Tradicionalmente pensamos la diferencia como una variación o desviación de algo que debería ser idéntico: por ejemplo, “A” es diferente de “B” en tanto “B” no es idéntico a “A”, lo cual presupone que “A” y “B” son cosas ya identificadas —es decir, primero la identidad, y luego la diferencia. Pero si observamos cómo funciona una palabra —un enunciado—, esa jerarquía se invierte: ninguna palabra o enunciado podría funcionar como tal si no pudiera repetirse más allá de su contexto de origen. Esa posibilidad de repetición no es un accidente que le ocurra a la palabra o al enunciado desde afuera, sino la condición misma que los hace posibles. Y si la palabra depende estructuralmente de poder repetirse en contextos siempre nuevos, entonces lo que llamamos su «identidad», es decir, su sentido reconocible y estable, no puede ser un punto de partida, sino más bien un efecto: algo que se sostiene, de manera siempre provisional, gracias a esa misma repetición que en principio debería garantizarla.
Para pensar esto con más precisión demos un paso más: la repetición, que intuitivamente asociamos a replicar la identidad, nunca es idéntica; no se trata, entonces, de repetición, sino de iteración. Jacques Derrida hace derivar la palabra «iteración» del latín iter, «de nuevo», pero la vincula además con el sánscrito itara, «otro». La palabra combina así la idea de repetir o volver a decir lo mismo, con la de alteridad: nunca es exactamente lo mismo. Cada vez que una palabra o un enunciado se repite, se inserta en un contexto distinto, incluso desligado de la intención de quien lo produjo originalmente, produce un efecto distinto. Por ejemplo, si escuchamos una canción muchas veces, cada repetición no es idéntica a la anterior, tanto porque cambia nuestra relación con la canción como porque algo se acumula, algo se transforma y ese injerto es lo que la hace, cada vez, un poco distinta de sí misma. No hay repetición idéntica; toda repetición es también una diferenciación. La repetición, entonces, no reproduce la identidad: es productiva, es iteración.
¿A qué se enfrenta esta manera de pensar la repetición? Al supuesto de que existiría un uso original, pleno, controlado por la intención, del cual los usos citados o repetidos serían solo copias derivadas y menos legítimas. Derrida invierte este argumento: si un enunciado funciona, es precisamente porque es citable, iterable, reproducible en contextos distintos del original.
Si la identidad no es posible como punto de partida, porque todo signo, palabra o enunciado está siempre expuesto a la alteridad de su propia repetición, ¿por qué entonces seguimos hablando de identidades, aunque sea como efectos siempre provisionales? Podríamos decir que las identidades son la expresión de una práctica de cuidado desesperado por controlar que la alteridad de la iteración no sea abundante, sino reconocible, por lo menos durante un tiempo: toda institución, todo texto que pretende fijar un sentido, trabaja precisamente para contener esa apertura que su propia repetibilidad no deja de introducir. Pero el tiempo es también variación: ninguna clausura de sentido es definitiva, porque la siguiente repetición —la siguiente lectura, la siguiente cita— siempre puede desplazar aquello que parecía fijado.
