Anuario iSanidad 2025
Dr. Miguel Á. Álvarez de Mon, investigador del proyecto University of Navarra Alumni Trialist Initiative (Unati)
Vivimos en una época en la que los mensajes más simples —y, a menudo, los más tajantes— son los que más se comparten. En cuestión de horas, una frase rotunda o un vídeo breve pueden dar la vuelta al mundo y convertirse en una verdad asumida. Pero la medicina no funciona así. En ciencia, las respuestas no se miden en likes, sino en datos; y las certezas, cuando existen, suelen ser mucho más complejas que los titulares que las resumen.


Los médicos necesitamos investigar. No sólo para avanzar en conocimiento, sino para ofrecer respuestas sólidas a las grandes preguntas de salud de nuestro tiempo. Qué comemos, cuánto dormimos, cómo usamos la tecnología o qué papel tiene el alcohol en nuestra vida son cuestiones que afectan a millones de personas y no pueden resolverse desde la intuición ni desde la viralidad.
La divulgación, sin duda, ha hecho mucho bien. Ha acercado la medicina y la psiquiatría a la población general, ha roto estigmas y ha ayudado a que muchos pacientes busquen ayuda. Pero divulgar no es lo mismo que demostrar. La divulgación traduce el conocimiento, la investigación lo crea. Y si confundimos ambos planos, corremos el riesgo de construir convicciones sociales sobre cimientos inestables.
Divulgar no es lo mismo que demostrar, la divulgación traduce el conocimiento y la investigación lo crea
Pensemos en el debate sobre el alcohol. Durante años hemos escuchado mensajes categóricos: no existe un nivel seguro de consumo. Son frases que viajan rápido, pero la realidad científica es más matizada. Los tres ensayos clínicos más grandes realizados hasta ahora —en Israel, Italia y Australia— han arrojado resultados diferentes. Uno encontró beneficios cardiovasculares asociados al vino tinto, otro observó mejoras metabólicas y otro mostró ventajas al dejar de beber. Tres ensayos, tres conclusiones.
Esto no significa que el alcohol sea saludable ni que debamos recomendarlo, sino que no tenemos aún una respuesta definitiva. La ciencia sigue debatiendo qué consejo es más razonable para los adultos que ya beben: abstenerse completamente o mantener un patrón mediterráneo de consumo moderado, siempre con las comidas y evitando los excesos.
La respuesta solo llegará con nuevos ensayos clínicos grandes y prolongados, como el proyecto University of Navarra Alumni Trialist Initiative (Unati), que precisamente busca comparar ambas estrategias.
En los últimos años, el debate público ha estado dominado por mensajes que se han hecho virales y que, precisamente por su éxito, se han confundido con verdades absolutas
Algo parecido ocurre con las redes sociales y la salud mental. En los últimos años, el debate público ha estado dominado por mensajes que se han hecho virales y que, precisamente por su éxito, se han confundido con verdades absolutas.
Libros como The Anxious Generation, del psicólogo Jonathan Haidt, o documentales como The Social Dilemma, de Netflix, han ayudado a visibilizar el problema, pero también han contribuido —quizá sin pretenderlo— a una narrativa reduccionista: la idea de que las redes sociales son la causa principal de la crisis de salud mental en los jóvenes.
Sin embargo, una realidad tan compleja es, casi con toda seguridad, multifactorial. El aumento de la ansiedad, la soledad o la insatisfacción vital entre los jóvenes probablemente tiene múltiples raíces: cambios culturales, precariedad laboral, sobreexposición informativa, pérdida de vínculos comunitarios, hábitos de sueño, alimentación y, por supuesto, uso digital.
Pero hasta ahora no se ha realizado ni un solo ensayo clínico en adultos que evalúe los efectos reales de reducir o cambiar el uso de redes sociales. Lo que tenemos son estudios cortos, observacionales y con resultados contradictorios. Y, aun así, los mensajes más simplistas —las redes son el enemigo, apaga el móvil y serás feliz— se propagan con enorme velocidad.
Lo viral tiende a ser reductivo, emocional y fácil de compartir. Lo riguroso, en cambio, es más lento, más matizado y mucho menos atractivo para los algoritmos. En ambos casos —alcohol y redes sociales— nos enfrentamos a la misma paradoja: los temas que más debate generan son también los que más dudas científicas acumulan.
Pero la velocidad de la conversación pública no se detiene a esperar los resultados de la investigación. El algoritmo premia la emoción, no la evidencia, pero lo que se hace viral no siempre es la verdad.
Investigar no es confirmar lo que ya creemos, sino poner a prueba nuestras convicciones
La ciencia, en cambio, se mueve despacio. Un ensayo clínico puede tardar años en completarse. Requiere recursos, rigor, paciencia y, sobre todo, humildad. Porque investigar no es confirmar lo que ya creemos, sino poner a prueba nuestras convicciones. Esa lentitud, tan frustrante a veces, en realidad es su mayor fortaleza: es lo que garantiza que las conclusiones sean fiables y que no dependan de modas ni de titulares.
Por eso, en una época saturada de información necesitamos reivindicar el valor de la duda. La duda bien orientada es el punto de partida de toda ciencia. Reconocer que no sabemos es lo que nos impulsa a buscar respuestas verdaderas.
En medicina, los mensajes tajantes suelen ser sospechosos. La verdad casi nunca es todo o nada; suele estar en los matices, en los contextos, en las preguntas que aún no hemos formulado del todo.
La divulgación puede acompañar a la ciencia, pero no reemplazarla. Su papel es inspirar, traducir y emocionar, pero el rigor sigue siendo el único camino para avanzar. Lo viral genera conversación; lo riguroso genera conocimiento.
Y si queremos que la medicina siga siendo una fuente de progreso y no de confusión, debemos recordar que las certezas más valiosas no nacen en las redes, sino en los laboratorios, en los ensayos clínicos y en la búsqueda paciente de la verdad.


