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La guerra también recluta desigualdades

Palometillas entró en mi vida mucho antes que la guerra entre Rusia y Ucrania. Tenía siete años. Mi madre, nos había llevado a vivir a Buena Vista, empujados por una aguda necesidad económica. En un paseo escolar fuimos al río Palometillas. Mi hermano Pino, que sabía nadar, quiso llevarme sobre su espalda. En una poza comenzamos a hundirnos. Mi desesperación por sobrevivir hacía que lo hundiera a él; y él, intentando mantenerse a flote para salvarme, también me hundía. Algunos reían pensando que era un juego. Un muchacho bajó desde el puente y me sacó de los cabellos. Pino pudo salvarse solito.

Hoy, Palometillas reaparece en mi memoria. Esta vez, porque ahí se habrían reclutado a jóvenes para viajar a Rusia. Amador Méndez, afirma que contactó a familiares y conocidos para un entrenamiento militar, atraídos por el pago que para familias de escasos recursos, significa más que un salario: es sobrevivencia.

El proceso penal determinará si hubo trata de personas. Pero la criminología debe formular otra pregunta: ¿cómo una guerra entre Estados termina convirtiendo a jóvenes pobres, de países que no participan en ella, en materia prima para la violencia?

En 2025 se registraron 65 conflictos armados con participación estatal en 35 países, la cifra más alta desde 1946; el Comité Internacional de la Cruz Roja, con otra metodología, contabiliza más de 130 conflictos armados. En ese escenario, la violencia también se globaliza y encuentra en la inequidad una fuente de reclutamiento.

No sostengo que la pobreza produzca delincuentes ni combatientes. Sería un determinismo criminológico positivista simplista; pero sí, que la inequidad modifica el peso real de las opciones. Diez mil dólares no significan lo mismo para quien posee alternativas laborales que para quien enfrenta desempleo, deuda y una familia que alimentar. Jurídicamente puede existir consentimiento. Pero la supervivencia estrecha brutalmente el espacio dentro del cual una voluntad formalmente libre —¿pero materialmente disminuida?— elige.

Bolivia conoce desde hace décadas esa otra cara de la necesidad: personas que migran buscando trabajo y futuro. Lo novedoso y perturbador es que, en el reacomodo actual del mundo, junto al mercado internacional del trabajo aparece también un mercado internacional de la violencia.

Ahí surge la mercantilización transnacional de la violencia: reclutadores, intermediarios, transporte, contratos, entrenamiento, remuneración y, finalmente, una persona disponible para combatir.

Algo importantísimo. Nadie nace odiando al enemigo que le asignarán. El joven boliviano no necesita tener una historia contra Ucrania; el niño secuestrado por una organización armada no necesita odiar previamente a quien será obligado a matar; el joven captado por un cartel tampoco necesita conocer a su futura víctima. La organización puede fabricar después pertenencia, obediencia, disciplina y enemigo.

Entonces, la pregunta decisiva no es solamente quién recluta soldados, sino cómo se fabrica un combatiente.

Christopher Birkbeck habló de la concurrencia entre victimización y conducta delictiva: la misma persona puede ser víctima y luego victimario. Esa idea ayuda a comprender al niño arrancado de su familia, forzado a matar y convertido después en victimador. También obliga a revisar nuestras cómodas y perversas categorías dicotómicas. En determinados contextos, víctima y victimario son demonios que pueden habitar el mismo cuerpo.

La inequidad fabrica disponibilidad; la organización fabrica al combatiente; el imaginario fabrica al enemigo.

Tal vez por eso la guerra contemporánea ya no reclute solamente patriotismos, ideologías o soldados profesionales. También recluta desigualdades.

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