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Santa Cruz, el Estado y un libro inesperado

Cuando un libro no solo se presenta, sino que también provoca la cancelación de un espacio en la ciudad que analiza, algo está removiendo el piso del poder. Eso ocurrió esta semana con Santa Cruz $.A.: Agronegocio y mito empresarial, un ensayo colectivo firmado por Stasiek Czaplicki Cabezas, José Octavio Orsag Molina, Suzanne Kruyt, Blanca Rivero Lobo y Huáscar Salazar Lohman. La obra, lanzada en medio de la Feria Internacional del Libro de La Paz y luego en Santa Cruz —no sin obstáculos—, ha encendido una polémica que trasciende lo literario para instalarse en el corazón del debate político y económico boliviano.

Hablamos con Stasiek Czaplicki, uno de sus autores, para entender el núcleo de una propuesta que, según sus propias palabras, busca desmontar «el mito empresarial» del progreso cruceño. Y lo hace con una tesis que, bien entendida, debería resultar esperanzadora: el Estado boliviano, lejos de abandonar a Santa Cruz, ha sido su principal socio y benefactor. Otra cosa es que las élites hayan privatizado ese apoyo y socializado los costos.

La presente nota busca ser una introducción a la lectura del libro a partir de lo que dice del mismo uno de sus escritores. Pero más allá de eso, es una invitación a descubrir las visiones y formas de pensar que habitan en cada texto. La idea es que el juicio no empiece y termine solo a partir de la portada y el título. A continuación, las claves de su argumentación.

El mito del abandono

En líneas generales, Czaplicki resume el libro como un trabajo que transita por varias líneas: historia, economía, política, ecología y antropología. Pero hay una idea que atraviesa todo el ensayo como un hilo rojo. «Una de las tesis principales es que Santa Cruz o las élites cruceñas en realidad nunca fueron abandonadas. Porque el Estado boliviano siempre ha estado apoyando a las élites de turno en torno a ciertos ejes extractivos: plata, estaño, goma y ahora agronegocio».

El investigador enfatiza que este apoyo no ha sido patrimonio de un solo gobierno. «A lo largo del libro —señala— hemos podido ver que gobiernos de toda índole, sean dictatoriales, sean liberales, sean últimamente del MAS, el sector del agronegocio se ha beneficiado en gran, gran medida». Lo que ocurre, explica, es que las élites han sabido privatizar las ganancias cuando hay auges económicos —ya sea mediante favores políticos, subsidios o dotaciones de tierra—, pero no asumen los costos cuando llegan las crisis.

Uno de los datos más reveladores que aporta el libro es la magnitud de la concentración de tierras. «En el libro tenemos una lista de 39 familias que hemos seleccionado, personas y familias que han recibido 600.000 hectáreas de dotación. Esto es como 16 veces la superficie de Santa Cruz de la Sierra», afirma Czaplicki. Y remata: «Si ya eras rico y te dan tanta tierra, eminentemente te va a ir bien. Generaciones después tienes a los descendientes diciendo ‘nos sentimos solos’, ¿por qué? Porque perdieron la memoria de cómo ocurrió esto».

La factura ecológica

El libro no se queda en el pasado. Czaplicki advierte que el modelo agroindustrial tiene consecuencias que no se quieren discutir. «Hoy, frente a los problemas socioecológicos que son directa consecuencia del avance del agronegocio sobre nuestros ecosistemas —ya sean con agrotóxicos, deforestación o despojo a comunidades—, el sector no se hace cargo de esos costos».

Y subraya que el momento actual es particularmente crítico. «Estamos en un momento de crisis económica grave y la apuesta por el agronegocio, como se la tuvo también en los años 80 y 90, se basa en el supuesto de que va a generar mucha riqueza para el país y nos va a sacar de la crisis. Y que esa riqueza, de paso, le va a llegar a todos». Sin embargo, los datos oficiales contradicen ese optimismo. «En los últimos 26 años, tan solo un año, 2022, de acuerdo a las estadísticas oficiales, Santa Cruz importó más de lo que exportó. Quiere decir que tiene un déficit comercial que se traduce en falta de divisas. Se ha podido sustentar el crecimiento de este motor económico gracias a extractivismos mineros, gasíferos y otros que también hay que cuestionar».

El uso de la identidad

Consultado sobre las históricas tensiones entre Santa Cruz y el centro del país, Czaplicki reconoce que gran parte de ese análisis está explícito en el libro. Sostiene que la identidad regional ha sido instrumentalizada como un mecanismo de disciplinamiento. «No criticamos de ninguna forma la cruceñidad ni el hecho de ser regionalista. Criticamos que se use esto de forma utilitaria para evitar y desviar cualquier cuestionamiento y crear, en ciertas formas, chivos expiatorios».

Sobre la relación entre las élites económicas y políticas, el investigador señala una aparente paradoja. «A veces las tensiones son aparentes: dicen ‘somos enemigos’, pero resulta que este personaje viene de tal familia que es también socia de este banco, también es socio de quien se está enfrentando. A la hora de pensar en la política bancaria, lo van a pensar juntos y a favor de ambos». Esa red de intereses, dice, explica por qué el Estado ha sabido mediar siempre esas necesidades, incluso cuando desde el discurso se habla de abandono.

Silencios y críticas

La reacción en Santa Cruz no se hizo esperar, y en los últimos días el debate se ha vuelto tan agudo como polarizado. Czaplicki confiesa que esperaban una respuesta adversa, pero no con esa intensidad. «Parte del proceso metodológico también ha sido tener entrevistas con muchas de estas élites y talleres con voces disidentes en Santa Cruz. Y eso nos ha ayudado a entender por qué esto es tan efectivo. Nos han comentado que si eres muy crítico puedes perder tu empleo, por más que hagas un tremendo buen trabajo».

El autor menciona el caso de la escritora Liliana Colanzi, quien años atrás fue objeto de una reacción «aberrante» por una columna crítica. «Hoy no hemos llegado a esos extremos», aclara, pero la dinámica de las redes sociales y el contexto polarizado han amplificado la controversia.

Sin embargo, Czaplicki rescata la experiencia. «En los dos eventos que hemos tenido, incluso uno donde tratamos de darle más de la mitad del tiempo a que la gente opinara, recibimos críticas constructivas, críticas incluso con datos. Me ha parecido genial, y a eso va toda tesis: el trabajo académico avanza, es superado, es mejorado».

En contraste, la respuesta desde el corazón institucional de la cruceñidad le parece insuficiente. «Las respuestas que hemos recibido —dice— no están a la altura de Santa Cruz, y eso me da pena».

El investigador lanza un desafío final. «Yo creo que hay gente extremadamente capaz, extremadamente potente y seria en sus análisis, que podría rebatirnos muchos argumentos y debería hacerlo. Lo único que llamo es a que los cuestionamientos sean en el marco del respeto. Y eso pasa por temas como que haya una carrera de antropología en Santa Cruz, una carrera de historia en Santa Cruz, una carrera de literatura en Santa Cruz. Santa Cruz tiene historiadores, tiene literatos, podría formar sus propios cuadros. ¿Qué pasa? ¿Por qué no se hace?».

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