Posted in

La búsqueda del respiro

El capitán, apurado y en problemas, entró al diminuto baño hecho para el uso de los oficiales de aquel submarino alemán, en los últimos años de la segunda guerra mundial. Un oficial, afuera del baño, debía manipular una serie de llaves. Abrirlas, cerrarlas, volverlas a abrir, cerrarlas de nuevo. Todo en un orden rígido de tal manera que cada número de vueltas de las llaves debía ser exacto.

El caso es que no fue el caso. El oficial, ahí afuera del baño, equivocó algunos de los números, no por ineficiente, sino porque unos cuantos segundos de pensar en Úrsula y sus divinos pies apenas rozando por su espalda, le cambió el razonamiento y se equivocó. Úrsula no lo sabría jamás.

Ni siquiera que él hubiera tenido ciertas fantasías con sus pies tan blancos como la palidez del salar de Uyuni, como una página en blanco, como el caballo blanco de Melgarejo, como el oso negro que se constituye en el blanco perfecto en la nieve, como el blanco vestido que la novia ensangrentaría el mismo día de su boda. No lo sabría jamás. El oficial se equivocó y ese hecho causó en pocos minutos un desastre monumental, una cosa sin astro. Eso es un desastre. El agua comenzó a salir por el inodoro, con toda la materia que hubo de haber en las cañerías serpenteantes de ese diseño, en el interior del submarino.

El agua y las inmundicias empezó a llenar rápidamente todas las instalaciones, cosa que obligó al capitán a salir espantado, semi tapado, embadurnado, del baño, para dirigirse a la sala de mando a hacer sonar las alarmas y tomar decisiones urgentes en el menor tiempo posible. Cuando el agua y las cosas que tenía el agua, más allá de la cintura de los tripulantes, decidieron emerger. Salir a la luz, respirar, salvar el pellejo, bajar los botes y esas cosas que hacen los marineros en situaciones de riesgo. Desde lejos, desde el cielo, desde el blanco de las nubes, se vio emerger un submarino y en seguida, sus insignias. Las del ejército alemán. Esa imagen, que habrá sido como ver salir del mar un ser enorme y fantástico, fue la que tuvieron varios pilotos de la real fuerza aérea británica.

Cambiaron el rumbo dando un giro como se ve en el cine bélico que recrea esa guerra. Abejas con un grabe sonido ininterrumpido, enfilando hacia el submarino, cuya tripulación tenía otras prioridades y defenderse no era una de ellas.

Apuntaron las metrallas, dispararon. El submarino se hundió, murieron muchos marineros alemanes, los que lograron lanzarse al agua para nadar, en cualquier dirección para salvarse, fueron tomados prisioneros.

Esta es una historia de búsqueda. Una más, de todas las miles que se narraron y  seguirán narrando, por humanos o por simulaciones humanas. La búsqueda es, de acuerdo a las conclusiones de Borges, una de las cuatro opciones que tiene la narrativa para mostrar lo humano en el mundo. Además del regreso, los asedios y el sacrificio de un dios, es la búsqueda una de las opciones que en la narración adquiere múltiples formas para contar las historias más reales, las verosímiles y las más absurdas. En este caso, se podría sustituir las aguas infectas del submarino, por la inmaterialidad de la subida del dólar, asfixiando a una sociedad desesperada, intentando salir a una superficie en la que haya algo que respirar, algo a lo que asirse, una efímera claridad, un hálito, una porción de tierra en la que caerse muerto sea un asunto parecido a la paz.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *