Mi madre me decía: “hijo, la vejez es larga”. Durante mucho tiempo no comprendí el verdadero significado de aquellas palabras. Hoy, cuando ella ya no está, creo entenderlas mejor.
Mi madre fue una mujer independiente. Vivía de sus alquileres, que le permitían atender sus necesidades y ser generosa con sus nietos, hermanos y otras personas que necesitaban ayuda. Pero llegó un momento en que perdió otra independencia, quizás más importante para ella: la de movilizarse, bañarse y atender sus necesidades más elementales: depender de otras personas para aquello que siempre hizo sola.
Y comenzó a apagarse.
Hace unos días, durante una visita a La Paz, un embotellamiento en El Alto detuvo el vehículo en el que me encontraba. Desde la ventanilla observé a una mujer muy anciana, completamente encorvada, que vivía de la caridad.
Tenía algunas pertenencias, una bolsa de plástico donde recibía monedas y otra pequeña bolsa, cuidadosamente guardada, de la que extraía algunas para seleccionarlas.
Me quedé observándola.
Acercaba las monedas a escasos centímetros de sus ojos, tratando de distinguirlas, y después las distribuía en diferentes lugares. Tal vez no reconocía sus valores, pero sí sus formas. Imaginé que sabía cuántos panes o cuánta sopa podría comprar con unas y otras.
Ese era su mundo. Totalmente su mundo.
Un mundo reducido a unas cuantas pertenencias, unas monedas y la posibilidad de decidir cómo administrarlas para sobrevivir.
Recordé a mi madre. Dos mujeres, dos realidades económicas diferentes y una preocupación común: la pérdida de autonomía que puede acompañar a la vejez.
Mi madre conservó su independencia económica, pero perdió la locomoción. Aquella anciana parecía conservar pequeñas decisiones sobre su supervivencia, pero carecía, aparentemente, de seguridad material.
Y me pregunté: ¿es esto vivir dignamente?
Desde la criminología encontramos una forma de violencia que no necesita golpes, armas ni amenazas. Es la violencia estructural, aquella que se manifiesta cuando las condiciones sociales impiden satisfacer necesidades que podrían ser atendidas.
Pero debemos distinguir: la vejez no es una violencia, ni depender de otras personas significa perder la dignidad. Lo indigno es el abandono, la indiferencia y la privación evitable de las condiciones necesarias para vivir.
Si alguien le arrebata sus monedas, identificaríamos inmediatamente un delito y una víctima. Pero si debe pasar sus últimos años dependiendo de esas mismas monedas para alimentarse, ¿quién se pregunta por las condiciones que la llevaron hasta ahí?
La criminología crítica ha contribuido a identificar estas formas de sufrimiento social. Su limitación aparece cuando la denuncia no viene acompañada de respuestas concretas.
Porque aquella anciana no necesita solamente que denunciemos su situación. Necesita soluciones.
Pensiones suficientes, asistencia social efectiva, servicios de cuidado, protección frente al abandono y mecanismos que permitan identificar a quienes sobreviven en condiciones semejantes. Y, fundamentalmente, políticas que respeten su autonomía y cuyos resultados puedan comprobarse.
No se trata de sustituir la caridad individual por una dependencia burocrática. Se trata de garantizar condiciones para que cada persona conserve, tanto como sea posible, la capacidad de decidir sobre su existencia.
En el Día de la Mujer Boliviana, quiero homenajear a mi madre y a aquella anciana cuyo nombre desconozco.
Pero no encuentro una forma honesta de homenajearlas sin denunciar aquello que convierte la vejez en una experiencia de privaciones.
Una sociedad no demuestra su respeto por las mujeres solamente con discursos, flores y reconocimientos. También debe demostrarlo en la manera en que protege su vida cuando envejecen.
Porque la dignidad no desaparece con la pobreza, la enfermedad ni los años. Lo que puede desaparecer son las condiciones para ejercerla.
Y vuelvo a escuchar a mi madre: «hijo, la vejez es larga».
Mucho más larga cuando cada día depende de unas monedas.
