El domingo 22 de marzo pasado, Bolivia eligió gobernadores, alcaldes y concejales en los nueve departamentos del país. Los resultados no fueron uniformes ni mecánicos: revelaron realidades políticas profundamente distintas según la región. En Santa Cruz, la victoria arrolladora de Manuel «Mamén» Saavedra en la alcaldía capitalina —con más del 71% de los votos— y una competida primera vuelta por la gobernación que dejó sin ganador a ninguno de los once candidatos configuraron un escenario inédito. Algo se movió en las entrañas del campo político cruceño, algo que las cifras apenas alcanzan a describir.
Para entender ese movimiento, tres analistas conocedores de la realidad cruceña conversaron con Animal Político, de La Razón. Gustavo Pedraza, abogado, exministro y excandidato a la Vicepresidencia de Bolivia, ofrece una lectura desde la maduración política del oriente boliviano. Daniel Valverde, abogado y exdiputado, aporta una mirada institucional y autonómica. Hernán Cabrera, comunicador, filósofo y exrepresentante del Defensor del Pueblo en Santa Cruz, trae la perspectiva de quien observa la política desde sus aristas más culturales. Sus voces no siempre coinciden, pero en conjunto trazan el mapa de un momento bisagra.
El contraste con La Paz
La primera pregunta que se le formuló a los tres fue la misma. ¿Cómo explicar el contraste entre lo que ocurrió en La Paz —dispersión extrema del voto, estructuras políticas débiles, alta incidencia del voto nulo y blanco— y lo que ocurrió en Santa Cruz, donde la votación se concentró con mayor claridad y la jornada fue percibida como más competitiva y definida?
Para Daniel Valverde, la respuesta está en la arquitectura autonómica que nunca terminó de construirse en la región andina. «La autonomía, no solamente de La Paz sino de varios departamentos, no tiene todavía un perfil geopolítico. Una dimensión que le permita generar avances en cada departamento. Son autonomías muy insípidas, muy dependientes todavía de las coyunturas del modelo central”. La Paz, dice, es un caso especialmente paradójico. «Es probablemente un departamento en el que casi ni siquiera tiene sentido el nivel autonómico departamental, porque estando ellos funcionando como centro administrativo del país. No tienen interés en fortalecer su autonomía”.
Gustavo Pedraza ve el contraste desde otro ángulo: el de la cultura política. «En el oriente hay un empuje, una fortaleza natural en el campo de la economía y el emprendimiento, pero hay menos intensidad en el campo de la política. Hay mucha intensidad en el campo económico y social, y la capacidad de expresión. La capacidad de lucha para defender la democracia en los últimos veinte años ha sido notable. Creo que eso ha dado un resultado: hay una notable maduración política en Santa Cruz”. Esa maduración, traduce Pedraza, se expresa en concentración del voto. «Se nota con mucha claridad cómo se ha concentrado el voto en menos opciones en Santa Cruz, y cómo se ha dado la gran dispersión en el altiplano. La gente quizás tiene menos certeza en las opciones que se han presentado”.
Transformación política
Lo que los resultados del 22 de marzo dibujaron en Santa Cruz no fue solamente una elección. Fue el final de un ciclo y el inicio incierto de otro que aún no tiene nombre. El gobernador Luis Fernando Camacho, que llegó al poder montado en el proceso de 2019 y construyó su identidad política sobre la confrontación con el MAS, quedó tercero en la primera vuelta de la gobernación, con poco menos del 22% de los votos. Ninguno de los analistas consultados lo lee como una sorpresa: lo leen como una consecuencia.
«La gente en Santa Cruz quiere renovación, está muy claro», dice Pedraza. «Quiere darle vuelta a la página del masismo y de lo que fue el antimasismo. Creo que fue un error aferrarse al discurso de 2019; creo que ahí hubo un costo político para la gobernación”.
El diagnóstico de Hernán Cabrera es más severo. «La gestión de Camacho es una gestión muy conflictiva, muy defensiva. Donde prácticamente todo se basó en la confrontación y la violencia contra un enemigo supuesto: el MAS, el gobierno que quería destruir a Santa Cruz. Camacho creyó que devolverle la gobernación a su candidato iba a ser suficiente para ganar, pero no fue así”.
Daniel Valverde suma otra perspectiva. «Ha sido más una competencia electoral que una competencia política, y eso es marcadamente distinto. ¿Por qué? Porque no hay candidaturas con proyectos políticos, sobre todo en cuanto al rol que debe cumplir Santa Cruz en esta época, en su relación de liderazgo, en su condición de epicentro del poder político”. La crítica no es solo a Camacho: es al conjunto de la oferta política cruceña que, según Valverde, compitió por votos sin competir por ideas.
Manuel «Mamén» Saavedra
Si algo contrastó con esa difusión programática fue el resultado en la alcaldía de Santa Cruz de la Sierra. Con el 71,4% de los votos válidos —un porcentaje récord en la historia electoral subnacional reciente del país—, el concejal Carlos Manuel Saavedra, de la agrupación VOS, se convirtió en el alcalde electo de la ciudad más poblada de Bolivia. El segundo lugar, Gary Áñez, apenas rozó el 7,7%.
Gustavo Pedraza sitúa esa victoria en el registro de la claridad. «La gente sabía desde el año pasado que Mamén tenía una notable popularidad en función de votos. Terminó el año con un 70% de apoyo. Esa concentración del voto ya era una expresión de claridad sobre lo que la gente buscaba respecto a un gobierno municipal de la capital”.
Hernán Cabrera la lee como un mandato explícito. «La gente da una señal clara de un cambio profundo y radical que tiene que hacerse. La ciudad ha estado definitivamente mal administrada, con muchos hechos de corrupción. Ese mensaje deben captarlo las nuevas autoridades: que es un cambio profundo, que no se vuelve a las viejas prácticas y que se requiere una gestión realmente eficiente en función del vecino y del ciudadano”.
Pero hay algo más en la victoria de Saavedra que los números solos no dicen. Cabrera lo señala: «Mamén tiene dos o tres concejales de pollera o del pueblo: porque en Santa Cruz ya no se puede obviar a la mujer de pollera, al indígena, al afroboliviano, bajo ninguna circunstancia. Mamén entendió eso perfectamente, y hay otros que se han presentado de traje y corbata sin entender esa pluralidad —étnica, religiosa, social— que tenemos en Santa Cruz. Eso también explica, en parte, la votación masiva que obtuvo”, apunta.
Segunda vuelta
La primera vuelta dejó un panorama inédito para la gobernación: Juan Pablo Velasco, de la agrupación Libre, obtuvo el 28,5% de los votos; Otto Ritter, de Santa Cruz Para Todos, el 26,7%; y Camacho, el 21,9%. Ninguno alcanzó el umbral necesario para ganar en primera vuelta. El 19 de abril, Velasco y Ritter se enfrentarán en un balotaje.
Pedraza advierte contra la tentación de leer la segunda vuelta como continuidad aritmética de la primera. «La segunda vuelta siempre se configura como una nueva elección. Eso es algo muy importante”, asevera. Y añade que «las alianzas no determinan los resultados finales. Una alianza con dos, cuatro o cinco alcaldes no es determinante para los resultados, porque el voto del ciudadano no es endosable. Una alianza influye, sí, pero no determina”.
Valverde comparte el diagnóstico: «Vamos a tener dos candidatos que van a tener que convencer a los indecisos. Entre indecisos y votos blancos estamos cerca del 20%, y creo que pueden movilizar esa votación con algunos mensajes clave, lo que podría desequilibrar la elección”.
El trasfondo de las alianzas es, sin embargo, más complejo de lo que parece. Detrás de Velasco está Jorge «Tuto» Quiroga, principal figura opositora al gobierno nacional de Rodrigo Paz, lo que convierte a su candidatura en un nodo de la disputa política nacional. Ritter, en cambio, se mueve con mayor independencia, buscando integrar votaciones diversas. Cabrera sintetiza la tensión. «Las acusaciones de que Tuto Quiroga quiere dominar Santa Cruz y manejarlo a su criterio, como si fueran dueños directamente de ese departamento», pesan sobre Velasco. En el otro extremo, Ritter enfrenta el lastre de ser identificado con figuras del pasado. «Cuando tiene que cargar con el sello de Angélica Sosa detrás de él, creo que también va a pesar en esta elección”, sostiene el comunicador y filósofo.
Ritter versus Velasco
Los tres analistas ofrecen lecturas precisas —y a veces divergentes— sobre las fortalezas y debilidades de cada candidato de cara al balotaje.
Sobre Ritter, Valverde destaca su amplitud de convocatoria. «En el caso de Otto Richter, veo que es mucho más amplio. No solamente ha logrado conectarse con los jóvenes, sino con distintas generaciones y distintos sectores. Tiene una disposición política de apertura, y creo que eso hace que sus estructuras vayan fortaleciéndose y ganando más presencia en las provincias, donde le ha ido muy bien”. Pero le señala un talón de Aquiles. «Al no estar vinculado con estructuras de poder económico, puede tener una desventaja sobre todo en lo que significa garantizar el cierre de campaña y la movilización el día de la votación, donde hay que tener presencia en todos los recintos, movilizar aparatos y logística”.
Pedraza añade que Ritter hizo una campaña notable en la primera vuelta. «Tuvo una acumulación muy rápida del 6% hasta el 24%», pero ve señales de estancamiento. «No lo veo a Otto con esa misma capacidad de conexión, no veo una línea directiva clara como la que tuvo en la primera vuelta. Se ha dedicado a hacer alianzas, a conseguir aliados con liderazgos departamentales”. Cabrera es más tajante: «Ritter apela al cruceñismo con su forma de hablar, con su chistería, con su ‘sueño americano’. Pero creo que ya no cala tanto, precisamente porque se presenta como un político que ha estado en todo”.
Sobre Velasco, las lecturas son igualmente matizadas. Pedraza observa que «está conectando mejor con ese discurso de futuro”. Valverde, en cambio, es más crítico. «Es un proyecto más electoral que político, más vinculado con los cálculos de esta gestión y lo que puede hacer Tuto Quiroga a partir del año 2030. Creo que mucha gente lo está viendo así. Y también se percibe en él cierto nivel de superficialidad: quien tenga cierta agudeza ve que los que se lanzan son racionalmente eslóganes. Insiste de manera muy mecánica y repetitiva en el tema de la juventud y el emprendimiento, como si eso fuera el todo”.
El voto popular e indígena
Hay una pregunta que los datos electorales no responden solos: ¿dónde fue a parar el voto de los sectores populares e indígenas que durante dos décadas acompañaron al MAS en Santa Cruz? El partido no presentó candidatos propios, pero su base social no desapareció.
Hernán Cabrera aborda esta cuestión con profundidad. «Si bien el MAS no está como estructura, como campaña ni como actor político visible, hay una irradiación hacia la gente, que lo asume como una pertenencia política. ‘Este partido me dio un proceso de reivindicaciones y de derechos’, dicen y lo asumen también como gratitud”. Esa pertenencia, dice, no se evapora con la derrota electoral de una sigla. «Es como un volcán que está permanentemente activo, trabajado durante años. Todos esos sectores populares siguen presentes”.
La ausencia de un candidato fuerte que canalizara ese voto en la gobernación es, para Cabrera, uno de los datos más significativos del proceso. «Si hubiera tenido a alguien con un buen perfil político, quizás otro hubiera sido el cantar”. Y la consecuencia es directa para la segunda vuelta. «Vaya uno a saber qué están negociando por debajo tanto Velasco como Ritter con esas bases sociales que durante todos estos veinte años han tenido cierto rol”.
Mirando al futuro
Los tres analistas coinciden en algo fundamental: Santa Cruz está en un momento de transición, pero el destino de esa transición no está escrito. El optimismo y el escepticismo conviven en sus respuestas con la tensión propia de quien observa un proceso abierto.
Pedraza es más claro hacia la alcaldía que hacia la gobernación. «Soy muy optimista respecto al gobierno de la ciudad. Creo que hay una gran expectativa, un gran liderazgo, un gran espacio de esperanza y un gran espacio de libertad”. Pero sobre la gobernación es más cauteloso. «Lo veo menos claro en el departamento. Todavía no atino a ver una propuesta, una visión estratégica integral. Es un período de transición donde tendrá que instalarse un proyecto”.
Valverde es bastante crítico en su diagnóstico de punto de partida. «Estamos en punto cero. Hemos retrocedido. Probablemente el mayor fracaso de la gestión de Luis Fernando Camacho es que la oportunidad que tenía Santa Cruz de consolidar una proyección, un nuevo relato, una integración y hasta una reconciliación entre todos los bolivianos, se la perdió”. Pero no cierra sin esperanza. «Creo que va a haber un campo abierto para ello, toda vez que la polarización va cediendo al no estar el gobierno del MAS. Santa Cruz no tendría por qué estar condicionado a apañar irregularidades o falta de decisiones en un tiempo en que hay que tomarlas”.
Cabrera pone el dedo en el nervio más profundo. «El discurso del cruceñismo tiene que cambiar y hablar de manera más universal, más nacional, con más elementos del pueblo. Esa figura de que solo ciertos sectores son los dueños del cruceñismo ya no tiene sentido. ¿De qué te vas a defender? ¿Qué sentido tiene decir ‘vamos a defender a Santa Cruz’ si ya no hay esa amenaza?» La pregunta no tiene respuesta todavía. Pero está formulada. Y esa pregunta prístina es, al menos, el primer paso.


