Paul Michel Foucault nació un 15 de octubre de 1926; el pasado jueves se cumplieron cien años de su nacimiento. Aunque su reflexión ha girado respecto a muchas materias, su reflexión sobre el poder atraviesa una buena parte de la obra del filósofo francés. En su curso de 1976, titulado Defender la sociedad, da una serie de intuiciones sobre el ejercicio del poder, pues para Foucault el poder se ejerce y existe en acto.
La política como guerra
Frente a la simple pregunta “¿qué es el poder?”, Foucault propone pensar el poder como una relación de fuerza, como ejercicio, es decir, el poder es un fenómeno relacional que se ejerce. Entonces Foucault se pregunta: ¿qué es ese ejercicio? ¿En qué consiste? Y nos ofrece una respuesta tentativa: el poder es esencialmente lo que reprime, y es entonces cuando plantea, para explicarlo, la llamada inversión del aforismo de Clausewitz. Foucault alude de esta manera a Carl von Clausewitz y su texto De la guerra, según el cual la guerra no es más que la continuación de la política por otros medios, y la inversión de este aforismo sería que la política es la continuación de la guerra por otros medios.
Esto supone, para Foucault, una grilla de análisis por la que es posible entender que las relaciones de poder, tal como funcionan en las sociedades modernas, tienen como punto de anclaje cierta tensión de fuerza establecida en la guerra, es decir, en una guerra históricamente identificable. De esta manera, la guerra no termina con la rendición de una de las partes en la batalla, sino que continúa a través del poder político, el mismo que se encarga de reinscribir la relación de fuerza a través de las instituciones, las desigualdades económicas, el lenguaje y hasta en los cuerpos de unos y otros.
Saber es poder
De esta manera, una de las funciones centrales del poder político es esta inscripción de las relaciones de fuerza en la producción del saber, el llamado discurso verdadero. Quien triunfa en la guerra no busca eliminar al adversario, busca subordinarlo, es decir, busca gobernarlo, explotarlo y, en consecuencia, busca un súbdito, un sujeto dispuesto a obedecer —Foucault juega con la idea de súbdito y de sujeto de derecho— y subordinarse. No es casual que del resultado de una guerra los perdedores y sus herederos sufran no solo una versión reducida de derechos, sino que constituyan la población pobre o golpeada por las medidas políticas de los gobernantes. Entonces, Foucault lanza de nuevo otra provocadora sentencia: saber es poder.
Un alma ingenua podría decir: claro, el saber y el conocimiento ofrecen al individuo mayores opciones y oportunidades para ejercer el poder. Sin embargo, cuando Foucault sentencia que saber es poder, nos está diciendo otra cosa: que no hay ejercicio de poder sin cierta economía de los discursos de verdad que operan y funcionan a través de ese poder. La represión más efectiva es aquella que busca su legitimidad en el saber. Pensemos: no se puede dominar solo con la fuerza física; en algún momento debe lograrse la adhesión del dominado al dominio del vencedor, y esto será posible solo construyendo un saber sobre el dominio legítimo.
El discurso verdadero
El poder, para funcionar, debe abandonar, en lo posible, la represión física, aunque en su ejercicio final —llamado por el filósofo francés microfísica del poder— pueda retornar en técnicas de represión discretas; es decir, la violencia retorna cuando el discurso de saber revela su finalidad violenta, dicho de otro modo, cuando el discurso jurídico se convierte en justificación para la represión.
¿Cómo puede el poder funcionar sin represión? Para responder a esta pregunta, Foucault señala que, para hacer más efectiva y legítima la represión física, se debe establecer una producción, acumulación y circulación del discurso verdadero, pues es este el que impulsa los efectos de poder. El poder político institucionaliza esta producción y conservación del discurso verdadero y lo hace a través de formas institucionales en las que lo profesionaliza e incluso lo recompensa.
La soberanía como discurso
Por ejemplo, para hacer pasar la dominación como un discurso legítimo, se esbozó el discurso de la soberanía: así, el soberano no reprime, simplemente ejerce sus derechos de soberanía. Esta construcción del saber de la soberanía transitó de la Edad Media a la Edad Moderna: de la producción de un discurso sobre los derechos del soberano, por ejemplo, en los Seis Libros sobre la República de Jean Bodin, hasta los manuales de Derecho Constitucional que justifican al Estado como aquella institución que tiene el monopolio de la violencia legítima.
Otro ejemplo: para descalificar la propuesta de Foucault, ¿no es necesario oponer otros discursos de verdad que logren este cometido? Incluso quien se anime a una descalificación de Foucault debe concentrarse en la producción de un discurso verdadero, afirmando, sin querer, la sentencia de Foucault.
La sociedad disciplinaria
En textos anteriores al curso de 1976, en particular en el curso de 1973 titulado La verdad y las formas jurídicas y en el libro Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión, Foucault dará cuenta de esta institucionalización de la producción del discurso verdadero en lo que él denominó la sociedad disciplinaria o panóptica.
Foucault encuentra en el modelo del panóptico de Jeremías Bentham el isomorfismo de varias instituciones, como las escuelas, los psiquiátricos, las cárceles, en las que la vigilancia y el castigo tienen como finalidad la inscripción en el cuerpo de los llamados discursos verdaderos.
El panóptico de Bentham refiere a un sitio en forma de anillo en el que se emplaza una especie de patio en cuyo centro había una torre. El anillo se encontraba dividido en pequeñas celdas que daban al interior y al exterior. En cada pequeña celda había, según los objetivos de la institución, un obrero trabajando, un niño estudiando, un prisionero recibiendo su castigo, un enfermo mental lidiando con su locura. En la torre central había un vigilante cuya mirada atravesaba las celdas, las mismas que, como señalamos, permitían la transparencia de la vigilancia. Todo lo que los individuos realizaban estaba expuesto a la mirada del vigilante, quien observa sin ser observado.
Sin embargo, el vigilante no solo está habilitado para vigilar, sino para tomar medidas de corrección y de castigo, es decir, se le permite vigilar, inscribir saber y conocimiento y castigar. El recurso del panóptico de Bentham es la utopía de una sociedad de vigilancia y a la vez de una sociedad disciplinaria.
Cuerpos dóciles
Un cuerpo educado, normalizado o disciplinado es un cuerpo gobernable. Foucault denominará a estos isomorfismos del panóptico como instituciones de secuestro, es decir, instituciones que toman el cuerpo de un ser humano, lo encierran o secuestran, e inscriben un determinado saber que puede ser un modo de comportarse y un tipo de subjetividad con un determinado saber. Pensemos en la escuela, una institución de secuestro típica: toma a un niño, lo encierra por seis horas de lunes a viernes por doce años y, al finalizar este periodo, le otorga un certificado de Bachiller en humanidades, es decir, una certificación del proceso de disciplinamiento al que fue sometido; es decir, podemos decir, en la terminología de Foucault, que estamos delante de un cuerpo dócil.
El individuo, para Foucault, no debe ser tomado como el sujeto de este secuestro, sino como su resultado, es decir, el individuo y la individualidad que de él se espera es lo que se produce, luego del paso de los seres humanos por estas instituciones de secuestro, como la escuela, el hospital o la cárcel.
Uno de los primeros efectos del poder es ese individuo disciplinado y dócil, capaz de ser parte activa —en otros momentos— de las instituciones de secuestro, ya no como alumno o paciente o preso, sino como profesor, médico o carcelero, es decir, como relevo de la maquinaria disciplinaria. La sociedad disciplinaria sería, en consecuencia, una sociedad gobernable.
Recordamos a Michel Foucault y su necesario análisis del poder a cien años de su nacimiento.
