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Sociología del tedio – La Razón

Hace unos años, un grupo de psicólogos de la Universidad de Virginia dejó a varias personas quince minutos en una habitación vacía, sin celular ni libros, con la sola compañía de sus pensamientos. En el cuarto había un aparato que daba descargas eléctricas, el mismo que todos habían dicho que pagarían por no volver a sentir. Dos tercios de los hombres y una cuarta parte de las mujeres se las aplicaron al menos una vez, con tal de no quedarse aburridos. La filosofía lo sospechaba desde mucho antes.

Los monjes del desierto egipcio, en el siglo IV, ya hablaban de la acedia, que Evagrio Póntico llamó el demonio del mediodía, esa hora en que el día no avanza y la celda se vuelve insoportable. Pascal creía que casi todas las desgracias de los hombres venían de no saber quedarse quietos en una habitación. Schopenhauer vio la vida como un péndulo que va del dolor al tedio y vuelve. Kierkegaard lo tuvo por raíz de todos los males, y Heidegger le dedicó un curso universitario completo en el que distinguió varias formas de aburrimiento, la más honda cuando todo nos resulta indiferente y ya no sabemos para qué estamos aquí.

Desde la sociología, Simmel observó hace más de un siglo que quien vive en la gran ciudad, bombardeado de estímulos, termina volviéndose “blasé”, incapaz de reaccionar porque todo le llega a la vez. Eso contradice lo que solemos pensar, ya que nos aburrimos por exceso y no por falta de cosas que hacer. Byung-Chul Han sostiene algo parecido para nuestro tiempo y dice que la sociedad del rendimiento no deja lugar al aburrimiento profundo, el que antecede a la contemplación y al pensamiento.

Ahora bien, si el tedio nos acompaña desde que somos humanos, algo debe estar haciendo por nosotros. Avisa, para empezar, de la misma manera en que el dolor avisa de una herida. Mihály Csíkszentmihályi, el psicólogo del estado de flujo, mostró que el aburrimiento aparece cuando lo que se nos pide queda muy por debajo de lo que sabemos hacer. Es la señal de que tenemos capacidades sin usar. Cuando un trabajo o una relación nos aburre, lo más probable es que haya dejado de significar algo para nosotros, y conviene enterarse. Quien jamás se aburre quizá nunca se haya preguntado si le gusta lo que hace.

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También fabrica ideas. Walter Benjamin decía que el aburrimiento es el pájaro de ensueño que incuba el huevo de la experiencia. La psicóloga Sandi Mann pidió a un grupo que copiara números de una guía telefónica durante un rato, y después esas personas resolvieron con más imaginación una prueba de creatividad que quienes no habían pasado por esa tarea tediosa. Las mejores ocurrencias llegan en la ducha, en un viaje largo o en una caminata sin rumbo, cuando la mente se queda sin tarea y empieza a unir cosas que andaban sueltas. Cualquier padre ha visto que el niño que se queja de aburrimiento termina inventando un juego. Bertrand Russell pensaba que una generación incapaz de soportar el aburrimiento sería una generación de hombres pequeños, ajenos a los procesos lentos de los que depende cualquier obra duradera.

Y junta a la gente. Aburrido, uno llama al amigo, propone una reunión, inventa un juego. Norbert Elias y Eric Dunning sostuvieron que las sociedades modernas, tan ordenadas y previsibles, crearon espacios como el deporte para vivir emociones controladas que la rutina diaria ya no ofrece. Buena parte de lo que llamamos cultura, del fútbol al chisme y de la fiesta patronal al juego de cartas del domingo, nació probablemente para llenar entre varios un tiempo que a solas pesaba demasiado.

Lo que ha cambiado es que ya casi no dejamos que el tedio llegue. En la fila del banco, en el minibús o en la sala de espera del médico sacamos el celular antes de que el aburrimiento alcance a formarse. Herbert Simon advirtió en 1971 que la abundancia de información produce pobreza de atención, y medio siglo después lo vivimos a diario. Ganamos distracción a toda hora y a cambio perdimos el aviso, las ideas y las ganas de buscar al otro que el tedio traía consigo. Nos estamos quedando sin una incomodidad que nos hacía bien.

Creo que habría que rehabilitarlo. Aprender otra vez a esperar sin hacer nada, a mirar por la ventana del bus sin revisar mensajes, a dejar que pase el rato. No sé si eso nos haga más felices, pero sospecho que nos devolvería algo de la capacidad de descubrir qué realmente queremos y cómo lograrlo sin morir, poco a poco, en el intento.

*Es sociólogo

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