Nos estamos entregando a la Inteligencia Artificial. ¿Quiénes? La humanidad. Los seres humanos, quienes la han creado ahora -aparentemente- se están rindiendo y prefieren que ella piense, decida, actué en su lugar.
La semana pasada en México la UNAM, la universidad pública de mayor prestigio en América Latina, ha puesto en entredicho el resultado de la prueba de admisión de un grupo de estudiantes, por sospechar que han utilizado IA para conseguir ser aprobados.
En otro ámbito, más pequeño, a simple vista menos importante, una empresa pública de La Paz difunde un mensaje musical con carácter educativo para el mejor uso del agua, en el que las voces del coro pronuncian la c, como lo hacen lo españoles. Aunque este parezca un detalle sin importancia, en el inconsciente de quien recibe el mensaje crea un obstáculo que no permite que quien escucha el mensaje se identifique como el mismo. Indudablemente la canción fue elaborada con IA, desligándose de los cantantes, de la grabación con personas de carne y hueso, eso abarata costos. ¿Es más eficaz? La respuesta es no.
Un problema mayor de esa entrega es la deshumanización a la que voluntariamente o por dejadez, desidia, flojera o abandono nos estamos sometiendo. Para obtener resultados con la IA, los seres humanos somos transformados en números, algoritmos, datos, dejamos de ser personas con sentimientos, errores, valores, ética, deseos, amores y desamores. Para la IA somos un conjunto de datos que se pueden agrupar por patrones de comportamiento, somos clasificables automáticamente predecibles, desechados o aceptados.
La inteligencia artificial debería ser considerada y utilizada como una herramienta para mejorar la vida en su más extenso sentido, no para reemplazar a la humanidad. Peligrosamente, inconscientemente, marchamos en ese rumbo. Aparentemente hay una corriente que tiende a delegar en la IA la responsabilidad de tomar decisiones en el campo de la ciencia, la justicia, la salud, creyendo que esas decisiones son más eficientes. Lo eficaz no siempre es lo mejor o lo más justo.
Por supuesto que la solución no es destruir la IA, primero porque no es posible a esta altura del avance tecnológico y segundo porque no podemos ignorar que es una gran herramienta que ya no s ha transformado. Lo importante es que no nos desplace como seres humanos, es decir que por ella ignoremos sentimientos, valores, alegría, vida… Finalmente que no olvidemos que la Inteligencia Artificial es una hechura del ser humano y que debe estar al servicio de la gente y no a la inversa.
La excesiva consagración a la IA hace pensar en rescatar el derecho que tenemos a ser humanos.
