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que el futuro no se quede bloqueado

Mientras Sudamérica construía corredores bioceánicos, Bolivia construía bloqueos. Hoy tiene una nueva oportunidad para recuperar el tren del progreso.

La geografía nos regaló una ubicación privilegiada en el corazón de Sudamérica. La historia nos dejó ferrocarriles, conexiones internacionales y la posibilidad de convertirnos en un centro logístico continental. Pero llegaron los iluminados del socialismo del siglo XXI y consiguieron algo que parecía imposible: transformar una ventaja geográfica en una desventaja política.

Durante casi veinte años de gobiernos del MAS, mientras Brasil, Perú, Paraguay, Argentina y Chile buscaban cómo conectar sus mercados, mejorar sus rutas comerciales y conquistar nuevos puertos, en Bolivia nos especializamos en una actividad mucho más revolucionaria: bloquear carreteras, paralizar ciudades y espantar inversiones.

Evo Morales y Luis Arce Catacora nos dejaron una curiosa interpretación del desarrollo económico. Producir riqueza era sospechoso, invertir era casi un delito ideológico y generar empleos privados parecía una conspiración del capitalismo internacional. En cambio, cerrar carreteras, impedir el abastecimiento y tomar de rehén a millones de ciudadanos terminó convertido en un instrumento habitual de presión política.

Mientras nuestros vecinos negociaban corredores bioceánicos, nosotros negociábamos dónde colocar el próximo bloqueo… Y así fuimos perdiendo oportunidades, credibilidad y competitividad. Porque ningún exportador serio puede comprometer millones de toneladas de producción con un país donde cualquier dirigente sindical puede decidir, de la noche a la mañana, que una carretera internacional permanecerá cerrada hasta que se cumplan sus exigencias.

En mayo de 2021 ocurrió algo que debería enseñarse en las universidades como ejemplo de cómo destruir una oportunidad económica sin necesidad de una guerra. Después de dieciséis años sin operaciones regulares de carga, el histórico ferrocarril Arica–La Paz intentaba recuperar su actividad. Una conexión inaugurada en 1913, de aproximadamente 440 kilómetros, que vincula el altiplano boliviano con el Pacífico chileno.

Pero aparecieron los dirigentes del transporte pesado, preocupados porque el tren pudiera competir con sus camiones, y organizaron bloqueos para impedir su reactivación. ¿Y qué hizo el Gobierno de Luis Arce?… Lo que mejor sabía hacer: negociar la rendición del desarrollo.

Las pruebas piloto fueron suspendidas, los bloqueos se levantaron y los transportistas celebraron su victoria. ¡Extraordinario triunfo del sindicalismo revolucionario! Consiguieron que el tren no transportara carga, que los camiones no tuvieran competencia y que Bolivia continuara perdiendo oportunidades.

En cualquier país que aspira al progreso, los camiones y los ferrocarriles se complementan. El tren transporta grandes volúmenes a largas distancias y el camión distribuye las mercancías hasta sus destinos finales. Pero en la Bolivia del socialismo sindical había que escoger: o trabajaban los camiones o funcionaban los trenes. Y como el tren no podía bloquear carreteras, perdió la discusión.

Hoy Bolivia tiene una ventaja que muchos países desearían: dos empresas ferroviarias con experiencia, infraestructura, locomotoras, vagones, personal especializado y conocimiento del transporte internacional.

La Ferroviaria Oriental, conectada con Brasil y el potencial productivo de Santa Cruz, y la Ferroviaria Andina, vinculada con el occidente y las salidas hacia Chile, pueden convertirse en protagonistas de una nueva integración continental.

No estamos hablando de inventar una industria ferroviaria desde cero. Estamos hablando de aprovechar lo que ya tenemos, modernizar lo necesario y resolver la interconexión pendiente entre ambas redes.

Imaginemos cargas provenientes de Brasil ingresando por Puerto Quijarro, atravesando Santa Cruz, conectándose con el sistema ferroviario occidental y alcanzando los puertos chilenos de Arica, Iquique, Antofagasta o Mejillones, según la viabilidad de cada conexión.

Granos, minerales, fertilizantes, productos industriales y contenedores podrían encontrar alternativas logísticas competitivas, siempre que los estudios de demanda, infraestructura y costos así lo demuestren.

Bolivia dejaría de ser solamente un país que necesita puertos extranjeros para convertirse también en un país que ofrece servicios logísticos a sus vecinos… Dejaríamos de lamentarnos por nuestra mediterraneidad para comenzar a cobrar por nuestra centralidad geográfica.

Y eso, para quienes todavía creen que la riqueza se produce mediante decretos, discursos y marchas sindicales, debe resultar verdaderamente revolucionario.

La visita del presidente chileno José Antonio Kast a Bolivia representa una oportunidad diplomática que no deberíamos desperdiciar en fotografías, abrazos protocolares y declaraciones que terminan archivadas en algún ministerio.

Es el momento de que el Gobierno de Rodrigo Paz coloque sobre la mesa una propuesta concreta de integración ferroviaria con Chile y, a partir de ella, una verdadera estrategia bioceánica.

La reactivación comercial del ferrocarril Arica–La Paz debería ser una prioridad, junto con la evaluación de las conexiones hacia Antofagasta y Mejillones, el aprovechamiento de la infraestructura existente y la articulación entre las redes Oriental y Andina. No necesitamos otra comisión encargada de estudiar durante veinte años lo que ya estudiaron nuestros abuelos. Necesitamos decisiones, acuerdos internacionales, inversiones público-privadas y seguridad jurídica.

Mientras tanto, Brasil, Paraguay, Argentina y Chile avanzaron en el Corredor Bioceánico de Capricornio, una alternativa vial que conecta el Atlántico con el Pacífico sin atravesar Bolivia. No podemos atribuir exclusivamente a los bloqueos esa decisión, pero sería ingenuo negar que nuestra inestabilidad política y la inseguridad del tránsito perjudicaron nuestra competitividad.

Nuestros vecinos construyeron corredores para que las mercancías circulen. Nosotros perfeccionamos un sistema para impedir que circulen. ¡Qué extraordinario aporte del socialismo del siglo XXI a la integración sudamericana!

Bolivia todavía está a tiempo de recuperar protagonismo. Para ello, el Gobierno debería impulsar una alianza estratégica entre las ferroviarias Oriental y Andina,, el Estado boliviano, los operadores ferroviarios chilenos y los grandes productores y exportadores brasileños.

Una iniciativa que identifique cargas reales, evalúe las alternativas de interconexión, establezca acuerdos portuarios y determine las inversiones necesarias para ofrecer un corredor ferroviario competitivo y confiable.

Pero, sobre todo, necesitamos una garantía fundamental: que ninguna organización sindical pueda volver a convertir el bloqueo de una ruta internacional en un derecho superior al trabajo, la producción y el bienestar de millones de bolivianos. La protesta es legítima. La paralización sistemática de un país como mecanismo de presión no debería serlo.

La visita de Kast puede convertirse en el inicio de una nueva etapa de integración, siempre que nuestros gobernantes comprendan que la confianza internacional no se recupera con discursos, sino con hechos, cumplimiento de compromisos y libertad de tránsito. Bolivia necesita sustituir la cultura del bloqueo por una cultura de producción, comercio e integración.

Porque el progreso no tiene ideología. Tiene inversiones, infraestructura, trabajo y resultados. Y si algunos dirigentes sindicales todavía consideran que un ferrocarril amenaza sus privilegios, sería bueno recordarles que los trenes fueron inventados para transportar riqueza, no para pedir permiso a quienes se acostumbraron a detenerla.

Después de tantos años de socialismo, discursos revolucionarios y carreteras bloqueadas, quizá llegó el momento de hacer algo verdaderamente subversivo en Bolivia: ¡DEJAR QUE EL PAÍS AVANCE!

Que los trenes circulen, que los camiones trabajen, que los empresarios inviertan y que los bolivianos podamos producir riqueza sin pedir permiso al sindicato de turno. Porque “Bolivia al mundo y el mundo a Bolivia” no debería convertirse en otra consigna publicitaria de un gobierno.

Debería convertirse en nuestro nuevo destino nacional. Y ojalá esta vez no aparezca algún dirigente con una piedra, una llanta y un fósforo para explicarnos que el futuro debe esperar.

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