La salud está en el aire

Anuario iSanidad 2025
Dra. María Neira, directora del Departamento de Salud Pública y Medio Ambiente de la Organización Mundial de la Salud (OMS)
Durante mucho tiempo hablamos de la contaminación del aire como si fuera un fenómeno externo, casi ajeno a nuestra vida diaria. Algo que ocurre ahí fuera, sobre las ciudades o cerca de las fábricas. Pero hoy sabemos que no es así.

La contaminación del aire está tan cerca de nosotros como el aire que respiramos: entra en nuestros pulmones, circula por nuestro organismo e influye silenciosamente en nuestra salud. Por eso afirmo con convicción que la salud está en el aire.

Cada día respiramos cerca de 10.000 litros de aire. Y cada una de esas respiraciones es una oportunidad para mejorar o para deteriorar nuestra salud. Cuando el aire es limpio, fortalecemos nuestra capacidad pulmonar, ayudamos a nuestro sistema cardiovascular y reducimos el riesgo de múltiples enfermedades. Cuando es contaminado, inhalamos partículas capaces de desencadenar inflamación, estrés oxidativo y daño en casi todos los órganos.

La evidencia científica es abrumadora: la contaminación del aire está asociada con enfermedades cardiovasculares, accidentes cerebrovasculares, cáncer de pulmón, asma, diabetes y complicaciones en el embarazo, entre muchas otras afecciones.

Lo más preocupante es que estos daños no se limitan a niveles altos de contaminación. Incluso exposiciones moderadas —a las que millones de personas están sometidas a diario— tienen efectos medibles sobre la salud. No hay un umbral seguro por debajo del cual la contaminación deje de ser problemática.

No hay un «umbral seguro» por debajo del cual la contaminación deje de ser problemática

Pero hay otra cara de esta historia: limpiar el aire salva vidas, y lo hace de forma rápida. Tras implementar medidas para reducir las emisiones, muchas ciudades han observado menos ingresos hospitalarios, menor mortalidad y una mejora notable en la calidad de vida de su población. Pocas intervenciones en salud pública generan un beneficio tan claro y tan inmediato como mejorar la calidad del aire.

Para avanzar, debemos comprender que la calidad del aire es el resultado de decisiones que se toman en muchos sectores: energía, transporte, agricultura, urbanismo, industria. Por eso, cada paso hacia un modelo energético más limpio, cada apuesta por una movilidad sostenible, cada diseño urbano que favorece caminar o usar la bicicleta y cada política que promueve energías renovables es, en esencia, una política de salud.

Los responsables políticos y las ciudades tienen un papel crucial, pero la ciudadanía también. Cada persona que exige aire limpio está defendiendo un derecho fundamental: el derecho a respirar sin enfermar.

Además, todos podemos contribuir con decisiones cotidianas: elegir transporte público, reducir el uso de vehículos contaminantes, apoyar energías renovables o, simplemente, informarnos y participar en los debates sobre nuestro entorno. La salud pública empieza en los pulmones de cada uno de nosotros.

Este no es un desafío menor, pero tampoco es una batalla perdida. Ciudades de todo el mundo han demostrado que transformar la calidad del aire es posible: desde reducir el tráfico más contaminante hasta crear zonas de bajas emisiones, impulsar el transporte eléctrico o recuperar espacios verdes. En todas estas experiencias la salud ha sido la gran beneficiada.

Ciudades de todo el mundo han demostrado que transformar la calidad del aire es posible

Además, es importante recordar que la lucha contra la contaminación del aire y la lucha contra el cambio climático son dos caras de la misma moneda. Las mismas fuentes que calientan el planeta —los combustibles fósiles— son las que enferman nuestro aire. Por eso, cuando avanzamos en la transición energética no solo protegemos el clima, sino que también protegemos nuestra salud y la de las generaciones futuras.

Como profesionales de la salud debemos seguir elevando este mensaje: la contaminación del aire no es un problema abstracto, es un factor de riesgo tan real como la hipertensión o el tabaquismo. Y, al mismo tiempo, es una de las áreas donde podemos obtener beneficios más rápidos, tangibles y equitativos.

La salud está en el aire. En el que respiramos hoy, y en el que dejaremos a quienes vendrán después. Por eso, debemos actuar con determinación, con la urgencia que exige un riesgo que ya está dañando millones de vidas, pero también con la esperanza que nos da una evidencia clara: cuando limpiamos el aire, ganamos salud, calidad de vida y futuro. La solución está, literalmente, frente a nosotros. Solo hay que decidir respirarla.

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