Un día el timbre del hogar de Eddy Luis Franco retumbó en todo su hogar. Desconcertado abrió su puerta y encaró a dos enviados del ministrillo de Obras Públicas, Edgar Montaño. En sus manos tenían un citatorio que le conminaba a presentarse en menos de 24 horas en el tragadero de la fiscalía de La Paz, siendo que su morada estaba en Santa Cruz de la Sierra. La noche se le vino encima. Armado de coraje y serenidad partió rumbo a las fauces del demonio. Desde ese día, estuvo detenido en la cárcel de San Pedro – injustamente – durante un año y otro más con detención domiciliaria.
Le arrebataron su libertad, pero no pudieron cercenarle su dignidad.
Fue una tramoya montada por unas funcionarias que recortaron su firma y la imprimieron en documentos para aprobar traspasos de dinero irregulares a una persona en Lima, Perú, mientras fungía como autoridad en la empresa estatal Entel, durante el gobierno de Jeanine Añez. Este eslabón estuvo “oculto” durante todo su proceso entre documentos y carpetas en un juzgado rodeado de ratas. Gracias a una abogada corajuda que creyó en su inocencia – pese a desconfiar de los periodistas – reencaminó su defensa y logró lo inimaginable: encontrar la carpeta y luego la absolución de las acusaciones armadas en su contra para ponerle fin a un encierro brutal.
Eddy Luis ingresó, arrastrado por sus cancerberos al estómago de la bestia. Hubo miseria humana, pero también, bálsamo en los abrazos y cobijo de muchos amigos que a diario se preocuparon por su bienestar y que, además, siempre estuvieron junto a su valerosa esposa en esa pelea diaria contra la bellacada. Ella nunca se rindió y en una conversación en susurros, como se habla entre las paredes de una celda, le dijo que jamás lo abandonaría y que haría lo imposible para recuperar su libertad. Y así lo hizo.
Hay palabras que de tanto usarlas pierden su valor. De tanto manosearlas malgastan su peso. Su esencia. Y una de ellas es “soy inocente”. Durante más de 20 años el masismo y su continuación miserable con Arce Catacora se dedicaron a sembrar el terror entre los bolivianos. Empuñaron la guadaña e iniciaron un descabezamiento en contra de todo aquel que osara siquiera mirarlos risiblemente o levantarles el dedo. Sembraron terror y miedo. Y, en esos tiempos demenciales, decir a todos soy inocente, era una vacuidad frente a la despiadada justicia donde jueces y fiscales reventaron por los aires sus cimientos; primero para congraciarse con el boliviano más indigno del país como es Evo Morales y luego para lamerle las botas a una recua de autoridades siniestras durante el paupérrimo gobierno de Arce.
Nada ha cambiado y, estoy completamente seguro, que nunca nada cambiará. La policía seguirá siendo corrupta y mafiosa. La justicia continuará siendo la bestia negra de los bolivianos de bien y honorables y los políticos seguirán siendo unos desfachatados. La búsqueda de justicia es una llave maestra que abre todas las puertas, y que precisamente, por abrirlas todas, ya no abre ninguna. Ya no interesa si uno es o no inocente. Uno es, al final, una mercancía a manos de policías, jueces, fiscales, abogados, tinterillos, delegados a cargo de la seguridad de los presos en la cárcel – los verdaderos dueños de todas las prisiones bolivianas -, quienes aplastan a los reos en un mecanismo infernal.
Eddy Luis, como muchos bolivianos difamados y calumniados que enfrentaron a la bestia, le plantó cara y peleó durante las ocho mil setecientas sesenta horas que estuvo en el estómago del leviatán. Conoció de cerca la dureza de la prisión. De aquellos abandonados a su suerte. De aquellos que duermen sobre el piso deshumanizados. De aquellos mercanchifles de la dignidad humana. Todo tiene precio. Todo se vende.
Vivimos en tiempos de la desfachatez. Del descaro. El poder y todos sus tentáculos han perdido la vergüenza. De hecho, son todos unos sinvergüenzas. Y no contentos con su desfachatez, salen en las redes o en los programas cómicos de podcast mostrando sus miserias. Lo que antes se escondía por pudor, ahora se muestra con orgullo y gala en los horarios de máxima audiencia. Son tiempos de sindiós.
Gracia Eddy Luis por tu coraje y dignidad. Y con el corazón estrujado les mando un abrazo a tus hijos y a tu valerosa esposa.
