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Credibilidad y éxito de la política económica

Dos gobiernos pueden anunciar la misma medida técnica —una regla fiscal, un ajuste cambiario, una reforma legal— y obtener resultados opuestos. La diferencia rara vez está en el diseño de la política. Está en si el público le cree a quien la anuncia.

Desde los años setenta la economía lo explica: Kydland y Prescott, y después Barro y Gordon y Rogoff, mostraron que una política óptima en el papel fracasa si los agentes anticipan que la autoridad se desviará de ella cuando convenga. Ese cálculo cambia el equilibrio antes de aplicar la medida. Por eso la independencia efectiva de un banco central, la comunicación consistente y el anclaje de expectativas no son detalles institucionales: la evidencia los asocia con menor inflación, menor volatilidad y menor costo de financiamiento.

Todo gobierno arranca su gestión con una cuota relativamente alta de credibilidad, más aún si sucede a una administración que dejó descontento generalizado: hay una expectativa de cambio que el público está dispuesto a creer antes de ver resultados. Bolivia lo ilustra con el cambio de gobierno de noviembre de 2025, el riesgo país cayó con fuerza —de más de 1.000 a menos de 700 puntos en pocas semanas—. El mercado premió, de forma cuantificable, la expectativa de que algo distinto se sostendría.

Esa credibilidad inicial es un capital que se administra y puede deteriorarse por canales bien documentados, más allá de quién gobierne. Uno es la comunicación: cuando distintas voces oficiales hablan de una misma variable —el tipo de cambio, por ejemplo— con énfasis no coordinados, el público deja de saber quién decide y con qué regla. Otro es la brecha entre el anuncio y la implementación: reformas anunciadas y socializadas que tardan en concretarse dejan la sensación de que el rumbo declarado no siempre se cumple. Un tercero es la continuidad institucional: cuando persiste la duda de si la conducción técnica de instituciones clave —un banco central— puede cambiar con cada ajuste político, la confianza se erosiona sin que haya ningún error puntual.

Nada de esto exige mala fe: exige reconocer un costo económico concreto. Cuando el mercado no tiene una versión estable de hacia dónde va la política, no descuenta el ajuste una sola vez, lo recalcula con cada señal nueva. Esa relectura constante —no el ajuste en sí— retrasa la inversión, alimenta la dolarización informal y restringe el financiamiento.

La gran ganancia de la credibilidad no es evitar la corrección. Es que, si es creíble, se paga una sola vez: la empresa que planifica a doce meses, el inversionista que evalúa un proyecto minero o energético, el importador que fija precios, todos necesitan saber qué reglas rigen, no adivinarlas. Esa previsibilidad, más que cualquier anuncio puntual, es lo que atrae inversión y ordena el entorno de negocios.

Ganarla, y sobre todo sostenerla, depende de un método, no de un discurso. Primero, comunicación deliberada entre instituciones; por ejemplo, que el Banco Central y el Ministerio de Economía hablen desde un mismo diagnóstico, con roles explícitos. Segundo, comunicación de fácil entendimiento: un anuncio que el público necesita traducir no ancla expectativas, y ese anclaje —no la elocuencia— es lo que impacta la conducta económica. Como dicen algunos comunicadores: si un comunicado institucional necesita explicarse, no sirve. Tercero, fortalecer la institucionalidad y la independencia de los entes clave —el Banco Central, el caso más visible— completando sus procesos de designación en vez de prolongar interinatos. Cuarto, entender que una reforma gana credibilidad no con el anuncio, sino con la consistencia de socializarla e implementarla. Quinto, publicar métricas verificables y oportunas —crecimiento del PIB, balance fiscal— para comprobar la credibilidad, no solo declararla.

Bolivia ya demostró, en noviembre de 2025, que puede ganar credibilidad de un día para otro. El desafío distinto, y más difícil, es sostenerla: no se gana una vez, se construye todos los días.

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