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La arquitectura del vacío

Pocos conocen la trayectoria del arquitecto boliviano Melvin Villarroel Roldán (1931 – 2010). Casi nadie sabe que es el compatriota con más metros cuadrados diseñados y construidos en el exterior por su gran capacidad creativa y empresarial. Tampoco sabemos que, en Marbella España, una avenida lleva su nombre en reconocimiento a sus propuestas urbanas y ambientales que elevaron el nivel de esa ciudad turística del Mediterráneo europeo. Y, en esa avenida, se levanta una escultura en honor a Villarroel. Ergo:  nadie es profeta en su tierra.

Conocí la obra de Melvin Villarroel gracias a otro amigo arquitecto, Luis Perrin Pando. Hace años, Don Luis me contaba la inmensidad y calidad del trabajo de nuestro compatriota, de sus triunfos en un nicho exclusivo del planeta, y de su calidad artística en el dibujo de los proyectos. Villarroel representa un caso único de proyección internacional para un arquitecto nacido en los Andes de Bolivia. Formado en la UMSA como científico, y posteriormente como arquitecto en Chile, el joven profesional desarrolló un enfoque teórico y práctico que anticipó a los principios del urbanismo sostenible y la arquitectura bioclimática, de hoy en día, con un estilo que lo llamó Arquitectura del Vacío que busca la disolución de la frontera entre el espacio construido y el medio natural. A diferencia de las corrientes racionalistas e industriales que dominaban las propuestas a mediados del siglo XX, Villarroel priorizó la integración topográfica, el uso de materiales vernáculos y la incorporación constante de la vegetación como elemento estructurante del diseño.

A principios de la década de 1970, trabajando en Santiago de Chile, Villarroel ganó un concurso internacional. Así, se trasladó a España para asentarse en la Costa del Sol. En ese entorno costero transformó el desarrollo turístico mediante proyectos que rechazaban la masificación vertical en favor de complejos de baja altura, volumetría escalonada y patios interiores inspirados en la tradición andaluza y mediterránea. Villarroel decía: “los árboles siempre deben ser más altos que los edificios”.

Dejó su huella arquitectónica en esa España mediterránea, donde proyectó complejos como Puente Romano, Marina del Este, Marina del Puente, La Alcazaba, Costalita y el Hotel Kempinski Resort en Estepona, El Residencial La Ballena en Cádiz, entre muchos otros. En Qingdao, China, su estudio aplicó sus principios en el Melvin Art Villa. En Turquía proyectó el Hotel Madalaya–Ada. Trabajó en proyectos de planificación urbana y diseño residencial en otros países como Marruecos, Francia, Portugal, Panamá y el Caribe, manteniendo una coherencia formal basada en el respeto al lugar y al medio ambiente. Ese respeto estaba fundamentado en trabajos de reflexión y conocimiento territorial con elaborados mapas (del clima, la vegetación, los accidentes naturales, etc.¬) del sitio donde debía implantar sus emprendimientos turísticos e inmobiliarios.

Fallecido en 2010, Melvin Villarroel mereció honores y homenajes en tierras lejanas y distintas a las montañas andinas que lo vieron nacer. Su legado permanece gracias al trabajo de su familia que continúa el concepto de la Arquitectura del Vacío, trabajando en cuatro continentes y recibiendo variados premios internacionales.

Más allá de las preferencias de estilos arquitectónicos, debemos valorar el triunfo de un colega en el mundo global, un andino universal que proclamaba: “Creo en el hombre con todo su pasado y su historia. No en este hombre último moderno especializado. La Arquitectura Internacional no tiene futuro ya que la arquitectura debe reflejar las nacionalidades, regionalidades, el lenguaje y en general las características que separan un ser humano de otro”.

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