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Educar para conducir, proteger la vida

Hablar de seguridad vial es hablar, en última instancia, de la forma en que decidimos cuidar la vida. Cada vez que un niño aprende a cruzar correctamente una calle, que un adolescente comprende las consecuencias de conducir de manera irresponsable o que un adulto respeta una señal de tránsito, estamos dando un paso hacia una sociedad más segura.

Por eso, la educación vial no debería comenzar cuando una persona decide obtener su licencia de conducir. Debería comenzar mucho antes, en la infancia, en el hogar, en la escuela y en cada espacio donde aprendemos a convivir con los demás.

En el Automóvil Club Boliviano tenemos un propósito que orienta nuestro trabajo: que cada boliviano pueda moverse con confianza, seguridad y libertad. Alcanzar ese objetivo requiere mucho más que contar con mejores vehículos, servicios o infraestructura. Requiere construir una verdadera cultura de movilidad responsable.

La cultura vial se aprende. Y, como ocurre con otros valores fundamentales para la convivencia, mientras más temprano comienza ese aprendizaje, mayores son las posibilidades de que se convierta en parte de nuestra conducta cotidiana.

Por esa razón impulsamos iniciativas de educación vial dirigidas a niños, convencidos de que ellos no son únicamente los futuros conductores del país. Hoy ya son peatones, pasajeros, ciclistas y usuarios de los espacios públicos. Comprender las normas, reconocer los riesgos y aprender a respetar a los demás es parte de su formación como ciudadanos.

A través de actividades dinámicas, talleres interactivos y experiencias adaptadas a su edad, buscamos que niños de entre 9 y 12 años aprendan hábitos responsables de convivencia vial. Pero el objetivo va más allá de enseñar señales de tránsito. Queremos formar pequeños promotores de prevención, respeto y responsabilidad, capaces de llevar esos aprendizajes a sus familias, unidades educativas y comunidades.

Más de 300 niños ya fueron parte de este proceso de formación en La Paz. La experiencia nos confirma algo fundamental: los niños pueden convertirse en poderosos agentes de cambio cuando se les brindan herramientas para comprender su papel en la seguridad de todos.

Esta reflexión cobra aún mayor importancia frente al debate sobre la posibilidad de que adolescentes desde los 16 años accedan a autorizaciones para conducir, como lo establece el Decreto Supremo N. 5634. Consideramos que cualquier medida en esa dirección debe estar necesariamente acompañada por una formación rigurosa, capacitación suficiente y medidas efectivas de prevención.

Conducir un vehículo no es simplemente aprender a ponerlo en marcha, cambiar de velocidad o conocer el funcionamiento básico de sus controles. Conducir significa tomar decisiones permanentes que pueden tener consecuencias sobre la vida propia y la de otras personas.

Un adolescente puede tener la edad suficiente para recibir una autorización, pero la pregunta que debemos hacernos como sociedad es si cuenta con la preparación necesaria para enfrentar los riesgos y las responsabilidades que implica estar al volante.

Por ello, otorgar una licencia o autorización, a los 16 años, sin garantizar previamente un proceso sólido de formación puede convertirse en un riesgo. La edad, por sí sola, no debería sustituir al aprendizaje. La habilitación para conducir debe ir acompañada de conocimientos sobre las normas, comprensión de los riesgos, experiencia progresiva, respeto por las reglas y una profunda conciencia sobre la responsabilidad que implica compartir las vías con peatones, ciclistas, motociclistas y otros conductores.

La prevención comienza antes de entregar una licencia. Comienza con educación.

Nuestro país enfrenta un desafío que no podemos ignorar: el crecimiento del parque automotor debe estar acompañado por un crecimiento equivalente de nuestra cultura vial. De poco sirve tener más vehículos, mejores carreteras o nuevas tecnologías si quienes utilizamos las vías no desarrollamos al mismo tiempo mayores niveles de responsabilidad.

Por eso creemos que la educación vial debe entenderse como una política de largo plazo. Debe acompañar a las personas desde la infancia y continuar durante toda su vida como conductores y ciudadanos. Debemos enseñar a los niños a moverse seguros, preparar rigurosamente a los nuevos conductores y promover la actualización permanente de quienes ya tienen años al volante.

Si queremos que los adolescentes conduzcan con mayor seguridad mañana, debemos comenzar a educarlos hoy. Y si queremos una Bolivia donde cada persona pueda desplazarse con confianza, seguridad y libertad, debemos asumir que formar una nueva cultura vial es una inversión en la vida.

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