En 2021, Pablo Stefanoni tuvo el enorme acierto de publicar un libro sobre la extrema derecha que fue pionero dentro del mundo hispanoamericano. Me refiero a “¿La rebeldía se volvió de derecha?” (Siglo XXI Editores), que tuvo mucho éxito y convirtió a Pablo en uno de los expertos internacionales en este fenómeno cada vez más vigente y preocupante.
Stefanoni acumuló descripciones de sectas y cenáculos, de profetas e iluminados, de gente que amaba el capitalismo pero que no actuaba como defensora del capitalismo realmente existente, sino que se inscribía en diversas formas de crítica distópica al sistema.
Cinco años después, Stefanoni presenta una secuela: “Un fantasma recorre el mundo” (Siglo XXI Editores), cuyo objeto, a diferencia del de la primera obra, se ubica bien fuera de Internet. Este libro vuelve a estudiar ideas, como el anterior, pero se trata de ideas vinculadas a movimientos políticos reales, algunos de gran tamaño y poder, bien posesionados en los países del Norte Global y ya casi hegemónicos en América Latina.
El primer capítulo se dedica a preguntarse si la extrema derecha no corresponde con un viejo conocido aparecido en 1922 o 1933: el fascismo. La respuesta no es sencilla, como ninguna de las que demanda el momento actual. Con erudición y claridad, Stefanoni presenta las diferentes posibilidades.
La extrema derecha se parece al fascismo en ciertos aspectos, como su nacionalismo y su convicción en la superioridad étnico-racial de determinados grupos y países, pero le faltan otros, como la exaltación de la guerra, el anticapitalismo o el ánimo revolucionario.
Luego, usar la palabra “fascismo” para describirla solamente tiene un sentido político. Lo que puede ser bueno, porque emite una alarma poderosa, pero también malo, si da una sensación de control histórico ilusoria: ya que un día el fascismo fue vencido y desapareció, lo mismo va a ocurrir ahora. Pero, ¿será así?
Además, dice Pablo, usar el término concentra la atención en lo que la extrema derecha tiene de parecido con el pasado y simultáneamente oscurece lo que esta trae de nuevo.
A la oscuridad del diagnóstico contribuye la diferencia entre las “ideologías de intelectuales” y las “ideologías de masas”. Las primeras pueden llegar a sitios totalmente excéntricos, proponer por ejemplo un mercado libre de niños, pero no salen de ciertos nichos del debate intelectual. Aun así, no se las puede ignorar, ya que contribuyen “desde arriba” a la hegemonía de ideologías masivas como la de la articulación “anti-woke”, que realiza, según nos cuenta Pablo, una exitosa lucha contra “lo bueno, lo malo y lo intrascendente” de la democracia multicultural.
Sin embargo, hay algunas certidumbres. “Un fantasma recorre el mundo” nos muestra que la mayoría de las ideologías extremistas de masas, pese a sus arengas libertarias, una vez en el poder no realizan modificaciones estructurales en el modo de acumulación capitalista, sino que se quedan dentro del ya conocido repertorio de estrategias neoliberales, como las rebajas de impuestos a los ricos y la privatización de las empresas estratégicas. Quizá lo novedoso esté en que en ocasiones estas estrategias se combinan paradójicamente con otras de corte estatista, como el proteccionismo comercial y la política industrial trumpistas.
Entonces, excepto si fuéramos marxistas deterministas fuera de época, tendremos que concluir que la contrarrevolución de la ultraderecha no es económica sino cultural: la famosa “batalla cultural”.
Un asunto que me interesa de forma particular es que todas estas ideologías extremistas de masas son racistas: plantean la superioridad blanca, caucásica, judía, hindú y desprecian a muchos, sobre todo a los musulmanes, pero también a todos los que la antropología del siglo XVIII llamó pueblos negros, marrones y amarillos, ahora representados por los inmigrantes y los connacionales de origen foráneo. El racismo es una de las formas en las que las ideologías de ultra derecha de masas se implantan en las células democráticas, desde Estados Unidos hasta Chile y Argentina, pasando por Italia y Alemania: miedo y esterotipación de los “otros”, construcción de un “nosotros” amenazado, asediado, que entonces puede defenderse sin respetar las llamadas leyes civilizadas.
La extrema derecha es una suerte de retorno de la ideología colonial, solo que aplicada a la propia Europa y a Estados Unidos, supuestamente acechados por una multitud de amenazas peligrosas, “lo peor de lo peor”, según la consigna MAGA. No es casual que los extremistas de VOX (e incluso del Partido Popular) se identifiquen con la Colonia y con los conquistadores de América, o que el Estado estadounidense considere muy de veras que la “teoría crítica de la raza”, que plantea sencillamente que el racismo en el país es estructural porque los descendientes de esclavos tienen menos posibilidades de realizarse en igualdad de condiciones, es una teoría incompatible con la supervivencia de la nación.
No se trata del racismo tradicional, eso sí, porque no se imparte desde el trono del dominio incontestable, que ya se perdió hace tiempo, sino de un racismo más virulento, confuso y contradictorio, con rostro de “troleo” y de “bullying”; un racismo de emergencia para salvar los muebles frente al avance de los marginales que se resisten a seguir siéndolo.
La otra estrategia de masificación de los ultras es la acción antiderechos contra las mujeres, los homosexuales y transexuales, etc. Sumadas ambas vías, tenemos un rechazo radical a la diversidad que es el que alimenta centralmente el pensamiento de extrema derecha; se puede observar diferencias idiosincráticas en cada país, pero el ímpetu homogeneizador y antipluralista está presente en todos sitios.
Esto explica que los partidos extremistas sobrepasen a la derecha tradicional más políticamente correcta y se apoderen del corazón de las clases medias performativamente blancas de El Salvador, Perú, Colombia, Brasil, Bolivia y Argentina. Otra clave de estas derechas latinoamericanas es, por supuesto, su conexión con Estados Unidos, de donde las élites regionales han importado los estilos de dominación y en donde se ha conseguido la certeza de formar parte a la modernidad desde comienzos del siglo XX.
El libro de Pablo Stefanoni es una maquinaria para ponernos a pensar en un fenómeno político que, pese a su carácter internacional, no cabe más que enfrentar de manera localizada territorialmente, tratando de quitarle aire por medio de la persuasión y la crítica que todavía permiten realizar los sistemas democráticos. En la mayor parte de los casos la democracia seguirá siendo el espacio para las batallas por la diversidad. Ya que no hay nada más consustancial a la democracia que la diversidad, perder a una es perder a la otra. Y se trata de recuperarlas a ambas.
En estas luchas, los dos libros de Pablo Stefanoni son y serán nuestros mapas y bitácoras, una contribución por la que debemos expresarle nuestro mayor agradecimiento.
