Banalizar el dolor también enferma

Prof. Dr. Luis Miguel Torres Morera. Especialista en Anestesiología y Tratamiento del Dolor, director de Clínica de Medicina Regenerativa y Tratamiento del Dolor de Cádiz, Profesor Titular de la Universidad de Cádiz y presidente de la Sociedad Española Multidisciplinar del Dolor (SEMDOR)
Existe una forma de hacer daño que no deja huella visible. No se produce en el quirófano ni en la UCI. Ocurre en consultas demasiado cortas, en frases pronunciadas con buena intención pero sin suficiente reflexión, en sistemas sanitarios que tratan el dolor como un síntoma de segunda categoría. Banalizar el dolor no es un error menor. Es un error clínico con consecuencias reales.

Banalizar del dolor, ya sea por falta de tiempo, buena voluntad irreflexiva o deficiencias del sistema, constituye una negligencia clínica de graves consecuencias

Cada vez que a un paciente se le dice que «es normal que duela«, que «hay que aprender a convivir con ello» o que «no tiene nada raro en la analítica«, se está enviando un mensaje implícito: su sufrimiento no justifica mayor atención. Y ese mensaje, repetido en el tiempo, tiene consecuencias clínicas, funcionales y emocionales que van mucho más allá de la consulta en la que se pronuncia.

El dolor persistente afecta al 17% de la población española. No es una anécdota epidemiológica: es uno de los problemas de salud más prevalentes y, paradójicamente, uno de los menos priorizados. El dolor lumbar crónico ya figura entre las causas más frecuentes de discapacidad funcional en nuestro país. Y sin embargo, sigue siendo frecuente que los pacientes tarden años en recibir una evaluación especializada.

El dolor no tratado no desaparece, se instala
Lo que la neurociencia del dolor nos ha enseñado en las últimas décadas es que el dolor crónico no es simplemente dolor agudo que dura más. Es un proceso en el que el sistema nervioso se reorganiza, se sensibiliza, y en muchos casos desarrolla una dinámica propia que ya no depende del estímulo original. Cuando el dolor no se aborda a tiempo, no se frena espontáneamente: se cronifica. Y la cronificación tiene un coste humano enorme.

Más que dolor prolongado, es una reorganización del sistema nervioso que se sensibiliza y actúa de forma autónoma e independiente.

El paciente con dolor crónico mal controlado no solo sufre físicamente. Duerme mal, lo que deteriora su capacidad cognitiva y su estado de ánimo. Reduce su actividad, lo que genera desacondicionamiento físico y aislamiento social. Pierde rendimiento laboral o directamente abandona su actividad profesional. Desarrolla con mayor frecuencia ansiedad y depresión. Su calidad de vida se erosiona de forma silenciosa, consulta a consulta, mientras el sistema registra sus visitas pero no termina de resolver su problema.

Evaluar bien es ya tratar
Una de las ideas que más me preocupa en la práctica clínica habitual es la ecuación implícita que equipara «no hay nada en las pruebas» con «no hay nada que hacer«. El dolor, especialmente el de tipo neuropático o el de sensibilización central, con frecuencia no tiene correlato en la imagen radiológica ni en los parámetros analíticos estándar. Esto no significa que no exista. Significa que requiere una evaluación clínica más sofisticada, una anamnesis más profunda y una formación específica que todavía no está suficientemente extendida.

Valorar el dolor exige mirar más allá de la intensidad, analizando su impacto real en el sueño, trabajo, relaciones e identidad

Evaluar correctamente el dolor implica preguntar no solo cuánto duele —en una escala del 0 al 10— sino cómo interfiere con el sueño, con el trabajo, con las relaciones, con la imagen que el paciente tiene de sí mismo. Implica explorar si hay componente neuropático, si existen signos de sensibilización central, si el paciente ha desarrollado conductas de evitación o catastrofización. Esta evaluación no es un lujo: es la base sobre la que se construye un plan terapéutico eficaz.

Porque tratar el dolor no es solo prescribir. Es escuchar, medir, explicar, reevaluar y coordinar. Es hacer medicina basada en la evidencia, pero también centrada en la persona. Es reconocer que el paciente que dice que no puede dormir por el dolor no está exagerando: está describiendo una realidad que merece una respuesta clínica seria.

El modelo multidisciplinar no es opcional
El abordaje del dolor crónico complejo requiere equipos. No porque un solo especialista no pueda aportar mucho —puede hacerlo y lo hace—, sino porque la naturaleza multidimensional del dolor exige perspectivas complementarias. Un modelo que integre el seguimiento clínico del especialista en dolor, la educación terapéutica, las estrategias no farmacológicas, el apoyo psicológico cuando sea necesario y la coordinación fluida con Atención Primaria no es un ideal inalcanzable: es lo que la evidencia recomienda y lo que algunos centros ya están demostrando que funciona.

El dolor complejo exige equipos multidisciplinares coordinados que integren clínica, psicología y fisioterapia, superando el modelo individualista para cumplir con la evidencia científica actual

Desde SEMDOR llevamos años trabajando para que este modelo sea accesible, para que la formación en dolor esté presente de forma transversal en la educación médica, y para que las políticas sanitarias reconozcan el dolor crónico como lo que es: una enfermedad en sí misma, o al menos un problema de salud de primer orden que merece recursos, tiempo y atención especializada y que esto conlleva la creación de la especialidad médica de “Medicina del Dolor”.

En este Día Mundial de la Salud, la OMS nos convoca bajo el lema «Juntos por la salud. Apoyemos la ciencia«. Apoyar la ciencia en el ámbito del dolor significa, entre otras cosas, dejar de normalizar lo que no debería ser normal. Significa escuchar mejor, derivar antes, formar más y banalizar menos. El dolor que se minimiza no desaparece. Se asienta. Y con él, también enferma la persona que lo padece.

 

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