En Bolivia tenemos una habilidad extraordinaria: discutir durante veinte años lo que otros países comienzan a ejecutar mientras nosotros todavía estamos organizando la comisión que estudiará la posibilidad de crear otra comisión.
Un hecho muy importante, ocurrió hace pocos días en Campo Grande, Mato Grosso do Sul, que merece bastante más atención de la que recibió.
Porque mientras aquí seguimos entretenidos con nuestras peleas políticas, nuestras declaraciones incendiarias y esa fascinación nacional por convertir cualquier estupidez en noticia de primera plana, Brasil está mirando hacia el Pacífico. Y para llegar hasta allí, inevitablemente está mirando hacia Bolivia.
El 12 de agosto se reunieron representantes del Gobierno de Mato Grosso do Sul, del Gobierno Autónomo Departamental de Santa Cruz y representantes de los gobiernos de BRASIL y de BOLIVIA… De aquella reunión no salió solamente la fotografía protocolar de rigor, salieron compromisos.
Se acordó avanzar hacia una Carta de Intenciones que establezca una agenda permanente de cooperación entre Santa Cruz y Mato Grosso do Sul.
Se confirmó, además, un Primer Encuentro Trinacional de gobernadores, incorporando a Bolivia, Brasil y Paraguay en una discusión que ya comienza a superar los discursos para entrar en el terreno de la logística, las fronteras, las inversiones y la infraestructura.
Pero hay un tercer punto mucho más interesante. Se confirmó un proyecto piloto de exportación de mineral de hierro mediante la conexión ferroviaria, con un primer acto previsto en Corumbá y el ingreso de la formación ferroviaria hacia territorio boliviano.
Eso ya no es powerpoint. Es carga. Y cuando los corredores empiezan a mover carga, empiezan también a mover dinero, inversiones, empleos y geopolítica.
Brasil entendió algo que nosotros todavía discutimos… Mato Grosso do Sul necesita corredores competitivos para sacar su producción. Brasil tiene el Atlántico, naturalmente. Pero también mira hacia los mercados asiáticos y, por tanto, hacia los puertos del Pacífico.
Entre ambos océanos existe un país llamado Bolivia. Sí. El nuestro. Ese mismo que durante décadas tuvo una posición geográfica extraordinaria y consiguió convertirla casi en un accidente cartográfico.
Bolivia puede ser una verdadera plataforma logística sudamericana si consigue integrar su sistema ferroviario oriental con el occidental y articularlo con Brasil, Paraguay, Argentina, Chile y Perú.
Y allí aparecen dos empresas que quizás deberíamos comenzar a mirar de otra manera: Ferroviaria Oriental y Ferroviaria Andina.
Una conecta nuestro aparato productivo oriental con Brasil y Argentina; la otra opera más de 1.800 kilómetros de red occidental y conecta logísticamente con Chile, Perú y Argentina.
Dicho de una manera bastante sencilla: una mira hacia el Atlántico y la otra puede llevarnos hacia el Pacífico. Ahora solamente falta que Bolivia comprenda que entre ambas existe algo llamado país. Dos empresas que contradicen nuestro pesimismo
Curiosamente, pocos días después apareció otra noticia. Ferroviaria Oriental fue reconocida con el Premio Maya 2026 como Mejor Operador Logístico Integral, mientras Ferroviaria Andina recibió la distinción como Mejor Empresa de Logística Minera.
Uno puede discutir el valor de cualquier premio. Para eso somos bolivianos y discutimos hasta el color de la cinta del regalo. Pero sería bastante más difícil discutir los resultados empresariales que existen detrás.
Estamos hablando de compañías que administran infraestructura estratégica, mantienen miles de kilómetros de vías, transportan producción boliviana y han comenzado a comprender que el negocio ferroviario moderno ya no consiste simplemente en poner una locomotora delante de veinte vagones.
Hoy significa logística integral, tecnología, seguridad, intermodalidad, eficiencia, sostenibilidad y conexión internacional.
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Significa entender que detrás de cada tonelada transportada existe una cadena productiva.
Y detrás de esa cadena existen exportaciones, empleos y dólares que Bolivia necesita desesperadamente… Y aquí aparece Carlos Gill.
También corresponde decir algo que quizás incomode a algunos. Carlos Gill, presidente de los directorios de ambas ferroviarias, ha recibido críticas y seguramente seguirá recibiéndolas. Quien administra empresas importantes siempre las recibe.
Pero las críticas no pueden impedir observar los resultados. Bajo su conducción empresarial, estas compañías no solamente han mantenido operativa una infraestructura ferroviaria estratégica para Bolivia, sino que avanzan hacia una concepción bastante más moderna del negocio: tecnología, innovación, soluciones logísticas integrales y preocupación por el impacto ambiental de sus operaciones.
Y medir la huella de carbono no es una decoración ecológica para colocar una hojita verde en una memoria empresarial. En el comercio internacional que viene será competitividad.
Los mercados comenzarán cada vez más a preguntarnos no solamente qué exportamos, sino cuánto carbono generamos para producirlo y transportarlo. En ese escenario, el ferrocarril tiene una ventaja estratégica formidable.
Por eso una administración seria no debería estar pensando solamente en el próximo balance financiero. Tiene que preguntarse dónde estará Bolivia logísticamente dentro de veinte años. Y allí es donde Gill parece haber entendido que administrar ferrocarriles no significa administrar trenes. Significa administrar corredores de desarrollo.
La alianza público-privada que ya existe. Y quizás aquí está la parte más interesante de toda esta historia… El gobierno de Rodrigo Paz acaba de enviar a la Asamblea Legislativa su proyecto de Ley de Inversiones, basado en tres objetivos fundamentales: normalizar la inversión dentro de la economía boliviana, recuperar seguridad jurídica y ordenar el marco normativo para la inversión nacional y extranjera. Paralelamente, el Ejecutivo ha anunciado una legislación específica para impulsar alianzas público-privadas.
Perfecto. Pero antes de inventar nuevamente Bolivia desde cero, convendría mirar lo que ya tenemos funcionando. Porque nuestras ferroviarias constituyen precisamente un caso que merece estudiarse dentro de esa discusión.
Infraestructura vinculada al interés público, participación estatal, administración empresarial, capital privado, inversión, regulación y generación de utilidades. No es necesario viajar a Singapur para encontrar un ejemplo. Tenemos uno circulando sobre rieles delante de nuestras narices. Y eso debería interesarle particularmente al Gobierno.
Porque si Bolivia quiere atraer capital privado para desarrollar infraestructura, aeropuertos, carreteras, energía, logística o grandes proyectos productivos, necesita demostrar que la asociación entre Estado y empresa privada no necesariamente termina en corrupción, ineficiencia o un elefante blanco inaugurado tres veces.
Puede funcionar, pero necesita reglas claras, entre ellas: Seguridad jurídica; Gobierno corporativo; inversión; fiscalización y administradores que entiendan que manejan patrimonio estratégico y no una agencia de empleos para compañeros de partido.
Campo Grande dejó una señal. Por eso aquella reunión en Brasil fue bastante más importante que una fotografía diplomática. Brasil está buscando corredores. Paraguay está fortaleciendo su logística. Chile y Perú tienen puertos sobre el Pacífico. Y en medio estamos nosotros.
Bolivia tiene la posibilidad de convertirse en el gran articulador ferroviario del centro de Sudamérica. La pregunta es si finalmente entenderemos la oportunidad antes de que nuestros vecinos encuentren otra ruta.
Campo Grande dejó sobre la mesa integración ferroviaria, infraestructura logística multimodal, corredores internacionales, facilitación fronteriza, inversiones y hasta cooperación ambiental. Eso se llama visión regional.
Y mientras nuestros políticos continúan calculando qué alianza les garantiza tres diputados más para la siguiente elección, nuestros vecinos están calculando por dónde transportarán millones de toneladas durante las próximas décadas. Pequeña diferencia.
Una piensa en la próxima elección. La otra piensa en los próximos treinta años. Quizás haya llegado el momento de desempolvar definitivamente aquella vieja frase de que Bolivia es el corazón de Sudamérica. Porque un corazón sirve solamente si bombea.
Y en materia económica, eso significa mercancías, exportaciones, inversiones y conexiones. Brasil parece haberlo entendido. Las ferroviarias también. Ahora falta que Bolivia se suba al tren antes de que vuelva a pasar de largo.
*Es escritor y analista político
