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Nuestros hijos

¿De quién son nuestros hijos? Esta vez en masculino porque me refiero a los jóvenes que hacen el servicio militar obligatorio y en especial a quienes murieron hace una semana en terribles y, al parecer, irresponsables explosiones ¿Son hijos de sus padres-madres? o de la ¡Bolivia, Bolivia, Bolivia!, en triplicado y con ese énfasis patriótico-demagógico que usa su presidente Rodrigo Paz.

“¡Devuélvanme a mi hijo!”, gritaban padres y madres con desesperación ante las puertas cerradas del cuartel Bolívar en la ciudad de Viacha, a 30 km de La Paz. Las explosiones cegaron la vida de 8 uniformados, 6 están desaparecidos, e hirieron a un centenar entre civiles y militares. Pedían una “devolución” porque “los entregaron” obligatoriamente ya que, “como hijos de esta patria”, debían servir a Bolivia y ésta cuidar de ellos, como madre.

La relación de las categorías madre y patria es constante especialmente en contextos nacionalistas, militares, de conflicto con otro país, de exaltación de la identidad nacional y en relación con la idea de lealtad total y ciega ¿Qué de la lealtad de la patria hacia los hijos e hijas? En este caso, poco y menos si se trata de aplicar en la política pública algo parecido a lo que Carol Gilligan llama “ética del cuidado”, que es sostener la vida social y atender la vulnerabilidad humana.

Las sociedades son posibles sólo si tienen hombres y mujeres, obvio. Por eso, cada persona “es” de esa sociedad organizada y esta sociedad debe garantizar su propia vida a través de la de sus integrantes. El problema llega cuando la sociedad está dividida entre quienes son más dignos de esa ciudadanía y quienes no ¿Quiénes son hijos de esta patria y quiénes no tanto?, es el caso histórico de Bolivia.

Pese a la obligación establecida, sólo (o en un porcentaje muy alto) los indígenas e hijos de familias pobres (condiciones que suelen ir juntas) hacen el servicio militar. Un chico blanco y con dinero, no. Si lo hace, su condición seguramente será de privilegio, no irá a servir a casas de los superiores, no le castigarán ni propinarán palizas, como constantemente se denuncia.

Estos hijos indígenas y empobrecidos aman a una madre que no les protege porque las instituciones, en su manejo elitista y racista, están volcadas hacia otros hijos más blancos y con más recursos y que no hacen la instrucción militar porque privilegian sus estudios y que, irónicamente, sueñan con dejar el país y, si es posible, cambiar de nacionalidad.

El cuerpo de un conscripto no es solamente biología, es un espacio donde se inscriben relaciones de poder. Es hijo de alguien; es ciudadano, con derechos que no siempre se cumplen; es también una institución in-corporada, sometido a reglas, y su uniforme lo señala; y es un recurso del Estado. Al ser un cuerpo racializado y, por ello, desvalorizado, su pérdida, por lo visto, tiene menos valor que otras.

Tres días ha tardado el presidente Paz en acercarse al lugar de la explosión y consolar presencialmente a dolientes padres y madres, lo hizo después de atender otros puntos de su agenda, como bailar una cueca en el sur del país, y después de que el vicepresidente Edman Lara se volcara en ayudar en lo que sus mermados poderes le permiten.

El desespero de madres y padres ha estado y aún lleva días en la puerta de cuarteles a la espera de noticias, de un cuerpo al que enterrar. Los entierros que hubo se hicieron sin honores ni apoyo institucional ¿Quién paga la cura de las heridas? ¿Se les resarcirá de alguna manera a las familias dolientes? ¿Acaso estas personas no tienen una “madre patria”?

El feminismo (Adrienne Rich entre otras) nos recuerda que la maternidad es una experiencia atravesada por relaciones de poder, que no se reduce a algo privado, sino que es algo público. Es por eso que desde esa posición de madres y padres es posible interrogar, cuestionar y exigir responsabilidades a las instituciones que organizan la vida de hijos e hijas. También es posible que, desde la patria como madre y mediante sus instituciones, la población reclame, exija y sancione por responsabilidades a quienes no cumplieron con cuidar esas vidas.

Es que los hijos e hijas son de las madres y los padres, pero también lo son de una sociedad que, así como marca obligaciones, debe hacerse responsable. Las terribles diferencias de clase, el racismo institucionalizado y la visión patriarcal (que no incluye a los cuidados y a la vida como algo central) del mundo uniformado deben acabar.

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