La privación relativa es clave para entender el aumento del descontento político en la región durante la última década, así como para distinguir entre las diferentes expresiones del descontento político y su vinculación con la responsabilidad asignada por dicha privación relativa. Recordemos nuestra clasificación del descontento político en dos tipos: vertical y horizontal. El descontento vertical se enfoca en el sistema político en su totalidad y se dirige contra cualquier opción partidaria. Involucra diversas fuentes de malestar y reacciones contra lo que se percibe como una clase política que, sin diferencias, no responde a los intereses de la ciudadanía.
Este tipo de desazón se expresa en altos niveles de volatilidad electoral (los votantes cambian sus preferencias entre elecciones porque se sienten defraudados por los sucesivos partidos de gobierno), mayor fragmentación del voto (ninguna de las opciones es suficientemente atractiva como para convocar a una porción significativa del electorado), menor participación electoral y, finalmente, menor satisfacción con la democracia. En las calles, el descontento vertical suele expresarse en protestas masivas y espontáneas, sin intermediación de organizaciones vinculadas al sistema político que articulen demandas o negocien concesiones. La elección guatemalteca de 2019, con una gran fragmentación del voto, y el estallido social chileno, con una desconexión entre las elites políticas y la protesta social, reflejan este tipo de descontento.
Polarización
Por su parte, el descontento horizontal estructura la competencia electoral alrededor de ejes de polarización ideológica e identitaria con un punto focal que genera lealtades y antipatías. Esto ocurre con el clivaje kirchnerismo/antikirchnerismo en Argentina, el lulismo/antilulismo en Brasil o el correísmo/anticorreísmo en Ecuador. En estos casos, el descontento de los oponentes se centra en las diferencias entre grupos sociales y en los beneficios relativos que cada uno recibió de políticas estatales durante las gestiones de izquierda o nacional-populares.
En los países que siguen este patrón, la volatilidad electoral tiende a ser menor debido a la consolidación de identidades partidarias y, por tanto, se reduce la fragmentación electoral por la polarización del voto en dos campos. A su vez, el miedo a que gane el otro aumenta la participación electoral, y la satisfacción con la democracia dependerá del signo del gobierno (cada grupo está más descontento cuando gobierna el partido opuesto y viceversa). La elección argentina de 2019, polarizada entre dos candidatos, y las protestas ecuatorianas organizadas por un movimiento social a las que se sumó el correísmo ilustran este tipo de descontento.
Formas de descontento
Ambos tipos se vinculan con la asignación de responsabilidades por parte de la ciudadanía frente a la situación de privación relativa. La narrativa que sostiene la polarización se centra en las diferencias entre grupos y en la percepción de los beneficios relativos que cada uno percibe haber recibido, los cuales pueden asociarse a políticas estatales previas. En el caso del descontento vertical, se considera que las elites políticas ignoran a la ciudadanía y están desconectadas de su sufrimiento cotidiano.
Ahora bien, ¿qué explica estas diferentes asignaciones de responsabilidad política frente a la privación relativa? Nosotros asociamos estos patrones de responsabilización por la privación relativa a la experiencia previa de redistribución democrática durante el periodo de auge entre 2003 y 2014. Diversos trabajos muestran que la desigualdad disminuyó más rápidamente bajo gobiernos de izquierda durante este periodo. Los gobiernos de la “marea rosa”, especialmente cuando controlaban el Congreso, mejoraron los indicadores tanto de desigualdad como de ingresos de los más pobres.
Trayectorias de descontento
Para distinguir las trayectorias de los países durante la década del descontento, utilizamos indicadores asociados al comportamiento electoral. Nos basamos en cuatro, todos tomados de la primera vuelta de las elecciones presidenciales: la volatilidad electoral extrasistema, la fragmentación del voto, el grado de polarización (considerando porcentajes obtenidos y distancia ideológica) y la participación electoral. Mayor volatilidad electoral y fragmentación del voto y menor polarización y participación electoral nos permiten distinguir el descontento vertical del descontento horizontal.
Es decir, mayor volatilidad y fragmentación del voto, junto con menor polarización y participación electoral, son indicadores de descontento vertical. Asimismo, las tendencias de opinión pública que muestran una disminución en la satisfacción con la democracia son comunes a todos los países. No obstante, estas son más intensas en países que identificamos como de descontento vertical que en aquellos con descontento horizontal, donde están condicionadas por la identidad partidaria del gobierno: estoy más descontento cuando gobierna el partido opuesto.
Entre los países con gobiernos de izquierda por al menos tres periodos consecutivos, y vinculados a organizaciones sociales movilizadas, están Argentina (peronismo/kirchnerismo, 2003-2015), Brasil (Partido de los Trabajadores [PT], 2003-2016), Bolivia (Movimiento al Socialismo [MAS], 2006-2019), Uruguay (Frente Amplio [FA], 2005-2020) y Ecuador (correísmo, 2007-2017). Estas coaliciones de izquierda generaron un punto focal que organizó la competencia electoral entre seguidores y adversarios en función de una identidad partidaria negativa.
Izquierdas y derechas
En contraposición, los casos donde encontramos menor redistribución y, por lo tanto, descontento vertical, no tuvieron experiencias continuas de gobiernos de izquierda ni una vinculación que permitiera la llegada de organizaciones sociales al Estado para empujar sus políticas públicas, aunque muchas veces lo buscaran desde la protesta social. Estos casos son Chile, Colombia, Costa Rica, Guatemala y Perú. La combinación entre una menor redistribución estatal que la implementada por gobiernos de la “marea rosa” y los indicadores de descontento vertical caracteriza a este grupo.
A modo de ejemplo, Brasil y Perú ilustran trayectorias contrastantes frente a un mismo ciclo económico favorable. Ambos países redujeron drásticamente la pobreza durante el auge de las materias primas, pero mientras Perú lo hizo principalmente por efecto del crecimiento, Brasil combinó ese crecimiento con políticas redistributivas activas. Entre 2001 y 2019, la pobreza cayó en Brasil de 38% a 20% y en Perú, de 45% a 15%. Más allá de esta mejora general, Brasil mostró avances más amplios en la reducción de brechas estructurales.
Divergencias
En el plano racial, políticas afirmativas (como las cuotas universitarias para afrodescendientes desde 2012) y programas sociales focalizados redujeron la brecha de ingresos entre blancos y no blancos, a la vez que promovieron el ingreso de estudiantes afrodescendientes e indígenas en la educación superior. En Perú, en cambio, las brechas entre población indígena y no indígena, aunque atenuadas por la caída general de la pobreza, siguieron siendo muy amplias.
Estas divergencias de resultados también se explican en parte por modelos fiscales distintos: Brasil financió políticas sociales con una presión tributaria cercana a 33% del PIB, mientras que en Perú esta se mantuvo en torno de 16%-20%. En síntesis, aunque ambos países redujeron la pobreza, Brasil combinó crecimiento y redistribución y logró así un mayor cierre de brechas sociales, mientras que en Perú el crecimiento económico, aunque eficaz en términos de reducción de la pobreza, fue menos potente para transformar desigualdades de fondo.
Las diferentes trayectorias de política pública y redistribución se vinculan con la expresión del descontento. Este se manifiesta como descontento horizontal en Brasil, donde las identidades políticas se asocian a los ganadores y los perdedores relativos del auge. En contraste, señala Carlos Meléndez, el descontento es vertical en Perú, lo que refleja una desconexión de la ciudadanía con todas las opciones del sistema político que resulta en altos niveles de fragmentación y volatilidad electoral.
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