Inteligencia artificial y comunicación en salud: rigor o ruido

Anuario iSanidad 2025
Teresa del Pozo, directora del Área de Salud de Torres y Carrera
La inteligencia artificial (IA) ha entrado en la sanidad por la puerta grande: apoya diagnósticos, optimiza circuitos asistenciales y acelera la investigación. Pero su impacto más silencioso, y quizá más determinante, se juega en otro terreno: la forma en la que informamos y nos informamos sobre salud.

Nunca habíamos tenido tanta capacidad para producir contenidos sanitarios ni tanta dificultad para distinguir qué merece confianza. Como entidad referente en salud pública, la Organización Mundial de la Salud (OMS) ya se encargó de poner nombre a esta sobreabundancia al definirla como infodemia.

Este exceso de información, verdadera y falsa, dificulta encontrar fuentes fiables cuando más se necesitan. En salud, esa confusión no es un problema teórico: condiciona decisiones clínicas, adherencia a los tratamientos y la relación de los pacientes con el sistema.

Nunca habíamos tenido tanta capacidad para producir contenidos sanitarios ni tanta dificultad para distinguir qué merece confianza

La IA es un multiplicador formidable. Permite adaptar los mensajes al nivel de alfabetización en salud de cada persona, generar materiales en múltiples formatos y lenguas, hacer accesible la información a quienes tienen discapacidad visual o dificultades de comprensión lectora, o monitorizar conversaciones para detectar preocupaciones emergentes.

Bien utilizada, la IA puede acercar la ciencia a la ciudadanía, ayudar a los profesionales a explicar mejor y construir puentes entre expertos y pacientes. Sin embargo, las mismas tecnologías que facilitan esa personalización también permiten industrializar el ruido.

Los sistemas generativos pueden producir titulares diseñados solo para captar clics, miles de contenidos casi indistinguibles entre sí y mensajes que suenan plausibles, pero no se apoyan en ninguna evidencia.

Cuando el objetivo es el volumen y no la verdad, la inteligencia artificial se convierte en la mejor aliada del sensacionalismo. Por eso, en comunicación en salud, la pregunta ya no es si vamos a utilizar IA, sino con qué principios lo haremos.

El primero es irrenunciable: el rigor. Ninguna herramienta, por sofisticada que sea, puede sustituir la verificación con fuentes contrastadas y de confianza. La obligación de contrastar datos con literatura científica, guías clínicas, sociedades científicas o autoridades sanitarias no desaparece porque un algoritmo nos devuelva un texto fluido en segundos.

La obligación de contrastar datos con literatura científica, guías clínicas, sociedades científicas o autoridades sanitarias no desaparece porque un algoritmo nos devuelva un texto fluido en segundos

El segundo principio es la transparencia. Si un contenido ha sido generado o apoyado por IA, el lector tiene derecho a saberlo. Igual que citamos las fuentes, debemos explicar de forma comprensible cómo se han obtenido los mensajes, qué limitaciones tienen y qué papel ha jugado el criterio humano. La opacidad es terreno abonado para la desinformación y erosiona la confianza en toda la cadena de valor.

El tercero es la responsabilidad compartida. Las agencias, los medios especializados, las compañías sanitarias y las instituciones públicas tenemos un interés común en que el ecosistema informativo sobre salud sea fiable. Eso significa invertir en formación de los equipos, establecer protocolos claros de uso de IA, incorporar perfiles que combinen comunicación, ciencia y tecnología, y someter nuestros contenidos a auditorías periódicas de calidad y sesgos.

A la vez, la IA abre oportunidades que no deberíamos desaprovechar. Podemos utilizarla para analizar qué dudas se repiten en determinados colectivos de pacientes y anticiparnos con campañas educativas; para simplificar textos complejos sin perder precisión; para generar simulaciones que ayuden a los gestores a entender el impacto comunicativo de determinadas decisiones; o para medir, con más finura, qué contenidos generan confianza y cuáles generan alarma.

El reto de los próximos años no será elegir entre inteligencia humana o artificial, sino combinarlas para que la primera marque el rumbo y la segunda aporte velocidad y escala

La IA no nos exonera de nuestra responsabilidad profesional, la amplifica. Cada vez que una información poco rigurosa se viraliza, alguien toma una decisión peor sobre su salud. Cada vez que un contenido bien elaborado, basado en la mejor evidencia disponible y explicado con claridad llega a tiempo, estamos haciendo prevención. El reto de los próximos años no será elegir entre inteligencia humana o artificial, sino combinarlas para que la primera marque el rumbo y la segunda aporte velocidad y escala.

Como sector, no podemos competir en ruido con quienes solo buscan clics. Sí podemos competir en credibilidad, consistencia y cercanía. En salud, la verdadera innovación en comunicación será utilizar la IA para reforzar —y no para sustituir— aquello que nos hace insustituibles: el rigor, la ética y la responsabilidad con las personas a las que nos dirigimos.

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