Cumplidos los 201 años de la República de Bolivia, hoy Estado Plurinacional, al medio de una crisis grave y compleja, seguimos al medio del río con la desventaja de que con nueve meses tenemos un gobierno que no termina de organizarse ni sabe para dónde ir, los tiempos se acortan y la crisis se profundiza, irremediablemente.
Una variable central de la política es el tiempo. El gobierno gastó su tiempo de privilegio – la famosa luna de miel – y lo único que demostró es que al presidente no le falta ni labia ni elocuencia, pero que no tiene gente para la gestión política, ni las ideas o el soporte político-social mínimo y que se aferra a las peores tradiciones gubernamentales del periodo – los denostados 20 años – a los que critica como referencia central de su legitimidad.
Discurso sin responsabilidades
El presidente en su discurso del aniversario hizo referencia a las 30 y tantas maletas – igual de famosas – que ingresaron por Viru Viru, en noviembre pasado. Pero no para esclarecer algo del acto de corrupción inaugural de su gobierno. Nos dejó con la idea de que terminaron de perderse, tal como sabemos desde el principio. También hizo alusiones al narcotráfico que vive un boom con entradas o salidas por avión – BOA de por medio –, las noticias semanales de avionetas privadas que caen en los países vecinos, las narcomaderas atrapadas en Chile y Brasil, el transporte por tierra, etcétera, pero solo como referencias retóricas y sin asumir responsabilidad alguna.
La justificación presidencial sobre este boom es que ahora se sabe todo – la nueva palabra muletilla: «la verdad» – y que por eso ahora conocemos de la enorme cantidad de incautaciones de alijos de narcotráfico. Esta explicación, que parecería plausible porque, evidentemente, algo se ha desencajado en la lucha contra el narcotráfico, queda en el aire porque las incautaciones no fueron de nuestra policía o de la Aduana boliviana. Fueron los policías y las aduanas de los países vecinos los que detuvieron el narcotráfico de origen boliviano.
Suman los casos
En este recuento circunstancial de los principales actos de corrupción y narcotráfico en estos escasos meses, apenas nos libramos de alguna alusión al acto de magia realizado con cientos de kilos de oro refinado que iban a salir de contrabando por Viru Viru. En escasos metros y solo dos pisos – porque Viru Viru es bastante más pequeño que los aeropuertos Chávez de Lima o Guarulhos de San Pablo – se perdieron como veinte kilos de oro y 6 o 7 de los detenidos que acompañaban al único detenido – un muchacho de 22 años – que quedaron liberados sin mayor explicación. Hasta hoy, a pesar de conocer hasta la placa del vehículo que transportó el oro al aeropuerto, como en el caso de las maletas, ni siquiera sabemos quién o quiénes son los dueños del oro.
Es más, si ese contrabando se detuvo no fue por la intervención de la Aduana, que ya había dejado pasar el oro, ni por el SENARECOM (la entidad pública de registro de minerales y metales), que seguramente miraba para otro lado. El contrabando de los 211 o 188 kilos de oro se detuvo porque el piloto del avión brasilero denunció el hecho por el riesgo de involucrarse en un acto delictivo. Fue entonces que recién se verifica que el QR de la autorización del SENARECOM era falso. Hasta acá sabemos, el resto será cubierto por el tiempo y la protección mediática.
Diésel, dólar y silencio presidencial
¿A qué viene este recuento reducido y penoso? Estos gravísimos hechos de corrupción al más alto nivel dejan fuera de duda que estamos con un gobierno débil, venal, mal conformado y, para peor, atrapado en el laberinto de discursos que se llenan de palabras o frases referentes que no articulan una propuesta básica frente a la crisis. Con Patria, Bolivia, país tranca, inaugurada «la verdad», nuevo ciclo político, la refundación, el primer año del tricentenario y otras que sueltas no dicen nada, solo se está acabando con la paciencia de la gente.
No es difícil concluir así luego de que en más de una hora de discurso presidencial no se dijo nada sobre la solución o los plazos para resolver la desgraciada falta de diésel o gasolina, que exige colas kilométricas y tiene gente durmiendo en sus vehículos para cargar combustible y trabajar. Para peor, ¿adónde vamos con el dólar flexible? ¿La idea es que dejándolo a la oferta y la demanda se lo deja subir, sin medir las consecuencias? O, como dijo el ministro de economía: «Bolivia está más cómoda». No decir nada sobre un asunto tan delicado y de tanto efecto sobre la economía social y productiva es muy grave e irresponsable. ¿Y qué de la ola de asesinatos en Santa Cruz?
Si algo se necesita para enfrentar y salir de una crisis es certidumbre, y ello no se consigue con peroratas; no en vano surgen los abucheos y las encuestas alertan del desplome del respaldo ciudadano.
Frivolidad en tiempos de crisis
Para peor, si es posible todavía empeorar más, las acciones erráticas desde el gobierno y en los entornos del poder no dejan de asombrar por su frivolidad y su sinsentido. El ministro de obras regala a los legisladores tablets para «mejorar la coordinación entre órganos». Los legisladores devuelven la lisonja gubernamental pidiendo más baño de oro en sus bandas. El responsable de la Casa de la Libertad, en un acto digno del llunkerio de los 20 años, se ocupa de un trabajo genealógico para ubicar a la primera dama en el linaje libertario. En fin, de no creer, ¿con estas ideas y acciones se quiere gobernar?
En temas más serios, no podemos menos que asombrarnos que se piense que reducir el Estado es eliminar dos o más ministerios, como efectivamente ha sucedido desde el principio; se eliminó al Ministerio de Justicia para eliminar al ministro que había colocado el vicepresidente. Lo real es que no han disminuido la burocracia, en realidad solo eliminan los cargos de uno, dos o tres ministros, porque luego el ministerio se convierte en un viceministerio o agencia y carga nomás con todo su personal. O, como ahora, cuando quieren corregir la torpeza de haber eliminado el Ministerio de Justicia inventando una instancia de nombre altisonante, pero con la misma función: «Alto Comisionado para la Integridad Institucional y la Justicia».
Ya ni hablar de la desaparición del Ministerio de Planificación y del de Medio Ambiente. ¿Es posible gobernar sin planificar? Claro que no, es un disparate. Y frente a una invasión extractivista y depredadora como la de la explotación del oro y de minerales de altísimo valor internacional, ¿quién protegerá el medio ambiente y luchará contra la contaminación de ríos, vertientes y selvas? De esto no se dice nada.
Más instituciones, menos política
Bueno, pero estas cosas nos alertan de lo grave de la situación de un gobierno que solo atina a dar manotazos y a seguir ensayando cuando la crisis exige otro nivel de razonamiento político y un conjunto de acciones gubernamentales más serias, consistentes y coherentes. «Ahora gobernarán las instituciones, no las organizaciones políticas». ¿Qué es eso? Los gobernadores, los alcaldes, los asambleístas, los concejales, ¿no son políticos? Lastimosamente, el gobierno ha dejado de ser parte de una solución y se ha convertido en parte del problema.
La profundidad de una crisis se agrava por un mal gobierno, pero más todavía porque no existe una alternativa política. Otras elecciones solo agravarían el desorden y el caos y con ello la crisis económico-productiva nos terminaría de hundir.
Es hora de un diálogo político e institucional que empiece a discutir alternativas políticas porque día que pasa nos hundimos un poco más.
Es hora de construir otro sentido común.
Salud.
