyar y le dediqué mi ponencia, reconociéndola como mi “madre criminológica”. Cuando llegó su turno, Lolita respondió, además con su linda sonrisa: “Alejandro reconoce que fui su madre, pero él mató a su madre”.
La frase encerraba una verdad profunda. Yo, había cortado el cordón umbilical intelectual. Mi tesis no reproducía el pensamiento de Lolita: lo cuestionaba en aquello que consideraba su principal limitación. No elegí discutir con una figura secundaria, sino con quien representaba, para mí, la expresión más significativa de la corriente en la cual me había formado.
Esa ruptura no significó regresar a las explicaciones positivistas centradas en el individuo. Significó ampliar el campo de análisis. La clase social continuó siendo una variable importante, pero dejó de ser la explicación total. A ella debían añadirse el poder político, la discriminación ( el racismo), la cultura, la identidad, la debilidad institucional, la corrupción, la democracia inconclusa, la impunidad de los poderosos y la responsabilidad individual.
Con los años, observé que parte de la criminología crítica sustituyó el esquema de la lucha de clases por otra dicotomía igualmente reductora: la oposición entre norte y sur. Esta perspectiva permitió denunciar la dependencia académica, la desigual circulación del conocimiento y la subordinación de las realidades latinoamericanas a categorías elaboradas en los centros de poder. No obstante, cuando se convirtió en una explicación general, comenzó a reproducir el mismo problema que pretendía superar: una lectura binaria en la que el norte representaba la dominación y el sur aparecía casi exclusivamente como víctima o resistencia.
Décadas después, en un curso internacional celebrado en Santa Fe, en la Universidad del Litoral, cuestioné que algunas exposiciones presentaran el desarrollo contemporáneo de la criminología crítica como si su historia latinoamericana comenzara alrededor de los grupos académicos allí consolidados.
Les recordé el aporte de Lolita Aniyar de Castro, Rosa del Olmo y otros autores que habían construido una criminología crítica latinoamericana; y, rescaté el gran trabajo posterior de Raúl Zaffaroni. No desconocí el valor de las nuevas generaciones, sino impedir que la renovación académica se edificara sobre el olvido de quienes también habían abierto camino.
Mi crítica en Santa Fe fue también epistemológica. Después de varias décadas persistían los mismos esquemas totalizantes, ahora trasladados desde la lucha de clases hacia la geografía del norte y del sur. Faltaba, y aún persiste, una verdadera autocrítica.
En mi trayectoria, desarrollé tempranamente una ruptura con el reduccionismo materialista; conduciéndome hacia una perspectiva heterodoxa y plural, centrada en los límites del poder punitivo, los derechos humanos, la dignidad, la discriminación, la democracia y la institucionalidad.
Creo que cualquier escuela intelectual no se honra repitiéndola devotamente, sino sometiéndola al mismo ejercicio crítico que ella exige aplicar sobre la sociedad, el poder y las instituciones.
