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Las memorias de HCF Mansilla

La reducida élite boliviana de antes de 1952 era muy diferente de la élite más amplia que creó la Revolución Nacional. Aquella era más homogénea en términos étnico-raciales y estaba mejor educada. Como muestra la pléyade de políticos enjundiosos de todas las tendencias, de intelectuales profundos y de escritores relumbrantes que salieron bachilleres antes de 1952, los alfabetizados de entonces eran pocos, pero en general mejores que los que vendríamos después.

Los más exitosos materialmente hablando formaban una élite elegante y cultivada, cuyos miembros creían que un buen pasar se complementaba e incluso se expresaba a través de la apreciación de obras de arte, la lectura de ensayos y novelas, la pronunciación de esmerados discursos (tanto políticos como cotidianos), la formalidad en la vestimenta, la posibilidad de viajar, generalmente a Europa y Buenos Aires, y la defensa del liberalismo débil típico de las oligarquías latinoamericanas, una ideología inconsecuente que combinaba pongos con democracia.

Su dominio era “natural” y por tanto poco esforzado; se sostenía sobre el trabajo agrícola de los indios, el servicio público o, para los más afortunados, las grandes empresas mineras, y por eso se desplomó con la reforma agraria, el cambio de élite política y la decadencia del estaño. La Revolución acabó definitivamente un mundo que, dentro de las dimensiones del país, era nuestro “Ancien Régime”.

Como en Francia, muchos de los señores bolivianos que sufrieron la pérdida de su modo de vida, sus referencias emotivas y un porvenir más o menos asegurado engrosaron el campo de la reacción. Tuvieron que exiliarse, se enrolaron en Falange Socialista Boliviana y odiaron con toda la fuerza de sus corazones al MNR y sus “cholos armados” que los había desplazado y expropiado. Años después se sumarían al barrientismo y luego al banzerismo, corrientes políticas que reconciliarían a la vieja y la nueva élite depuestas mientras se enfrentaban a los jóvenes que, saliendo en muchos casos de estas mismas capas encumbradas, luchaban por el socialismo.

Como parte de este proceso, hubo una constelación de intelectuales contrarrevolucionarios. Algunos escribieron libros de denuncia de la Revolución. Otros, trabajando en un plano más abstracto y universal, se opusieron a las ideologías nacionalistas y populistas, a los “hábitos autoritarios” que supuestamente poseía la población y a la “demagogia izquierdista”. Y otros, finalmente, pretendieron que era posible ignorar lo que ocurría en el país y se dedicaron exclusivamente a la literatura, el ensayo cultural, la investigación académica y las artes, con una perspectiva evasiva.

El caso de HCF Mansilla, aunque tardío, es similar al de estos últimos, como puede descubrirse leyendo la segunda parte de su autobiografía, “Memorias razonadas de un escritor perplejo” (rincón ediciones), que acaba de salir a la venta. Mansilla, que nació en 1942, pertenece a una generación “bisagra” entre la vieja y la nueva élite, pues experimentó su primera socialización antes del cataclismo social que pondría a Bolivia patas arriba.

Muchos de los miembros de la generación de Mansilla se hicieron izquierdistas en los años 60, impresionados, como miles de latinoamericanos, por la Revolución Cubana, el maoísmo y el Concilio Vaticano II. No el propio Mansilla, sin embargo, que es suigéneris dentro de su grupo etario; digamos que es un “alma vieja”, pues ha pensado más como los brillantes reaccionarios de la edad de su padre, el clásico rector de la UMSA Hugo Mansilla, que como los intelectuales y políticos de su misma edad.

En las “Memorias…” y en toda la obra de Mansilla puede descubrirse una huella psicológica similar a la impresa por el infortunio histórico de la “rosca” sobre la psiquis de la generación anterior a la suya. Nostalgia por el feudalismo boliviano, que es recordado como un sistema bucólico, cercano a la naturaleza y a los valores auténticos de la vida; saudade por las propiedades familiares que les fueron arrebatadas por la reforma agraria; aversión a las diversas formas de progresismo, consideradas siempre autoritarias e incultas (o, en cambio, confusas y pedantescas); rechazo a la política cotidiana y también a la idiosincrasia de los habitantes del país, y, claro está, eurocentrismo (en este caso, germano-centrismo).

Mansilla, sin embargo, además de ser el “último reaccionario” (es decir, respecto del 52, que ya no despierta pasiones políticas, aunque sí es objeto de un cierto revisionismo historiográfico débil), tiene peculiaridades propias. Lo distingue su familiaridad para con los libros, que cita incansablemente y que lo ennoblecen con una heráldica superior a la del apellido (no importa que sus lecturas filosóficas sean en exceso subjetivas); y también su capacidad de autoanálisis, sin duda un valor extraño en una sociedad convencionalista en la que la sinceridad nunca ha tenido valor (aunque los “desnudos” que hace Mansilla siempre sean “artísticos”, es decir, reveladores solo hasta cierto punto, sin llegar jamás a la vulgar autenticidad).

En el tiempo que corre, el Dr. Mansilla fácilmente podría convertirse en una suerte de profeta cultural local como lo fue Guillermo Francovich en los años 70, algo que aquel confiesa como su deseo más profundo, pero esto no va a ocurrir porque es, sobre todo, un excéntrico, ya sea respecto de la época actual, como acabamos de ver, ya sea respecto de las formas normales de socialización en Bolivia.

De ahí su inclinación a causar incomodidad, a provocar, a pelear; su desprecio por la academia boliviana en general; su paranoica comprensión de sí mismo como una suerte de escritor marginal, sin reseñistas ni aprecio de la comunidad lectora, carente de éxito material e intelectual. Visión que él mismo alimenta “olvidándose” o disminuyendo la importancia de los textos que le han sido dedicados o de los premios que recibió, así como de su influencia sobre muchos jóvenes liberal-libertarios paceños y cruceños. Mansilla parece creer que prometía para algo de un nivel mayor, pero “fracasó” a causa de que la mayoría de los intelectuales (y, en general, de los seres humanos) del mundo eran progresistas y entonces encontraron sus libros y sus discursos chocantes, inútiles y muy malos.

Esta pose es narcisista, claro está, y el propio autor lo reconoce. Las “Memorias…” prueban que la libido de Mansilla está siempre puesta en él mismo, incluso cuando parezca todo lo contrario. Cuando dice “pudiendo fácilmente estar equivocado” en realidad quiere dar a entender que es difícil que no esté en lo cierto.

Ahora bien, un componente de esta ‘posición de sujeto’ (usemos este concepto “posmoderno” aunque lo haga rabiar) es su molestia para con la Bolivia actual, ya que nadie puede ser optimista ni estar satisfecho en un país y en un presente que no acepta, en primer lugar, y que entonces difícilmente ama.

Como se sabe, este tipo de inadaptaciones son benéficas en el campo literario. En este caso ha dado lugar a una extensa obra volcada casi por completo a ajustar cuentas de todas las formas posibles con el viejo enemigo de la estirpe mansillana: lo nacional-popular.

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